La “propuesta de transición y, ¿quién le pone el cascabel al gato?

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En la antigua fábula atribuida al sabio fabulista griego Esopo, un grupo de ratones desesperados porque eran cazados uno a uno por un feroz e insaciable gato, se reunieron para discutir cómo poner fin a aquella grave situación. Entonces, uno de los ratones propuso ponerle un cascabel al gato, para oírlo cuando se acercara. La brillante idea fue aceptada con entusiasmo, pues creyeron que por fin se terminaría la amenaza mortal. Pero cuando uno de los ratones preguntó quién le pondría el cascabel al gato, todos callaron. Y hasta allí llegó aquella propuesta tan ingeniosa.

La lección de esta fábula —dicen los expertos— es que resulta fácil proponer ideas o soluciones a problemas muy graves, pero es muy difícil y a veces hasta imposible llevarlas a la práctica.

Podemos decir que es un poco el caso de la propuesta de transición democrática que han dado a conocer una docena de partidos y movimientos políticos de la oposición en el exilio, todos ellos de centro y derecha democrática. En general se trata de un buen esfuerzo, en el afán de presentar propuestas de salida de la desesperante crisis política nacional. Pero carece de consenso y tal vez no sea este el momento de presentarla.

Además, la propuesta de transición presentada por la docena de partidos y movimientos políticos que la suscriben tiene un gran vacío. No dice cómo se piensa poner fin a la dictadura, lo que es indispensable para que pueda haber una transición democrática.

La experiencia histórica internacional, incluyendo la de Nicaragua, enseña y demuestra que nadie deja el poder mientras no se le obligue a dejarlo, ya sea por mandato de la ley o por medio de la fuerza. Además, ningún plan de gobierno, sea o no de transición, se puede llevar a la práctica mientras no se esté en ejercicio del poder.

Esta regla fundamental es válida tanto en la democracia, donde el partido de que se trate tiene que ganar las elecciones para tomar el poder (o mantenerlo) y ejecutar su plan de gobierno. Como también es válida en la dictadura, a la que necesariamente hay que ponerle fin, desalojar del poder al dictador o los dictadores, para que se pueda ejecutar el plan de transición a la democracia.

De manera que la propuesta de transición que según la información fue presentada a los gobiernos de la OEA y otros interesados en la situación de Nicaragua, por lo menos debería ser aclarada y mejorada en algunos puntos que son sumamente importantes.

En primer lugar, hay que aclarar cómo es que se va a poner fin a la dictadura. Además, ¿de qué manera serían escogidos los 7 miembros de la junta de transición? ¿Cuál debería de ser el tiempo más razonable de duración de dicha junta en el poder? ¿Cómo se haría para enfrentar la muy probable resistencia violenta de los partidarios de la dictadura? Etc., etc.

Sin duda que es un avance en la lucha por el restablecimiento de la libertad y la democracia, que los diversos sectores de la derecha democrática hayan alcanzado el suficiente nivel de entendimiento como para diseñar su propio plan de transición.

Ahora sería bueno que la izquierda democrática presentara su propia propuesta de transición, y que los dos bloques traten de consensuarlas hasta donde eso sea posible. El mal de la dictadura no es solo de la derecha, ni únicamente de la izquierda democrática. Es de todos, inclusive de algunos que forman parte del régimen.

Es muy importante estar preparados para cuando llegue el momento saber qué es lo que se debe hacer y cómo hacerlo de la mejor manera. Y en este sentido sería apropiado que los dos sectores, de derecha y de izquierda democráticas, ofrezcan a los nicaragüenses una sola propuesta de cambios que recoja las necesidades, inquietudes y aspiraciones principales de todos, o de la gran mayoría, por encima de afiliaciones y simpatías ideológicas.

Y sobre todo que dejen claro quiénes y cómo le pondrán el cascabel al gato. Es decir, cómo piensan sacar del poder a una dictadura que, evidentemente —al menos hasta ahora—, no tiene ninguna voluntad de ceder ni en lo más mínimo, mucho menos de entregar el poder.

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