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El miércoles 5 de agosto, hace dos semanas, cuando por falta de los votos necesarios no se pudo poner a votación del Consejo Permanente de la OEA la propuesta de Estados Unidos (EE. UU.) de convocar a una reunión extraordinaria de cancilleres de las Américas para considerar la agravada crisis política de Nicaragua, la dictadura de Ortega y Murillo se adjudicó una victoria política. Esa es la verdad, y celebró ruidosamente su victoria como una gran derrota de la oposición nicaragüense y de los gobiernos democráticos de la región.
Sin embargo, aquella victoria política de la dictadura en la OEA, de la que ni siquiera forma parte, fue efímera y pírrica. Apenas le duró dos semanas, pues este miércoles 19 de agosto se le convirtió en derrota apabullante, al aprobar el Consejo Permanente de la OEA, con 29 votos a favor y solo uno en contra, la convocatoria a los cancilleres de las Américas para que discutan especialmente la situación de Nicaragua. Pero sobre todo para que adopten las medidas necesarias y factibles para ayudar al pueblo nicaragüense a recuperar su libertad y la democracia.
Y hay que reconocerlo, la votación de este miércoles en la OEA ha sido un triunfo de la oposición nicaragüense en el exilio, porque en gran medida fue resultado de las intensas gestiones que realizó ante los gobiernos de las Américas, en particular aquellos que se mostraban poco o nada convencidos de que la crisis política de Nicaragua es también un problema de ellos.
Como expresó uno de los embajadores miembros del Consejo Permanente de la OEA, el resultado de la votación del miércoles 19 es un paso adelante en la búsqueda de una salida pacífica de la crisis política de Nicaragua. Mientras que otro opinó que con esta decisión de la OEA, los nicaragüenses por lo menos han recuperado la esperanza.
Es cierto. Aunque los escépticos menosprecien la esperanza, es un factor de mucha importancia para quienes viven sometidos a un régimen de opresión, que ansían la libertad y luchan por ella como pueden.
El eximio pensador democrático checo, Vaclav Havel, quien después de haber sido preso político de la dictadura comunista de Checoslovaquia (ahora República Checa) llegó a ser presidente de su país, explicó que “la esperanza, en el más profundo sentido de la palabra, es ante todo, un estado de ánimo, y como tal, o la tenemos o no, independientemente de las circunstancias a nuestro alrededor”.
Es cierto lo dicho por Havel, pero las victorias políticas aunque sean parciales y limitadas fortalecen la esperanza. Así lo indicó el embajador de Argentina en la OEA al justificar su voto a favor de Nicaragua: “Es bueno reconocer que estos momentos de esperanza y de logros colectivos —dijo—, aunque por ahora sean más simbólicos, es un paso más”.
Un poco antes de la sesión del Consejo Permanente de la OEA que aprobó la convocatoria a la reunión extraordinaria de cancilleres del hemisferio para considerar la situación de Nicaragua, LA PRENSA entrevistó al académico costarricense especializado en relaciones internacionales, Carlos Murillo. Este, hablando con la franqueza y realismo que caracteriza a los académicos, aseguró que lo que podría ocurrir en la reunión extraordinaria de cancilleres sobre Nicaragua sería acordar e implementar “una sanción en función de la Carta Democrática de las Américas”.
Murillo advirtió que “eso no va a provocar ningún cambio en el régimen de Managua, puesto que no es parte de la OEA, y aunque lo fuera, no hay un mecanismo coercitivo excepto de la fuerza armada para obligar al régimen a cambiar de rumbo”.
Pero la verdad es que no se puede saber cuáles podrían ser los acuerdos de los cancilleres de las Américas contra la dictadura de Ortega y Murillo; ni lo que cada Estado miembro de la OEA estaría dispuesto a hacer de manera unilateral, por el restablecimiento de la libertad y la democracia en Nicaragua.
En todo caso, el hecho es que la decisión del Consejo Permanente de la OEA este miércoles 19 de agosto tiene una gran significación simbólica para la lucha democrática en Nicaragua. Por la experiencia histórica se conoce que las victorias simbólicas en política generan un fuerte impacto emocional, aunque no cambien de inmediato la situación. Elevan la moral de la gente, muestran la fuerza ética de la oposición frente a los dictadores, ayudan a las personas a sentirse miembros de la causa y alientan a luchar con más energía para alcanzar los objetivos propuestos.
De manera que hay que tener esperanza en que la reunión extraordinaria de cancilleres de la OEA sea capaz de aprobar acuerdos eficaces, que arrinconen más a la dictadura y acerquen el día de la liberación de Nicaragua.