Una aventura de la Guerra Fría en Portugal

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

Hace cincuenta años, este mismo mes, me encontraba en Lisboa trabajando para el Banco de Portugal. Me acompañaban otros cuatro estudiantes de posgrado del MIT, entre ellos el futuro premio Nobel, Paul Krugman. Inspirado por las reminiscencias de Krugman sobre aquella experiencia, y a la luz de nuestras actuales circunstancias geopolíticas, me encuentro reflexionando sobre lo que vimos aquel verano.

Apenas dos años antes de nuestra llegada, Portugal había puesto fin a una dictadura militar de 48 años. Tras la Revolución de los Claveles de 1974, la política del país viró de la extrema derecha a la izquierda: mientras el gobierno se hacía cargo de parte de la economía, los manifestantes coreaban en las calles: “¡Muerte a la CIA!” Pero en noviembre de 1975, un intento de golpe de Estado procomunista fracasó, abriendo el camino a un nuevo comienzo.

En junio de 1976, Portugal celebró sus primeras elecciones democráticas en la memoria reciente. Pocos se sorprendieron cuando António Ramalho Eanes —el general que había ordenado el contragolpe militar el año anterior y que se había erigido como un símbolo tranquilizador de estabilidad y democracia— ganó la presidencia. Pero serían el nuevo primer ministro y su gabinete quienes tendrían que gobernar el país, y ese gobierno no se formó hasta el 23 de julio.

El gobernador del banco central, José da Silva Lopes, se había estado preparando para ese momento. Con la economía en crisis, el déficit presupuestario disparándose y el banco central a punto de agotar sus reservas de divisas, Silva Lopes había pedido a profesores del MIT que enviaran asesores que pudieran ayudarle a elaborar un plan de acción. Nuestro equipo de jóvenes tecnócratas llegó a Lisboa poco antes de las elecciones.

Krugman era el cerebro del equipo. Nuestro compañero portugués Miguel Beleza, quien más tarde se convertiría en ministro de finanzas de Portugal , conocía bien el país. Andy Abel se las arreglaba para procesar nuestro trabajo con una computadora del tamaño de un refrigerador que el banco central había recibido, pero que aún no sabían cómo usar. Ray Hill era el más sensato del grupo, quien hablaba por nosotros en situaciones donde un grupo de jóvenes de 24 años podría ser ignorado. Yo era quien sugería, después de una intensa semana laboral de seis días, que era hora de desconectar e ir a la playa.

Parecía que solo había unas pocas docenas de estadounidenses en Lisboa aquel verano. La celebración del bicentenario del 4 de julio, convocada por el embajador estadounidense Frank Carlucci, transcurrió en silencio. Mientras tanto, Carlucci, al parecer, se esforzaba por convencer al secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, de que Portugal no estaba necesariamente perdido a manos de los comunistas y de que Estados Unidos debía entablar conversaciones con el candidato socialista a primer ministro, Mário Soares. (Soares llegaría a ser primer ministro en dos ocasiones y presidente durante una década).

En cualquier caso, no esperaba que el gobierno estadounidense desempeñara un papel particularmente constructivo en el avance de la causa democrática de Portugal. Al fin y al cabo, había apoyado al anterior gobierno autoritario, y la CIA tenía un largo historial de injerencias imprudentes en la política de otros países. Tan solo tres años antes de nuestra misión, había apoyado el golpe de Estado que derrocó al gobierno democráticamente elegido de Chile. Este historial explica por qué nos vimos obligados a ocultar que la remuneración de nuestro equipo provenía de una subvención de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID): no teníamos ninguna relación con la CIA, pero no queríamos que la población local sospechara lo contrario.

La necesidad de discreción —o, al menos, de mantener el secreto— surgió en otros aspectos de nuestro trabajo. Cuando nuestro equipo finalmente redactó un informe recomendando una devaluación del 15 por ciento, distribuimos copias a todos los economistas sénior del Banco de Portugal. Sin embargo, al enterarse de lo que habíamos hecho, Silva Lopes se alarmó, alegando el riesgo de una filtración.

Le recordamos a Silva Lopes que nos había dicho que no nos preocupáramos de que los soviéticos, que ocupaban el piso de arriba de nuestras oficinas, pudieran espiarnos. “No me preocupan los soviéticos”, respondió; “me preocupan los mercados”. Esa noche, volvimos sigilosamente a las oficinas del banco central, recuperamos las copias de nuestro memorándum de los escritorios de los economistas y las sustituimos por una versión que solo hacía referencia a “medidas para mejorar la balanza comercial”, un eufemismo para la devaluación.

El escudo fue devaluado en febrero de 1977. Mientras tanto, Portugal sentó las bases de una democracia sólida y duradera. En 1986, se unió a las Comunidades Europeas (que se convirtieron en la Unión Europea en 1993) y, en 1999, fue miembro fundador de la eurozona. Hoy en día, Portugal ocupa el séptimo lugar entre los países más seguros del mundo, con una puntuación de libertad de 96 sobre 100, lo que lo convierte en un destino popular tanto para visitantes como para inversores.

Sin duda, los ingresos portugueses no han convergido con los de otras economías de Europa Occidental, un fracaso que se ha convertido en un tema clave de la política interna. Sin embargo, las críticas suelen provenir de la derecha, que ataca a los socialistas de centroizquierda que han estado en el poder durante gran parte de los últimos 30 años. No se trata de que la extrema izquierda ataque el sistema de mercado en sí.

En retrospectiva, nuestro equipo de jóvenes economistas puede considerarse un pequeño puesto avanzado en la lucha de Occidente por la Guerra Fría. En aquel entonces, solo se podía soñar con que Estados Unidos y Europa Occidental saldrían victoriosos de aquel enfrentamiento —sin derramamiento de sangre, nada menos— en un plazo de 15 años. Pero aún más impactante que ese resultado es el hecho de que, unas décadas después, Estados Unidos haya abandonado unilateralmente su papel como líder del orden mundial basado en normas, de orientación democrática y de mercado, e incluso se haya vuelto contra sus aliados europeos.

La lista de ultrajes es larga. Donald Trump ha golpeado a la UE con aranceles ilegales y ha sumido a la OTAN en la confusión. También ha desmantelado USAID, socavó y atacó a las instituciones internacionales, y lanzó guerras miopes y operaciones militares ilegales. Mientras tanto, ignora e incluso condena a sus propias agencias de inteligencia, que le proporcionan noticias que no le gustan, como que Rusia interfirió en las elecciones presidenciales de 2016. (También advirtieron correctamente de la inminente invasión de Ucrania en 2022, cuando Joe Biden era presidente.)

Prácticamente él solo, Trump ha destruido el orden mundial que generaciones de líderes occidentales se esforzaron tanto por construir. Estados Unidos, Portugal y todos los demás saldrán perjudicados.

El autor es profesor de Formación de Capital y Crecimiento en la Universidad de Harvard, fue miembro del Consejo de Asesores Económicos del presidente Bill Clinton. Actualmente es investigador asociado en la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí