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El 17 del mes en curso, el periodista opositor Miguel Mendoza comentó en su programa el atrevimiento de quienes enviaron una carta al Departamento de Estado de Estados Unidos para proponerle una transición política en Nicaragua. Mendoza los calificó de poco realistas.
Sin embargo, y con el respeto que merece tan admirado periodista, creo que esta vez se equivoca: para perder contacto con la realidad, primero hay que haberla tocado.
Los firmantes de aquella misiva no persiguen el realismo ni parecen guardar demasiada consideración por la coherencia. Buscan algo más sencillo y más humano, aunque también más triste: que alguien repare en ellos, que Washington vuelva la mirada y que, por un instante, el eco de sus propios nombres les haga creer que representan a Nicaragua.
Esa carta deja al descubierto una verdad incómoda: no solo la dictadura vive desconectada de la realidad política; también una parte de la oposición nicaragüense parece habitar un mundo imaginario, construido con membretes, comunicados y una representación que nadie le ha otorgado.
Si yo estuviera en el lugar de Miguel Mendoza, les haría estas preguntas: ¿Quiénes son ustedes para hablar en nombre de Nicaragua? ¿Quién los eligió? ¿Qué pueblo les otorgó esa representación? ¿Dónde están sus bases, sus estructuras y sus resultados? ¿Podría cada uno reunir siquiera a diez seguidores? No les exijamos miles ni cientos. Empecemos por diez: diez personas que los conozcan, los respalden y los reconozcan como sus representantes. ¿Desde cuándo discrepar de ustedes convierte a alguien en aliado del orteguismo? ¿Por qué atacan con mayor ardor y encono a otros opositores que a la propia dictadura? Ni siquiera periodistas reconocidos y de probada trayectoria escapan a la tentación de acusar y señalar.
Luis Galeano, una de las voces opositoras más escuchadas de Nicaragua, también ha sucumbido al pecado de atacar a otros opositores, como si él mismo no hubiera sido víctima de ataques despiadados y encarnizados. Precisamente por haber padecido esa saña, debería conocer mejor que nadie el daño que causan la descalificación y el señalamiento. Si hasta Galeano cae en aquello que tantas veces ha denunciado, nos deja, como decimos los nicaragüenses, sin cara en qué persignarnos.
¿De verdad creen los firmantes de esa carta que, llegado el momento de negociar con los tiranos, Washington someterá sus decisiones al permiso de unos cuantos grupejos que no representan más que a sí mismos? Deberían observar el caso de María Corina Machado: una verdadera líder continental, con millones de seguidores, respaldo electoral, capacidad de movilización, prestigio internacional y el Premio Nobel de la Paz de 2025. Sin embargo, ni siquiera una figura de esa dimensión puede dictarle a Estados Unidos su política exterior. Si ella no puede imponerle su agenda a Washington, ¿qué hace pensar a estos grupos que ellos sí podrán hacerlo? ¿Una carta? ¿Un membrete? ¿El aplauso de los mismos amigos que se entrevistan y se felicitan entre sí?
La primera víctima de esta oposición es el pueblo nicaragüense. Mientras Nicaragua continúa sometida a una dictadura, ciertos opositores dedican sus mayores energías a destruir a quienes también combaten al régimen. Esta conducta me recuerda aquel viejo cuento en el que a un hombre que odiaba a su vecino se le aparece un genio y le dice: —Pídeme lo que quieras, pero tu vecino recibirá el doble. El hombre pensó: si pido un palacio, él recibirá dos; si pido una fortuna, recibirá el doble. Después de meditarlo, respondió: —Entonces, sácame un ojo.
Esa parece ser la lógica de ciertos opositores: prefieren perder un ojo con tal de que otro pierda los dos. No les importa debilitar la lucha democrática ni perjudicar al pueblo, siempre que consigan destruir a quien consideran su rival. Como dice Mendoza, no pichean, no cachan ni dejan batear. Mientras estos grupos se disputan una representación que nadie les ha concedido, Ortega y Murillo continúan en el poder. Mientras unos opositores intentan sacarles los ojos a otros, la dictadura conserva intactos los suyos y nos vigila a todos.
La pregunta final es inevitable: cuando una oposición dedica más esfuerzos a destruir a otros opositores que a combatir a la dictadura, ¿a quién termina sirviendo?
El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.