Los expertos en derecho constitucional y analistas políticos nicaragüenses coinciden en que la reforma constitucional que está terminando de preparar la dictadura, y según se conoce será anunciada a mediados de septiembre próximo, tiene dos propósitos fundamentales.
Uno es terminar de configurar la arquitectura totalitaria de la actual dictadura sandinista; y el otro es garantizar constitucionalmente su continuidad familiar dinástica. Es algo que la familia Somoza no se atrevió a hacer, a pesar de que en la práctica desde 1937 hasta 1979 se transmitieron el poder de padre a hijos.
Pero los Ortega Murillo no se andan con formalidades republicanas democráticas. Ellos proclaman sin tapujos que mientras estén en el poder no habrá en Nicaragua elecciones libres en las que pueda participar una auténtica oposición competitiva. Que por lo tanto no habrá alternabilidad en el ejercicio del poder. Y punto.
Además, con el nombre de reforma constitucional dictan una Constitución que además de tener carácter totalitario, les asegura la transmisión del poder de los padres a los hijos. Pero eso hasta que inevitablemente tengan que desaparecer por efecto de la biología. O sea que están copiando el modelo de la exótica Corea del Norte comunista, donde la familia de los Kim se viene transmitiendo el poder de padres a hijos desde el año de 1948.
La doctrina política define al régimen dinástico como “un conjunto de gobernantes que están en el poder a través de lazos de parentesco de mayor o menor cercanía, y con ello, todos los vínculos, correspondencias, prioridades y protocolos que surgen de manera legitimada para acceder al poder, a cargos políticos, al gobierno, etc.”
El sistema político de la dinastía es muy antiguo, tanto que se remonta a la época cuando ocurrió la transición de las tribus humanas nómadas a las primeras sociedades agrícolas sedentarias, en las que el poder político y religioso se comenzó a concentrar en los hombres más fuertes y estos a transmitirlo hereditariamente en sus linajes familiares.
Aquellas primeras dinastías surgieron para controlar en pocas manos la propiedad de la tierra, el riego y los excedentes de alimentos. Pero, además, para legitimar el poder que ejercían mediante la fuerza, se autodivinizaron y atribuyeron su supremacía al favor de los dioses. Algunos inclusive se proclamaron dioses vivientes, como fue por ejemplo el caso de los faraones egipcios.
De manera que se podría pensar que las obsesivas invocaciones religiosas de doña Rosario Murillo para justificar la actual dictadura sandinista absolutista, de alguna manera son reflejo de las antiguas prácticas de divinizar el poder.
Como se sabe, el sistema político de las dinastías permanece hasta ahora en algunas partes del mundo, tanto en la forma de poder real absoluto como en la modalidad ceremonial y simbólica de identidad cultural e histórica.
La antes mencionada dinastía comunista norcoreana de los Kim, así como las de varios países árabes y asiáticos siguen detentando el poder de manera absolutista y hereditaria. Pero en algunos países de Europa Occidental las dinastías sobreviven solo formalmente, sus miembros no intervienen en el ejercicio del poder real, solo son representantes protocolarios de la nación y el Estado. Podríamos decir que son monarquías benignas, aunque legalmente se les llama “limitadas”.
A propósito de las monarquías benignas, en esta semana murió a los 89 años el rey Harald V, de Noruega, a quien la gente cariñosamente lo llamaba “el abuelo de la nación”. Harald V, además de que no ejercía poder político efectivo, solo moral, modernizó las prácticas de la monarquía noruega y rompió la antigua tradición real, al casarse con una mujer plebeya, o sea del pueblo, y unificó a la nación en sus momentos más difíciles y críticos.
Obviamente, la dinastía que están imponiendo los Ortega Murillo no es benigna, sino maligna en extremo. Sin embargo, eso podrá durar solo mientras ellos permanezcan en el poder, el cual, según los analistas políticos opositores, ya con la inminente, próxima y primera sucesión intrafamiliar se les podría comenzar a escapar de las manos.