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Una de las aristas que menos se aborda del exilio es el tema de las mascotas. Recuerdo que en la sección de Derechos Humanos de LA PRENSA se publicó un artículo sobre las víctimas silenciosas de este desplazamiento forzado. Historias de personas que se habían ido dejando a sus mascotas, otras que las trasladaron luego y otras que buscaron un compañerito de exilio. Pues bien, de ese tema quiero hablar, de la familia de cuatro patas que es separada por razones políticas y tequiosos trámites que no permiten que se mantengan unidos.
Empecemos con la salida, muchos nicas se exilian por lo que se llama trocha o punto ciego y lo hacen únicamente con una mochila, donde caben una mudada o un outfit, esperanzas, ansiedades, miedos, pero no gatos o perros, esos deben quedarse a esperar cuál será el destino de su familia humana.
Conozco un par de casos de familias que decidieron hacer ese trayecto completas, con sus mascotas incluidas y miembros del ejército les hicieron el chiste de “el perro se queda” y obvio que la negociación surgió hasta negociar la pasada de todos.
Otros esperaron a que un familiar menos conocido por el régimen que los envió al exilio les trasladara a sus perrijos o gatijos. Y quienes estaban dispuestos a pagar todos los trámites migratorios de sus compañeros de cuatro patas para que cruzaran legal.
Ahora bien, qué pasa con el cruce de las líneas fronterizas, las leyes, las costumbres, son diferentes. En los países donde me ha tocado estar he visto realidades distintas. Por ejemplo, en Costa Rica buscar si uno es solo o es pareja, encontrar apartamento es un tema de cuál zona te gusta más, porque no hay mayor impedimento, pero si te acompaña una familia más grande tendrás inconvenientes por un tema de espacio y el famoso “no niños, no mascotas”.
Aunque existen muchos lugares petfriendly, no es fácil encontrar donde te permitan animales o niños, y aunque logres incluir a menores de edad en un arriendo un miembro de la familia de cuatro patas casi siempre es non grato. Si logras el milagro de que te acompañe una mascota esta deberá ser pequeña, así que amantes de razas grandes como el pastor alemán no podríamos vivir con nuestros amigos peludos en un apartamento.
Dejar una casa en Nicaragua es dejar el patio donde puedes meter a quién tú quieras, perros gatos, conejos y los animales que consideres te alcancen bien en el espacio. Pero exiliarse es pagar por un apartamento. He trabajado y vivido por seis meses o más en cuatro países diferentes y las normas para el tema de las mascotas varían.
En Colombia me encanta el término “familia multiespecie”, que busca proteger hasta la seguridad emocional de las mascotas, pero de igual manera dependerá del espacio que arriendes.
Los costos de los trámites varían. Trasladar un gato de Costa Rica a Colombia pasa por vacunas y un certificado médico, en lo que te podrías gastar hasta trecientos dólares, mientras que hacer el trayecto de Colombia a Nicaragua te puede llevar cincuenta dólares con un certificado internacional.
Uno de los temas que debería abordar las Naciones Unidas si vamos a hablar de exilio es que este debería ser petfriendy por la salud emocional de las mascotas y de sus dueños. Entiendo que exiliarse es dejar todo, familia incluida, pero para los amigos de cuatro patas no es fácil separarse de su conexión principal con el mundo. Tampoco para los niños y niñas y que se encariñan con ellos, ni para quienes los tienen como apoyo emocional, ni se diga por temas de salud.
Esperemos que el exilio de los nicaragüenses no tarde más, porque hay familias separadas por el autoritarismo, por el capricho por el poder y por no entender que la felicidad de un pueblo, el vivir bonito es vivir completos con tus mascotas incluidas, en la casa donde creciste y en el suelo que te vio nacer.
La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.