La autodeterminación de los pueblos radica en el derecho a elegir

Tanto México como Brasil esgrimieron el principio de la “autodeterminación de los pueblos” para tratar de justificar su voto de abstención y en contra, respectivamente, de la resolución del Consejo Permanente de la OEA que solicitó mediante una votación abrumadora de 29 naciones una reunión extraordinaria de cancilleres de este organismo para abordar la crisis de Nicaragua.

No obstante, ese argumento es totalmente superfluo y trasnochado, porque hoy en día la autodeterminación de un pueblo o nación comienza y termina en su derecho a elegir libremente a sus gobernantes. Sin elecciones libres periódicas el gobierno carece de legitimidad y es la legitimidad la que sustenta el principio de la autodeterminación.

En su carta abierta dirigida al presidente de Brasil, Inácio Lula da Silva, publicada en el prestigioso diario El País el pasado 25 de agosto (y en LA PRENSA de hoy 28 de agosto) suscrita por el Premio Cervantes, Sergio Ramírez le reprocha con una frase contundente su voto en la OEA de la siguiente manera: “Tengo por seguro que, si a alguien se le ocurriera en Brasil decir que no habrá más elecciones, usted sería el primero en salir a la calle a defender el derecho de elegir”.

Y agrega: “No le niegue usted a Nicaragua, presidente, el derecho a elegir libremente; ese mismo derecho que puede hacerlo a usted presidente de Brasil una vez más. No se arriesgue, por favor, a crear una terrible confusión que haga creer al pueblo de Nicaragua que la única manera de que Brasil se manifieste claramente contra Ortega y su dictadura familiar es con la victoria de Flavio Bolsonaro y todo lo que representa”.

Si no se respeta el derecho a elegir libremente, la autodeterminación de los pueblos es una mera ficción jurídica. La legitimidad de las decisiones que toman los gobernantes se deriva del voto democrático, así que la frase de Ortega de que ya no habrá más elecciones en Nicaragua lo que ha venido a confirmar ante la comunidad internacional es que es una dictadura tiránica familiar y, por lo tanto, carente de legitimidad.

El sacrosanto principio de la autodeterminación de los pueblos no fue esgrimido por los gobiernos del hemisferio el 23 de junio de 1979 durante una reunión de cancilleres de la OEA, que no solo condenó al régimen somocista, sino que pidió su reemplazo inmediato, lo que dio lugar a la excusa del dictador, que utilizando este argumento, hizo pública su renuncia al Congreso Nacional en una carta fechada el 16 de julio de 1979.

La carta dice: “Consultados los gobiernos que, verdaderamente tienen interés de pacificar al país, he decidido acatar la disposición de la Organización de Estados Americanos y por este medio renuncio a la Presidencia, a la cual fui electo popularmente. Mi renuncia es irrevocable. He luchado contra el comunismo, y creo que cuando salgan las verdades me darán la razón en la historia”.

La carta fue redactada a mano por el propio Anastasio Somoza el 29 de junio, seis días después de la resolución de la OEA, pero fue presentada oficialmente ante el Congreso hasta el 16 de julio.

Ni México ni Brasil defendieron en aquel entonces la autodeterminación de Somoza, más bien votaron, como todos los países del hemisferio, pidiendo su renuncia, la cual se produjo el 16 de julio. Somoza partió al día siguiente.

A Somoza no se le ocurrió nunca proclamar que ya no habría más elecciones en Nicaragua, ¿qué tal si lo hubiera hecho? Sin lugar a dudas su caída hubiera sido mucho antes. Aun así, los nicaragüenses coreábamos el estribillo “mejor que Somoza, cualquier cosa”.

Estábamos equivocados: el tiempo ha demostrado en nuestra historia reciente, que ha habido dos dictaduras peores que Somoza: la dictadura sandinista colegiada de los 80 y la peor de todas, la de los Ortega y Murillo.

El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos heredados” y “Un cauce hacia la democracia”. Fue codirector de la prensa de 1981 a 1984.

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