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Queridos hermanos y hermanas:
En el evangelio que hemos escuchado este domingo Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” (Mt 16,13). Los discípulos le comentan que la gente lo identificaba con algunos de los antiguos profetas (Mt 16,14). El pueblo ve en Jesús a alguien que vive en profunda comunión con Dios y habla en su nombre, es cercano a la gente y está dispuesto incluso a sufrir por servir a la causa de Dios. La gente ha intuido algunos rasgos verdaderos del Maestro, pero todavía no ha llegado al fondo de su misterio.
Jesús no parece rechazar la opinión popular, pero inmediatamente se dirige a los discípulos y les pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” (Mt 16,15). Los discípulos, a quienes Jesús ha elegido y que caminan con él desde hace unos dos años y medio, sí deberían conocerlo. Jesús no quiere que quienes lo sigan lo hagan de forma inconsciente o superficial; deben conocerlo en profundidad. La pregunta de Jesús no quedó en el pasado. Sigue resonando hoy y nos alcanza a cada uno de nosotros. Es la cuestión decisiva para quienes nos llamamos cristianos: ¿quién es Jesús para nosotros, para ti, para mí?
La tentación es responder de prisa, con una fórmula aprendida, diciendo que Jesús es el “Hijo de Dios”, el “Redentor”, el “Salvador” de la humanidad. Son títulos teológicos correctos, sin duda, pero pueden salir de nuestros labios vacíos de vida. Jesús no nos pide una definición exacta sobre él, sino que nos pregunta por nuestro corazón: qué actitud tenemos realmente ante él. No se trata de decir quién es él, sino de examinar nuestra relación personal con él.
La pregunta por el significado de Jesús en nuestra vida es lo más importante en nuestro camino de fe. Ser cristiano es ante todo haber encontrado a Jesús y vivir íntimamente unidos a él. No basta con conocerlo de oídas; no basta con quedarnos con lo que se nos ha transmitido sobre él; no basta siquiera con que hagamos cosas por él. Jesús quiere que lo conozcamos personalmente y que vivamos una relación de amistad con él. Hay que sentirnos profundamente fascinados por su camino, contagiados por su libertad y atraídos por su amor apasionado. La medida de nuestro conocimiento de Jesús se manifiesta sobre todo en nuestros momentos de oración, en los que hacemos silencio para escucharlo y nos abandonamos confiados en sus manos.
A Jesús nunca lo conoceremos del todo. Cuando nos parece que lo conocemos, se nos escapa de las manos y rompe todos nuestros esquemas. Jesús no es alguien a quien poseer, sino alguien a quien seguir, en quien confiar y en quien esperar. Lo iremos conociendo solo cuando estemos dispuestos a que él nos haga nacer una y otra vez con la fuerza de su Espíritu, nos libere con su palabra y nos perdone y sane con su amor. Lo iremos conociendo a través del humilde esfuerzo de seguir sus pasos cada día, atreviéndonos a dejar atrás nuestras comodidades y egoísmos, actuando con libertad interior y siempre dispuestos a perder por amor.
Ante la pregunta que les ha hecho Jesús, los discípulos se quedan en silencio y solo Simón Pedro toma la palabra: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Pedro lo identifica como el Mesías esperado de Israel, el enviado de Dios para transformar a la humanidad según el designio de su amor; lo reconoce como Hijo del Dios viviente, el Dios que desea que todos los seres humanos vivan y se salven. Pedro ha visto en el rostro del Maestro el rostro de Dios; ha percibido en sus palabras el camino para realizar el sueño de Dios; ha descubierto en los gestos de Jesús la mano misericordiosa y salvadora de Dios.
Ante la respuesta de Simón Pedro, Jesús le dice: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos!” (Mt 16,17). Simón no ha hablado movido por su inteligencia, sino por una acción interior de Dios en su corazón. Nadie puede conocer a Dios si no es él mismo quien se da a conocer. Y enseguida Jesús le hace una promesa: “Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). Esta fe de Pedro es la roca firme sobre la cual Jesús promete construir su Iglesia, aunque la piedra viva que sostiene todo el edificio sea siempre Cristo, único fundamento y verdadera roca (cf. 1Cor 3,11; 1Cor 10,4).
En el texto del evangelio se pasa casi espontáneamente de Jesús a la Iglesia, de la pregunta sobre el Maestro a la revelación del misterio de su comunidad. La Iglesia no es un proyecto humano. Nació y vive en la historia por voluntad expresa de Jesús, quien es su constructor. De ella, Jesús afirma que “los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella” (Mt 16,18). Aquí, la palabra “infierno” no alude al infierno de la condenación eterna, sino al Hades, imagen bíblica de las fuerzas tenebrosas del mal que pretenden arrastrar a la Iglesia a la destrucción. Jesús nos asegura que la Iglesia no será derrotada por el mal.
Jesús nos asegura que la Iglesia puede ser calumniada, odiada y perseguida, pero nunca podrá ser destruida. Muchas veces se vuelve incómoda por defender la vida y la justicia, por ser una voz crítica de todo poder absoluto que no respeta la dignidad de las personas y por estar, a imagen de Jesús, al lado de los pobres, las víctimas y los descartados por el mundo. Y cuando por eso la arrastran al sufrimiento y a la oscuridad, la Iglesia no está sufriendo una derrota, sino que se está pareciendo más a su Señor. Lo único que podría debilitar o desfigurar a la Iglesia no es la persecución que viene de fuera, sino el miedo que nace dentro de ella y apaga su voz profética.
No debe sorprendernos que haya poderes totalitarios que pretendan adueñarse de la Iglesia para ponerla al servicio de sus intereses, pero sus intentos de dominar a la comunidad de Jesús siempre serán vanos. Pueden atemorizar, amenazar, espiar, encarcelar y exiliar a los miembros de la Iglesia, pero no podrán contra ella. Por dura que sea la persecución, quienes creemos en Jesús tenemos la certeza de que las fuerzas tenebrosas del mal nunca tendrán la última palabra. Jesús nos lo asegura. La Iglesia está en sus manos y bajo su protección. No tengamos miedo.
El evangelio termina hoy en silencio. Jesús les ordena a sus discípulos que no digan a nadie que él es el Mesías (Mt 16,20). Con ese silencio Jesús quiere crear un espacio interior en nuestro corazón para que cada uno le responda personalmente: ¿Quién es Jesús en tu vida como Mesías e Hijo de Dios?, ¿qué es para ti esta Iglesia que Jesús ha querido fundar sobre la fe de Pedro y que hoy, en tantos lugares, es calumniada y perseguida? Jesús espera nuestra respuesta.
Silvio José Báez, O.C.D.
Obispo auxiliar de Managua