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El discurso de Daniel Ortega en la celebración del 47 aniversario de la Revolución Sandinista, el pasado domingo 19 de julio, provocó diversos comentarios, unos reactivos y emocionales, pero otros reflexivos y analíticos.
No todo el discurso de Ortega motivó reacciones, pues en su mayor parte fue la misma perorata y amenazas matonescas de siempre. Lo que atrajo la atención fue la parte en la que aseguró que “aquí no volverá a haber Elecciones para que por ahí intenten ellos (los opositores) atrapar el Gobierno, atrapar el poder”.
Con esa frase que casi todos los líderes del exilio político nicaragüense la calificaron como una demostración de miedo de Daniel Ortega, el octogenario dictador pareció referirse a los rumores políticos circulantes hasta ese día, acerca de que el régimen podría convocar a elecciones en noviembre de este o el próximo año. No para dar oportunidad a la posibilidad de un cambio de gobierno, sino como maniobra en busca de legitimidad ante la comunidad democrática internacional, la que en 2021 calificó como ilegítimo el simulacro electoral en que Ortega se volvió a reelegir y a partir de entonces aceleró la deriva totalitaria de la dictadura.
Al decir que en Nicaragua no volverá a haber elecciones, Ortega no aclaró si se refería a comicios verdaderos, como los del 25 de febrero de 1990 que perdió ante doña Violeta Barrios de Chamorro. O si es que ha decidido convertir su régimen en una monarquía o sultanato absolutista, de manera que ya no habrá ni siquiera las farsas electorales con el acompañamiento de los pequeños partidos colaboracionistas conocidos popularmente como “zancudos”.
Sin embargo, Daniel Ortega se equivoca de plano. La verdad es que en Nicaragua sí volverá a haber elecciones libres y competitivas. Las habrá cuando termine la actual dictadura, que por mucho que lo quieran Daniel Ortega y Rosario Murillo, no podrá ser eterna. En algún momento este régimen tendrá que caer o terminar, como cayó la dictadura somocista en 1979, o como terminó la primera dictadura sandinista, en 1990.
La transición de la dictadura a la democracia es una necesidad histórica que pasa por elecciones auténticas, libres y pluralistas. No puede ser de otra manera, porque la democracia solo se construye y sostiene mediante el ejercicio del voto ciudadano que a su vez constituye la soberanía popular.
Pero aún mientras dure el actual régimen totalitario, tendrá que seguir haciendo elecciones o mejor dicho farsas electorales, como hacen todos los regímenes totalitarios que sirven de modelo al de Ortega y Murillo.
En todos los países totalitarios hay elecciones, solo que no tienen carácter democrático ni son para alternar el poder. Son rituales de movilización y control social, donde el partido único o hegemónico preselecciona a los candidatos y la coacción garantiza una participación masiva para legitimar formalmente al régimen.
Las elecciones en el totalitarismo son para aparentar apoyo popular masivo y tener reconocimiento o aceptación internacional, pues el mundo libre se hace de la vista gorda por diversas conveniencias diplomáticas, políticas y económicas.
Hay elecciones incluso en Cuba, donde los partidos de oposición están prohibidos. Y las hay en Rusia, China y Corea del Norte, en las que participan pequeños partidos que no tienen derecho de gobernar, pero sí de existir a cambio de apoyar al régimen que los gratifica con algunos beneficios materiales y políticos.
Tal ha sido en Nicaragua el caso de los partiditos PLC, PLI oficialista, Apre, ALN, PRN y otros del mismo pelaje. Los cuales seguirán existiendo y participando en las farsas electorales de la dictadura mientras esta se mantenga en el poder y las continúe haciendo porque sin dudas que le conviene hacerlas.