Tiranía sandinista prohíbe las elecciones e impone una dinastía

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El origen de una falsa revolución

El 19 de julio de 1979 no liberó a Nicaragua. Fue el triunfo de una falsa revolución y el nacimiento de un monstruo: un proyecto de poder absoluto inspirado en el marxismo-leninismo que, desde la fundación del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1961, se propuso capturar el Estado de forma permanente. Presentada como “revolución popular”, en realidad fue, desde su definición misma, la imposición de una vanguardia autoritaria que subordinó la democracia a la lógica totalitaria al estilo de Cuba y la Unión Soviética. Esa fecha, aún celebrada por el régimen, es la más oscura de la historia reciente del país y el punto de partida de una tiranía monstruosa, criminal y depredadora.

La consolidación metódica de la tiranía

Tras derrocar a Somoza, el sandinismo instaló un sistema de control totalitario hasta su derrota electoral de 1990. Esa pérdida fue solo una pausa táctica. Durante los gobiernos liberales ejecutó infiltración institucional, chantaje y clientelismo. El pacto de 1999-2000 con Arnoldo Alemán redujo el umbral electoral al 35 por ciento, permitió el regreso de Daniel Ortega en 2006 con apenas el 38 por ciento de los votos y desmontó las reglas democráticas.

A partir de 2007 la captura fue voraz: control absoluto del Judicial, del Electoral, de las fuerzas armadas y de la policía; cooptación de sectores empresariales y criminalización de la disidencia. La represión de 2018 —más de 300 muertos documentados por la CIDH—, ejecuciones extrajudiciales y exilio masivo consolidó el carácter irreversible de esta dictadura sangrienta. En 2026, en el aniversario del 19 de julio, el régimen cruzó una línea poco común en el mundo contemporáneo: anunció la exclusión de toda competencia electoral real, asegurando así una sucesión dinástica y sometiendo incluso a sus propios adeptos. Freedom House la ubica hoy en 14 puntos sobre 100: Not Free.

Organización criminal y Estado de terror

El régimen actual no es solo autoritario. Opera como organización criminal, terrorista y depredadora. Utiliza violencia estatal y paraestatal, extorsión, despojo y miedo sistemático. Ha transformado al Estado en un aparato de terror: policía, ejército, fiscalía y tribunales funcionan como instrumentos de intimidación y represión coordinada. Impone y adoctrina como una secta, infiltrando su ideología desde las escuelas y abusando del derecho de la niñez a pensar con libertad. Informes de la ONU y de la Comisión Interamericana documentan ejecuciones calificadas como crímenes de lesa humanidad, desapariciones forzadas, tortura y destierro masivo. No son excesos. Es una política deliberada al servicio de un núcleo familiar y partidario.

Las complicidades que hicieron crecer al monstruo

Esta monstruosidad no solo se sostuvo: creció gracias a complicidades activas. Cuadros históricos del sandinismo que hoy se oponen al poder orteguista mantienen, sin embargo, una adhesión residual a la ideología o al mito de la “revolución traicionada”, lo que los hace corresponsables del proyecto original y de su expansión. A ellos se suman políticos corruptos que negociaron el vaciamiento institucional a cambio de privilegios y así alimentaron su crecimiento; sectores empresariales que legitimaron a la dictadura mientras les convino y le dieron oxígeno económico; fuerzas armadas y policía convertidas en pilares de lealtad personalista que potenciaron su capacidad represiva; falsos medios que, bajo apariencia de independencia, promovieron o relativizaron el sandinismo y amplificaron su narrativa; y algunos sectores religiosos que privilegiaron la mediación o el silencio sobre la denuncia clara, facilitando su consolidación. La sociedad tampoco queda al margen: la indolencia de quienes no se sumaron a la lucha, dejaron la responsabilidad en unos pocos o aceptaron el clientelismo pasivo permitió que el monstruo creciera sin contención

Daños incalculables

Las consecuencias son devastadoras e incalculables. No se limitan a lo económico: trascienden generaciones enteras a las que se les arrebataron sueños, proyectos de vida y la posibilidad de un futuro en libertad. Instituciones destruidas, polarización crónica, cientos de miles de exiliados, economía clientelar, persecución religiosa y cierre total del espacio cívico. Nicaragua sufre un sistema híbrido, opresivo y depredador que combina control leninista, personalismo dinástico, violencia sistemática y alianzas con Rusia, China, Cuba e Irán.

Lecciones históricas y el camino a seguir

Incluso las peores tiranías han sido superadas. España, Chile, Polonia y Sudáfrica demuestran que la unidad opositora, la movilización ciudadana, la fractura de las élites de apoyo y una presión internacional precisa pueden derrotar dictaduras. Para Nicaragua las soluciones son duales. Externamente se requiere aislamiento coordinado, sanciones inteligentes contra el círculo de poder y cumplimiento efectivo de la Carta Democrática Interamericana. Internamente, cada nicaragüense debe aceptar su cuota de responsabilidad, alejarse del sandinismo y proscribirlo por completo. Cualquier alianza o proyecto de cambio solo es viable sin sandinismo: no se pueden proyectar transformaciones reales con la misma ideología y el mismo sistema. De una vez por todas hay que abandonar los proyectos reciclados y fracasados de la Guerra Fría y construir una nación con ideas nuevas, para que sean los nicaragüenses conscientes quienes elijan un futuro de democracia, Estado de derecho y libertad.

Conclusión

El sandinismo no fue un error ni una revolución traicionada. Fue, desde su definición y su fundación, una falsa revolución que se convirtió en monstruosidad autoritaria, criminal, terrorista y depredadora. Al prohibir las elecciones y asegurar la sucesión dinástica, incluso sometiendo a sus propios adeptos, cruzó una línea que pocas dictaduras contemporáneas se han atrevido a traspasar. El 19 de julio no es gloria. Es el recordatorio permanente de décadas de abusos atroces que Nicaragua y las democracias del hemisferio ya no pueden seguir tolerando. El verdadero cambio comienza cuando se asume la responsabilidad colectiva y se cierra, de una vez y para siempre, el ciclo del sandinismo.

El actor es activista político nicaragüense en el exilio.

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