Los nadie de la política nicaragüense

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Nuestro país es un país pequeño, con una historia corta si se compara con la de otros países. Pero, aunque la historia de Nicaragua sea breve en lo temporal, no es escasa en cuanto a la sucesión de acontecimientos complejos, uno encadenado al otro. Es una historia tan convulsa que, por sí sola, podría ser fácilmente la historia de un continente completo.

Un país pequeño, donde los protagonistas de su historia han sido hombres con historias sencillas, herederos de legados estrambóticos que desembocaron en una explosión de acontecimientos: lo que conocemos como nuestra historia política y todo lo subyacente a ella. Los caciques enfrentando y también aliándose con los conquistadores; el liderazgo de los criollos nicaragüenses en la búsqueda de la independencia; los timbucos y los calandracas; Walker quemando Granada luego de haber sido invitado por nosotros mismos; Zelaya y la hermosa soberana; Sandino contra los gringos, y así, todo lo que derivó en este exilio por culpa de otra dictadura. Los aprendizajes, que pudieron haber sido extensos, se han vuelto apenas notorios entre la casta política que dirige la palabra como si se tratara de un poder exclusivo de una pequeña secta de pequeños hombres y pequeñas mujeres.

Y más de lo mismo: una crisis que inicia con un profundo movimiento popular, evaporado entre tanto apellido; los apellidos de generaciones históricas que se han robado cualquier escenario público y que cuentan con aliados indispensables para la defensa de proyectos políticos tan frágiles que su fragilidad se hace evidente cuando esos aliados, conformándose con ser los «ahijados de», terminan limpiando el deterioro de los apellidos de siempre.

En el margen, los nadie; los nadie de la política nicaragüense. La gente sin dinero ni «pedigrí»; los hijos y los nietos de nadie, el grupo más grande de nuestra población y los principales afectados por la toma de decisiones de la gente con apellido. Un sector poblacional que lucha a diario por tomar partido, por posicionarse y por no correr el riesgo de los nadie de la generación anterior: diluirse entre las páginas de la historia, los informes de las ONG y los medios de comunicación que marcan la canonización de un nuevo lote de apadrinados.

La oposición al régimen de Ortega y Murillo se ha quedado, desde la más amplia comodidad, platicando entre ellos; ya sea para acertar o para disentir, pero reconociéndose, como la genealogía les enseñó, mediante firmas largas y bonitas que dejan por fuera una de las voces que, quizás, puede ser la más coherente, porque es una voz que se construye con las cuerdas del hambre, de la incertidumbre, de la migración y del trabajo precarizado.

Una oposición que levantó tantos muros que terminó siendo presa de ellos mismos: muros rojinegros y rojos sin mancha, anaranjados, verdes y un azul y blanco totalmente adulterado. Un club privado de personas que cada día se aleja más de la realidad de los nadie; los nadie que siguen sin importarle ni al régimen ni a la oposición, al mejor estilo de los Targaryen y los Hightower.

El autor es estudiante de Economía, secretario general de Convergencia.

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