Transición e ideología: el desafío de construir una democracia para todos

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En memoria del doctor Alejandro Serrano Caldera

Hablar de transición democrática en Nicaragua no debería llevarnos a pensar únicamente en el reemplazo de un régimen, sino en la construcción de un nuevo marco de convivencia política. Una transición implica pasar de un sistema autoritario a otro sustentado en reglas democráticas, instituciones independientes, garantías y mecanismos de participación ciudadana. Debe establecer reglas comunes, no sustituir una ideología dominante por otra; no es lo mismo cambiar el régimen que cambiar la forma de hacer política.

Desde esta perspectiva, las fuerzas democráticas opositoras enfrentan una decisión estratégica: ¿Debe presentarse la transición como una lucha ideológica contra el sandinismo o como una transformación democrática que permita que distintas corrientes ideológicas puedan existir y competir libremente? A mi juicio, lo segundo ofrece una perspectiva más coherente con el país que queremos construir: desmontar el autoritarismo sin reproducir nuevas formas de exclusión ideológicas.

Esto no significa relativizar las responsabilidades por las graves violaciones de derechos humanos cometidas por el régimen Ortega-Murillo, ni desconocer el sufrimiento de sus víctimas. Tampoco significa confundir la defensa del pluralismo político con una defensa del autoritarismo. Significa comprender que, si aspiramos a construir una democracia, las reglas que defendamos deben ser capaces de garantizar derechos y libertades incluso para quienes piensan diferente de nosotros.

Así pues, el objetivo de la transición debería ser recuperar el Estado de derecho, la separación e independencia de poderes, las elecciones justas y libres, el pluralismo, los derechos y las libertades fundamentales y límites efectivos al ejercicio del poder, para que sea finalmente la ciudadanía, en libertad, la que decida qué proyectos políticos quiere respaldar.

De tal forma, que una “verdadera transición democrática” no puede convertirse en la simple sustitución o reemplazo de unas personas por otras ni en la sustitución de una ideología por otra. Si este fuera el resultado, cambiaríamos a quienes ocupan el poder, pero no necesariamente las prácticas que han permitido históricamente su concentración.

Los nicaragüenses hemos vivido ciclos de confrontación en los que el adversario político termina convertido en enemigo; en los que quien llega al poder pretende “refundar” el país desde su propia visión y en los que la victoria electoral se interpreta como un cheque en blanco para controlar las instituciones y excluir, al contrario. Si no somos capaces de romper esta lógica histórica, corremos el riesgo de repetirla.

En este contexto, recurro al pensamiento de uno de mis grandes referentes académicos y personales, el maestro Serrano Caldera y a su propuesta en la que nos advertía que la Nicaragua posible “no es la Nicaragua ideal de nuestros sueños ideológicos o de nuestras utopías políticas”, sino aquella que podemos construir desde el consenso, la democracia y la capacidad de ceder parte de nuestras aspiraciones para encontrar un espacio común. Hay una expresión suya que, décadas después, sigue conservando una extraordinaria vigencia: “La unidad de nuestras diferencias”. Esta idea debería ocupar un lugar central en cualquier planteamiento sobre la transición: partir de nuestras diferencias y aprender a convivir con ellas.

Nuestra aspiración como nicaragüenses no debe ser construir una Nicaragua homogénea, donde todos pensemos igual, sino una república donde nadie tenga que pensar igual para tener derecho a participar, organizarse, expresarse y competir por el poder con reglas claras. La democracia no elimina las diferencias; crea las reglas para que podamos convivir y competir con ellas.

Después de años de persecución política, prisión, muerte, exilio, destierro, confiscaciones y graves violaciones sistemáticas de derechos humanos, es comprensible que exista un profundo rechazo al régimen Ortega-Murillo y a la ideología política que este reivindica. Y es aquí es donde debemos ser cuidadosos y no confundir el rechazo al autoritarismo, con el rechazo del pluralismo ideológico.

Una democracia no se demuestra garantizando derechos únicamente a quienes comparten nuestras ideas. Se demuestra cuando somos capaces de defender esos derechos también para quienes piensan diferente. Si queremos una democracia, debemos estar dispuestos a garantizar derechos y libertades políticas incluso a quienes no comparten nuestra visión del país, no como una concesión al autoritarismo, sino como una manifestación clara de nuestra convicción democrática.

