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Desde que la estatua ecuestre del dictador Anastasio Somoza García fue derribada por una multitud de personas enardecidas, a media mañana del 20 de julio de 1979, no hubo en Nicaragua ningún otro monumento a un tirano. Y muchos nicaragüenses creían que nunca más los habría.
Pero en julio de 2013, la dictadura sandinista de Daniel Ortega erigió en el centro de Managua un monumento metálico con iluminación nocturna, al extinto dictador venezolano Hugo Chávez. Y ahora, la misma dictadura ha mandado a levantar una estatua también de lata e iluminada por la noche, del desaparecido tirano cubano Fidel Castro, con motivo de cumplirse cien años de su nacimiento.
La escultura es una de las siete bellas artes, antiguas y nobles, mediante la cual se expresan grandes ideas espirituales, culturales, sociales y políticas. Con la escultura se perpetúa la memoria de héroes mitológicos y personajes legendarios, de líderes y mártires históricos. Es una hermosa forma de conservar y cultivar la memoria histórica de la gente y las naciones.
Pero como toda la obra humana que sirve para promover el bien, la escultura también es utilizada para cultivar el mal, en este caso para rendir culto con estatuas y otros monumentos a tiranos y dictadores famosos. Como Stalin y Hitler, Mao Tse Tung y Kim Il-sung, Anastasio Somoza García y Fidel Castro.
Ciertamente, el historial criminal de Fidel Castro es más que impresionante. Organismos de derechos humanos documentaron que después de tomar el poder en Cuba, por medio de la lucha armada, Fidel Castro lideró de manera directa e indirecta el asesinato de miles de personas. Estiman esos organismos que entre 5,000 y 5,600 personas fueron fusiladas principalmente en los primeros años después del triunfo de la Revolución de 1959, tras juicios sumarios contra partidarios del régimen de Fulgencio Batista, y posteriormente contra opositores políticos y alzados en armas.
Además, el organismo Cuba Archive documenta más de 1,100 muertes adicionales fuera de la ley, incluyendo personas que intentaron huir de la isla en balsas o embarcaciones y fueron interceptadas y atacadas por fuerzas armadas estatales.
Cerca de 14,000 soldados cubanos murieron en intervenciones militares africanas impulsadas por Fidel Castro, como las guerras en Angola y Etiopía. Y centenares de presos políticos y de conciencia murieron bajo custodia policial o carcelaria, durante el prolongado régimen de Fidel Castro, como consecuencia de golpizas, huelgas de hambre y denegación intencional de atención médica adecuada.
Por otra parte, cabe señalar que no solo los devotos serviles de los tiranos les erigen estatuas y otros monumentos después de muertos. Muchas veces ellos mismos se las mandan a hacer en vida, embriagados de megalomanía.
Sin embargo, en honor a la verdad, también hay que decir que en este caso Fidel Castro fue una excepción. Ya sea porque vio cómo la gente masivamente repudiaba y destruía los monumentos de muchos tiranos cuando cayeron del poder, y no quería que pasara lo mismo con él; o porque en lo personal sinceramente no compartía las ideas degradantes del culto a la personalidad, Fidel Castro antes de morir prohibió que se hiciera esa clase de homenajes a su memoria. De manera que por mandato de la ley en Cuba no hay estatuas, bustos ni monumentos de ninguna clase de Fidel Castro. Inclusive es prohibido poner su nombre a calles, plazas, parques, edificios públicos, etc.
Pero esa voluntad de Fidel Castro no es respetada por sus émulos y devotos de otros países, como es el caso de los tiranos de Nicaragua. Estos, al parecer creen que erigiendo estatuas de Fidel Castro se parecerán más a él. O lo hacen solo porque están poseídos por la ideología aberrante del culto a la personalidad, que significa la exaltación extrema del líder o de los líderes que se presentan y son presentados como seres heroicos e infalibles, casi que como dioses. Y mediante una propaganda masiva y el control total de los medios de comunicación, se promueve una devoción ciega hacia ellos al mismo tiempo que se prohíbe el pensamiento crítico y el debate.
Algunos críticos a la instalación de los monumentos a Fidel Castro (y a Hugo Chávez) llaman la atención sobre el elevado costo de su construcción, y sobre todo de su mantenimiento, que no lo pagan los mismos dictadores sino el pueblo con sus impuestos.
Y tienen razón. Pero lo peor es el costo moral de esos monumentos, que al promover el culto y la sumisión a la tiranía ofenden y hieren las fibras más íntimas de la dignidad humana.