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El presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, quien tomará posesión del cargo presidencial el próximo 7 de agosto, anunció que su gobierno no tendrá relaciones con la dictadura de Nicaragua.
“En mi gobierno no habrá vínculo alguno con tiranías», aseguró el presidente electo De la Espriella, que tampoco mantendrá las relaciones con la dictadura comunista de Cuba, que con el saliente gobierno izquierdista de Gustavo Petro fueron de apoyo mutuo.
Los demás gobiernos democráticos de las Américas, comenzando por los centroamericanos, deberían seguir el ejemplo de Colombia. Y en consecuencia romper las relaciones con la tiranía de Nicaragua que con abundancia de pruebas ha sido denunciada de cometer crímenes de lesa humanidad contra el pueblo nicaragüense.
Una dictadura que comete esa clase de crímenes no debe de ser aceptada por una comunidad internacional de países constituidos sobre la base de los principios del derecho internacional y los valores de la libertad y la democracia.
Hacer lo mismo que ha decidido el presidente electo de Colombia, o sea romper las relaciones con la dictadura o tiranía de Nicaragua, sería por ahora la mejor manera de solidarizarse con el pueblo nicaragüense y ayudarle en su esfuerzo y esperanza por recuperar la libertad y la democracia.
Al respecto, el exdiputado y exsenador venezolano, y también exalcalde de Caracas que se encuentra exiliado en España, Antonio Ledezma, escribió en el diario español El Debate un artículo sobre lo dicho recientemente por Daniel Ortega, de que en Nicaragua no volverá a haber elecciones. Ledezma critica a la comunidad democrática internacional por cruzarse de brazos, prácticamente, ante las tiranías que quedan en el hemisferio occidental.
“La comunidad internacional no puede seguir actuando como un simple espectador de comunicados timoratos y diplomacia de pasillo. La neutralidad ante la tiranía no es diplomacia; es complicidad”, asegura Ledezma. Y agrega:“Hago un llamado urgente a la Organización de Naciones Unidas (ONU),a la Organización de Estados Americanos (OEA), a la Unión Europea y a los líderes del mundo libre para que abandonen el letargo y la perplejidad”.
“Es hora de pasar de la retórica de la preocupación a la acción coordinada”, continúa diciendo el reconocido líder democrático venezolano”. Y concretamente propone que “se deben aplicar sanciones reales y severas a las cúpulas corruptas, activar universalmente la justicia internacional para que los crímenes de lesa humanidad no queden impunes y cercar financieramente los capitales que estas mafias roban a sus pueblos para luego blanquear en suelo extranjero. No se puede normalizar el horror ni cohabitar con impostores que usan la fachada de la soberanía nacional para balcanizar los derechos humanos”.
Quienes conocen las interioridades de la diplomacia —que es una forma digna pero también puede ser ruin de hacer política—, saben por qué los países democráticos conviven con las dictaduras y les consienten sus tropelías.
Es por el llamado “pragmatismo” de las relaciones internacionales basado en intereses económicos y en la supuesta preocupación por la seguridad y la estabilidad. También lo hacen por respeto a un malentendido principio de no intervención en los asuntos de otros países; o por el supuesto temor a que el derrocamiento de una dictadura podría causar caos, emigración masiva, violencia e inclusive hasta una guerra civil. Y en algunos casos se asegura que el reconocimiento a las dictaduras es para mantener abiertos canales de posibles diálogos para en determinados momentos buscar salidas negociadas y pacíficas de las mismas dictaduras.
Pero la verdad es que tales salidas negociadas y pacíficas nunca llegan mientras las dictaduras se fortalecen y estrangulan cada vez más al pueblo con sus tentáculos.
Como dice Antonio Ledezma: “La democracia no es el patrimonio exclusivo de un partido, de un líder o de una nación en particular. La democracia es un bien común, un acervo de la humanidad entera. En consecuencia, cada ciudadano del mundo libre (cada país democrático por lo consiguiente) debe sentirse hoy moral y políticamente exigido a salvaguardarla, promoverla y rescatarla allí donde el anticristo de la tiranía intente apagar su luz. La libertad no se negocia; se defiende con firmeza inquebrantable”.
Y se defiende sobre todo con acciones concretas destinadas a ponerle fin a las dictaduras.