No necesitamos que todas las organizaciones, movimientos y ciudadanos compartan una misma ideología, un mismo programa económico o una misma visión sobre el futuro de Nicaragua. Necesitamos algo más básico y determinante para marcar un quiebre en nuestra historia: un acuerdo sobre las reglas fundamentales de la democracia que queremos y merecemos los nicaragüenses.

No basta con cambiar a quienes gobiernan bajo reglas actuales; es necesario concertar unas reglas que nos permitan cambiar la manera en que se ha gobernado históricamente. Estado de derecho, la institucionalidad, la independencia de poderes, el respeto a los derechos humanos, las elecciones libres y competitivas, el pluralismo político, la rendición de cuentas y la justicia para las víctimas, son principios sobre los que podemos “construir una unidad democrática” entre quienes —pensando diferente— estemos dispuestos a aceptar unas mismas reglas para convivir en una Nicaragua Posible en la que quepamos todos.

El tiempo apremia y debemos empezar a sentar las bases para una transición que no solo conlleve un cambio de gobernantes, sino también un cambio cultural y político. Necesitamos aprender a ver al adversario político como un ciudadano y no como un enemigo; recurrir a la política como un espacio de deliberación, diálogo y concertación, sin confundirla con complicidad ni con acuerdos que satisfagan los intereses de algunos sectores en detrimento de los intereses de una nación.

Este cambio cultural quizá sea uno de los mayores desafíos de la transición. Porque una democracia no se consolida únicamente mediante nuevas leyes e instituciones; también requiere ciudadanos y dirigentes capaces de aceptar que ninguna mayoría electoral otorga el derecho a apropiarse de las instituciones, silenciar al adversario o excluir a quienes piensan diferente.

En la Nicaragua posible que tenemos el deber de construir, la reconciliación no puede convertirse en impunidad ni la justicia en venganza. Las víctimas de las graves violaciones de derechos humanos tienen derecho a la verdad, a la justicia y a la reparación. Para ello, será indispensable reconstruir instituciones independientes sometidas al imperio de la ley y no al grupo político de turno.

La transición democrática no puede construirse sobre el olvido. Será necesario encontrar ese difícil equilibrio en el que los nicaragüenses podamos enfrentar nuestro pasado, reconocer las responsabilidades y garantizar justicia a las víctimas, sin quedar atrapados en la confrontación y en la revancha política.

Tal vez este sea el diálogo que necesitamos comenzar desde ahora: preguntarnos cuál es la Nicaragua que podemos construir juntos, aun siendo diferentes, en lugar de seguir deliberando sobre cuál es la Nicaragua ideal de cada organización, de cada partido o de cada sector de la oposición.

Es aquí donde recobra vigencia la necesidad de construir un nuevo contrato social mediante la concertación y el diálogo entre los distintos sectores de la sociedad, tal y como lo plantea el maestro Serrano Caldera: una Nicaragua que surja “del consenso y la democracia (…) de la unidad de nuestras diferencias”, y que no sea “homogénea” ni “caótica y confrontativa”, sino plural.

La transición que Nicaragua necesita no debería ser solamente una transición de gobierno. Debe ser una transición de reglas, de instituciones y, sobre todo, de cultura política. Debe significar el paso de una lógica de poder concentrado a una lógica de poder limitado; de la confrontación permanente a la convivencia democrática; de la imposición a la deliberación; del adversario como enemigo al adversario como ciudadano.

La verdadera transición no consiste solamente en cambiar a quienes gobiernan, sino en cambiar las reglas con las que se gobierna. Solo entonces podremos comenzar a construir esa Nicaragua posible en la que, aun siendo diferentes, todos podamos reconocernos como parte de una misma república; una tierra de lagos y volcanes que nos pertenece a todos.

Necesitamos pasar del autoritarismo a la democracia sin sesgos ideológicos. Y la democracia que construyamos después de esta larga noche oscura será la que determine si realmente hemos aprendido de nuestra historia o simplemente hemos cambiado a quienes ocupan el poder, y una vez más perderíamos la oportunidad de construir la Nicaragua Posible.

La autora es doctora en Derecho por la Universidad de Alcala, España.

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