Una voz de la Iglesia que clama en el desierto comunista de Cuba

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En Cuba, como en todo país sometido por el totalitarismo comunista, no hay libertad religiosa sin restricciones. Sin embargo, ya no hay una represión feroz contra la Iglesia católica y la religión en general, como la que hay en Nicaragua.

Incluso, llama la atención que en Cuba un sacerdote católico, el padre Alberto Reyes Pías, de la diócesis de Camagüey, a menudo alce su voz para reclamar la libertad religiosa plena y los derechos de los cubanos que les son negados por la férrea dictadura comunista de casi 70 años.

El padre Reyes Pías inclusive ha logrado publicar sus sermones, reflexiones y declaraciones en varios libros como He estado pensando, Hágase mi voluntad, Crónicas del Noroeste, y otros. En los que denuncia los abusos del régimen, pero también plantea soluciones a la profunda crisis que sufre su país. E invita a la gente y las autoridades del país y a todos los cubanos a pensar seriamente en el presente, para poder recuperar el futuro.

El padre Reyes Pías sostiene que la trágica situación actual del pueblo de Cuba no es consecuencia de factores externos, como alegan las autoridades comunistas, sino de que los ideales originales de la Revolución fueron sustituidos por el afán de conservación del poder. “Un sistema preocupado principalmente por su propia supervivencia tiende a percibir cualquier crítica como una amenaza. La discrepancia deja de entenderse como una contribución al bien común y pasa a interpretarse como un acto de hostilidad”, sostiene el sacerdote de Camagüey.  

“Además —agrega—, cuando la ideología se vuelve más importante que los hechos, la posibilidad de corregir errores desaparece. Y cuando desaparece la capacidad de rectificación, las crisis tienden a profundizarse”.

El padre Reyes analiza el miedo generalizado de la gente a la represión, a hablar, a ser señalado y quedar aislado. Y advierte que lo más preocupante “es que el miedo deja de ser un fenómeno político cuando comienza a transmitirse de generación en generación. En ese momento se convierte en una herencia cultural: los padres enseñan a callar. Los hijos aprenden a ocultar. La prudencia se transforma en autocensura y la autocensura termina pareciendo normal”. 

El sacerdote camagüeyano también critica las actitudes complacientes de la jerarquía de la Iglesia católica de Cuba. Pide que la Iglesia sea “capaz de acompañar el sufrimiento humano y de decir la verdad incluso cuando resulte incómoda”.

Asegura que “la misión cristiana no puede reducirse a la administración de sacramentos. La fe tiene consecuencias sociales. La Iglesia debe iluminar moralmente la realidad. Debe denunciar aquello que atenta contra la dignidad humana. Debe acompañar a quienes sufren y debe ayudar a mantener viva la esperanza”.

Aclara el valeroso sacerdote cubano que él no critica la misión espiritual de la Iglesia, sino “la tentación permanente de refugiarse exclusivamente en la prudencia institucional”. Que “la Iglesia se preocupe tanto por conservar espacios de diálogo con el poder que termine debilitando su voz profética”.

Asegura que, en la historia, “los momentos más luminosos de la Iglesia han sido aquellos en los que supo ponerse del lado de los que sufren”. Y que “la Iglesia no puede limitarse a administrar la esperanza espiritual de un pueblo mientras guarda silencio sobre las causas concretas de su sufrimiento. La esperanza cristiana no es evasión. Es compromiso”.

El mensaje del padre Alberto Reyes Pías es igual, o muy parecido, al del obispo nicaragüense Silvio Báez sobre la situación de su propio país. Con la diferencia de que el padre Reyes Pías puede vivir en Cuba, pero monseñor Báez no puede ejercer su función pastoral en Nicaragua, porque el papa Francisco (q.e.p.d.) lo obligó a exiliarse para que pudiera salvar la vida.

Pero sin duda que monseñor Báez quisiera estar en Nicaragua y predicar dentro del país el mensaje cristiano y profético de liberación, como lo hace el cura cubano de Camagüey. Incluso a riesgo de ser martirizado. 

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