El trumpismo y la testosterona

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Merece la pena leer el nuevo libro de los reporteros del New York Times, Maggie Haberman y Jonathan Swan. En Regime Change: Inside the imperial presidency of Donald Trump, sobre el primer año del segundo mandato de Donald Trump, se resalta la inclinación del presidente por nombrar asesores que le den la razón y estén alineados con sus creencias. Sin duda, el nombramiento de Pete Hegseth como secretario de Defensa, en contra del criterio de más de un republicano que desconfía de las credenciales del expresentador de la cadena FOX para un puesto tan relevante, en gran parte se debe a que este sigue a pies juntillas las directrices MAGA, por absurdas que sean.

La última ocurrencia de Hegseth rompe el molde y raya en la parodia: en las redes sociales del Pentágono ha publicado un vídeo en el que anuncia exámenes de testosterona para los soldados de más de 30 años. Se trataría de test obligatorios antes de someterse voluntariamente a tratamientos de reemplazo de la hormona masculina, en caso de que se detecten niveles bajos de esta hormona, que en los hombres se produce en los testículos. Hegseth —a quien le traen sin cuidado las más de 225,000 mujeres que sirven en el ejército y ataca sin tregua a los soldados trans—, quiere asegurarse de que los “guerreros” estadounidenses tengan ingentes reservas de hombría. Según él, es preciso asegurarse de que tienen la voz grave, los músculos como piedras y una agresividad que podría arrasar en el campo de batalla y ser determinante a la hora de tomar decisiones bélicas.

Si acaba por materializarse este deseo de alguien empeñado en cambiar el nombre de “Departamento de Defensa” por el de “Departamento de Guerra”, más de un soldado que haya pasado la treintena se verá en el aprieto de demostrar a sus superiores y compañeros de fila que le sobra pelo en pecho (por alguna extraña razón, Hegseth está en contra de las barbas en el ejército), y que es un macho man en toda regla. Esta payasada forma parte de una mitología MAGA en la que eso de hacer a “América grande otra vez” también implica devolverle al hombre americano (principalmente al varón blanco que se ve amenazado por la avanzadilla de las mujeres y otras minorías) una hombría que supuestamente mengua con las nuevas generaciones. Ya se sabe, ese saco donde la ultraderecha mete a su antojo y conveniencia todo lo que clasifica de “woke”, como una etiqueta que anuncia “Nuestra civilización peligra”.

A Hegseth le obsesiona particularmente pertenecer a ese club exclusivo de híper masculinidad. En eso, se hermana con otro “Bro”, el secretario de Salud, Robert F. Kennedy, quien le hace la competencia en el apartado de teorías completamente descabelladas. El Kennedy díscolo de la famosa dinastía política es un poster boy del uso (¿y abuso?) de tratamientos con testosterona. A sus 72 años, posa en el gimnasio haciendo gala de unos músculos abultados que hacen palidecer a aquel Hulk verdoso. Para este negacionista de las vacunas, la testosterona es un elixir que garantiza la eterna juventud, sobre todo en lo que concierne a un vigor sexual que en su caso lo ha llevado a protagonizar una serie de escándalos por saltar de cama en cama, como Tarzán de liana en liana. Hegseth no le va a la zaga en su ánimo por mostrar sus proezas físicas, con vídeos en los que se mide con soldados levantando pesas como si estuvieran en la famosa playa de Venice Beach, en California, donde los forzudos culturistas exhiben sus abrillantadas musculaturas frente a turistas y paseantes.

Mientras Trump amenaza a Irán —o a la pacífica Groenlandia si se levanta con el día muy torcido— con “barrerla de la faz de la tierra” en una guerra que se le ha enredado, su secretario de “Guerra” quisiera que el agua de la soldadesca se mezclara con testosterona. La duda que despierta esta cruzada, o machada, es si el entorno del presidente se ha hecho los test pertinentes para medir sus niveles de hombría. El propio mandatario, que ya es un octogenario, debe tener muy pocas reservas de esta particular gasolina. De acuerdo a Hegseth, esa masculinidad es indispensable para fulminar al enemigo con ferocidad y precisión. Y el trumpismo está muy ocupado en desencadenar conflictos para luego presumir de que ha ganado batallas innumerables.

Aunque Haberman y Swan revelan en su bestseller que el presidente se compara nada menos que con Alejandro Magno, lo paradójico es que en su juventud Trump evitó ir a la guerra de Vietnam aduciendo que tenía un “espolón”. Los MAGA podrían sucumbir por una sobredosis de testosterona, cuando lo que urge es que se hagan un test que mida sus niveles de delirio tóxico. [©FIRMAS PRESS]

La autora (La Habana, 1960) es periodista y escritora.  Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald y en diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).

*Twitter: ginamontaner

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