La deshumanización del adversario en la lucha política

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No solo los medios de comunicación de la dictadura, sino también los opositores e independientes que por la represión y la censura solo pueden funcionar en el exilio, divulgaron ampliamente lo dicho el lunes 24 de agosto por la codictadora Rosario Murillo, acerca de que los opositores no son personas humanas.

Pero eso es habitual en ella. Lo ha dicho y repite una y otra vez en sus alocuciones y diatribas diarias por medio del sistema de agitación y propaganda política del régimen.

En realidad, es tan reiterado el lenguaje de odio a los opositores que usa habitualmente la codictadora de Nicaragua, que algunos lo ven como parte del folclor político nicaragüense.

Pero no es folclor y no se debería admitir que lo pudiera ser. El folclor es algo muy positivo. Es la suma y la combinación armoniosa de costumbres y creencias populares, de música y danzas vernáculas, de artesanías y otras creaciones semejantes de carácter tradicional. En el folclor se manifiesta la identidad nacional de los nicaragüenses y de cada pueblo en particular.

En cambio, el lenguaje de odio que niega la condición humana de las personas opositoras y disidentes es una aberración que han utilizado las peores dictaduras a lo largo de la historia, para perpetrar y justificar los peores crímenes contra la humanidad.

En la doctrina política se define la deshumanización como la estrategia de negar la condición humana de los opositores o grupos minoritarios, con el fin de justificar la discriminación y la exclusión, la explotación y la opresión. Y, sobre todo, la violencia que en casos extremos ha llegado hasta el exterminio.

En la Alemania nazi, Adolfo Hitler y su partido negaban la condición humana de judíos, gitanos, comunistas, homosexuales y de todos aquellos a los que calificaban como traidores, para justificar la represión y su liquidación física en los campos de exterminio.

En el caso del comunismo, en la extinta Unión Soviética (ahora Federación de Rusia) Stalin y sus seguidores calificaban como alimañas a los anticomunistas, los disidentes, los opositores y rivales reales y potenciales. Así justificaban los fusilamientos masivos y en el mejor de los casos el encierro en los horrendos Gulags, o campos de concentración, donde los prisioneros morían por inanición o enfermedades.

La dictadura nazi de Hitler causó la muerte de unos 17 millones de personas, mientras que Stalin provocó la muerte de entre 6 y 20 millones de seres humanos, según las estimaciones históricas.

En Ruanda, África, los líderes extremistas de la etnia hutu calificaron a los miembros de la minoría tutsi como inyenzi, que en su lengua significa «cucarachas». De esa manera envenenaron de odio la conciencia de las masas hutus, que mataron a sus propios vecinos a machetazos y decían que las masacres eran solo “una fumigación”.

En nuestra América, Fidel Castro y la camarilla comunista que todavía detenta el poder en Cuba, comenzaron calificando como “gusanos” a sus adversarios, y a partir de esa deshumanización verbal perpetraron una enorme matanza de adversarios y enemigos, reales y supuestos. Y así podríamos citar muchos otros casos en diversas partes del mundo.

En Nicaragua no se ha llegado a los extremos de los países mencionados, pero los esbirros de la dictadura se inspiran en la deshumanización de los opositores, predicada constantemente por la codictadora, para justificar los crímenes de lesa humanidad que han sido documentados por el Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua de la ONU (GHREN), y por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Es importante advertir que en un ambiente de extrema polarización ideológica y política, se corre el riesgo de responder desde la oposición con el mismo lenguaje que hablan los dictadores y sus secuaces. Y por lo consiguiente y deshumanizarlos a ellos también con palabras y expresiones visuales. Es un riesgo que se debe evitar, pues como advertía Jorge Luis Borges, quien lucha con las mismas armas del enemigo irremediablemente termina pareciéndose a él. O a ella.

La lucha por la libertad y la democracia se sustenta en grandes valores y principios morales, que por sobre todo reconocen y respetan la dignidad humana de todas las personas. Amigas o enemigas, partidarias o adversarias. Esa es la base humanista de la superioridad moral de la democracia sobre la dictadura.

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