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Durante generaciones, Estados Unidos se distinguió no solo por su riqueza o poder militar, sino también por ofrecer a las personas ambiciosas nacidas en otros países la oportunidad de superar las desventajas del lugar de nacimiento. Lamentablemente, la nueva política de la administración Trump para estudiantes internacionales, aunque se presenta como un simple cambio administrativo, indica un retroceso gradual respecto a este ideal fundamental.
Al sustituir el antiguo marco de «duración del estatus» por períodos de admisión fijos y normas más estrictas que rigen las prórrogas y la continuidad de la matrícula, se hace más incierto el camino para estudiar en Estados Unidos y, en última instancia, construir una vida productiva allí.
Muchos de los que comentan sobre el cambio se han centrado en las implicaciones para las universidades, la investigación y la innovación. Pero, por muy válidas que sean estas preocupaciones, podrían exagerar las consecuencias inmediatas. Los estudiantes más talentosos seguirán encontrando la manera de venir a Estados Unidos, las universidades más prestigiosas continuarán reclutándolos y las empresas continuarán patrocinándolos. La política aumenta los costos y genera incertidumbre, pero no cierra las puertas por completo.
El mensaje que transmite este cambio tiene un alcance mucho mayor. Para el estudiante promedio en el extranjero —no para el candidato excepcional con múltiples ofertas de instituciones de élite, sino para el joven ambicioso que espera que la educación le abra las puertas a un futuro mejor— la situación cambia. Cada obstáculo administrativo adicional, cada aumento de la incertidumbre y cada señal de que los extranjeros son menos bienvenidos desalienta las solicitudes.
En cierta medida, este cambio puede reflejar la evolución de la realidad económica. Durante décadas, los estudiantes internacionales desempeñaron funciones cruciales como asistentes de investigación, ayudantes de cátedra e investigadores de laboratorio antes de incorporarse a empresas tecnológicas y otros sectores que demandan trabajadores altamente cualificados. A medida que la IA comienza a automatizar algunas de estas tareas y que los empleadores prevén un futuro con menos trabajadores cualificados de nivel inicial, los incentivos económicos para la importación de talento podrían debilitarse.
Queda por ver si esta transición será tan extensa como muchos esperan. No sería sorprendente que los cambios en el mercado laboral hicieran que los gobiernos estuvieran más dispuestos a restringir la inmigración de profesionales altamente cualificados. Pero incluso si esta interpretación es correcta, no capta lo que históricamente ha hecho de Estados Unidos un país excepcional como tierra de oportunidades.
Los debates sobre la desigualdad en las economías avanzadas suelen centrarse en las disparidades internas de cada país: los progresistas hacen hincapié en la desigualdad de ingresos y riqueza, mientras que los conservadores señalan las desigualdades geográficas causadas por la desindustrialización y la globalización. Si bien ambas preocupaciones son importantes, palidecen en comparación con las desigualdades generadas simplemente por el hecho de nacer en un país u otro.
Un niño nacido en Somalia se enfrenta a oportunidades fundamentalmente distintas a las de un niño nacido en Estados Unidos. Una niña nacida hoy en Afganistán se topa con obstáculos que una niña con talentos idénticos nacida en Suecia difícilmente encontrará. Estas disparidades empequeñecen muchas de las desigualdades que dominan el debate político en los países ricos.
Sin embargo, la filosofía política generalmente ha considerado las fronteras nacionales como un factor moral determinante. Incluso John Rawls, cuyo concepto de “velo de ignorancia” se convirtió en uno de los marcos teóricos más influyentes sobre la justicia, no llegó a aplicar el principio a nivel internacional. Si uno nacía en un lugar con pocas oportunidades, esa desventaja quedaba, en gran medida, fuera del ámbito de la justicia distributiva .
Durante gran parte de su historia, Estados Unidos representó una importante excepción, no por altruismo, sino porque la apertura convenía a sus intereses. El país acogía con los brazos abiertos a quienes estaban dispuestos a trabajar duro, emprender negocios, estudiar, innovar y contribuir al crecimiento económico. El resultado benefició tanto a los inmigrantes como a los propios Estados Unidos.
Esto no pretende idealizar el sueño americano. La investigación del economista de Harvard Raj Chetty ha demostrado hasta qué punto las perspectivas de un niño dependen del lugar de Estados Unidos donde crece. En su influyente libro Calles de Oro, los economistas Ran Abramitzky y Leah Boustan han demostrado que la clásica historia del inmigrante que pasa de la pobreza a la riqueza a menudo se desarrolla a lo largo de generaciones, en lugar de en una sola vida. Muchos inmigrantes permanecieron pobres; fueron sus hijos y nietos quienes ascendieron en la escala económica.
Pero estos hallazgos refuerzan la idea principal. Puede que la primera generación no siempre haya prosperado, pero los padres inmigrantes brindaron a sus descendientes oportunidades inimaginables si se hubieran quedado en sus países de origen. El sueño americano nunca fue una garantía de éxito; fue una garantía de que el éxito era posible.
Por supuesto, esa posibilidad no se distribuye de forma uniforme: los antecedentes familiares, el vecindario, las escuelas y las redes sociales influyen en si las personas siquiera perciben las oportunidades a su alcance. Pero es una situación mucho mejor que la que enfrentan millones de personas en todo el mundo, cuyas oportunidades están limitadas no solo por las circunstancias, sino también por las fronteras que no pueden cruzar.
Esta posibilidad también ha distinguido a Estados Unidos de muchas sociedades ricas que se enorgullecen de la igualdad y la justicia social, pero que mantienen regímenes de inmigración mucho más restrictivos. La apertura de Estados Unidos nunca fue perfecta, ni estuvo motivada únicamente por la generosidad. Fue un ejercicio de interés propio ilustrado que, además, contribuyó a reducir una de las formas más profundas de desigualdad en el mundo.
Considerada de forma aislada, la nueva política de visados puede parecer modesta. Sin embargo, como parte de un retroceso más amplio en materia de apertura, indica que el país, otrora conocido por ofrecer a extranjeros ambiciosos la oportunidad de transformar sus vidas, está menos dispuesto a hacerlo. Esto no solo supone un cambio en la política migratoria, sino también una renuncia a una fuente fundamental de la fortaleza de Estados Unidos.
La autora es execonomista jefe del Grupo del Banco Mundial y redactora jefe de la American Economic Review; profesora de Economía en la Universidad de Yale.
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