El Darío cliché de Nicaragua (I parte)

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Si Darío es el más grande escritor de habla hispana, ¿por qué nunca fue nominado al Nobel de Literatura?, me pregunté hace unos días al leer un artículo que conmemoraba su paso a la inmortalidad. De Centroamérica, solo Miguel Ángel Asturias ha logrado ese reconocimiento que universaliza a un escritor. Les pregunté a varios profesores y estudiantes de los últimos años de secundaria y, con base en sus respuestas, llegué a la conclusión de que a Darío se le ha estudiado mal todos estos años.

Y es que en los colegios se habla de Darío de forma efímera y muy superficial. Se enseña que es el “Padre del modernismo”; que escribió Azul…, Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza, y ahí se detiene la enseñanza. No se explica: ¿en qué radica la grandeza de Darío? ¿Por qué es indispensable para la literatura latinoamericana? ¿Por qué nunca fue nominado al Nobel de Literatura? ¿Quién lo nombró “Príncipe de las Letras Castellanas”? ¿Qué ideología política profesaba? ¿Qué sentía por su patria? ¿Qué opinaba de la unión centroamericana? ¿Por qué llamaba “peste” al comunismo y al socialismo?, entre otros aspectos.

Darío y la lengua

Me atrevo a afirmar que la magnanimidad dariana va más allá de la poesía… es lingüística. Te explico. En el siglo XIX hubo grandes escritores conocidos como precursores del modernismo que aportaron diferentes aspectos e influencias al movimiento literario. Por ejemplo: Manuel Gutiérrez Nájera, José Asunción Silva, José Martí y Julián del Casal. Sin embargo, ninguno pudo darle “carta de ciudadanía” al español de América ante el Viejo Continente como lo hizo Darío.

Prosigo. En 1605 llegaron a América los primeros ejemplares de Don Quijote de la Mancha. La obra más grande de la lengua española desembarcó en Portobelo, Panamá, y se difundió hacia lo que hoy es Colombia. El español de Cervantes encontró un continente totalmente fragmentado desde el punto de vista lingüístico. Según investigaciones filológicas, “en la América prehispánica se hablaba más de mil lenguas, agrupadas en 120 familias lingüísticas” (BBC, 2021).

Con la hispanización, muchas lenguas desaparecieron y otras lograron perdurar hasta la actualidad. No obstante, al contacto con el español cervantino, derivaron en numerosos dialectos. Darío tomó esa lengua, que se había nutrido con voces amerindias, y la sazonó con influencias parnasianas y simbolistas. Le dio vestido estético con el rescate y adaptación del verso alejandrino del francés al español —buscando la belleza a través del exotismo, la musicalidad y la plasticidad visual—. La calzó con neologismos y cultismos helénicos.

Otorgó nuevos significados a estas voces, así como sonoridades y usos estéticos a vocablos existentes. Rompió la rigidez de las formas del Neoclasicismo y el romanticismo trágico, y trajo a la palestra lingüística muchas frases del vasto inventario del vocabulario castellano que estaban en el olvido. Darío hizo del español de Cervantes una lengua más sencilla, pero exquisita, sin tantos elitismos o reglas. Es decir, el bardo democratizó la lengua, que hasta 1888 era monopolizada por España.

Darío demostró que cualquier hispanohablante tenía el derecho de recrear la lengua. Esto fue considerado como una “revolución lingüística”, porque hubo una ruptura en la forma y estilo de escribir. Aquella lengua insípida, carente de representantes y de movimientos literarios, que en 1605 llegó a América, partió a Europa 280 años después para exigir su nombre.

En 1888, la lengua regresó a España vestida de elegancia y altanería, con matices totalmente diferentes: acento, ritmo, melodía, tono y rima propios. Su barco fue Azul…, primera obra cumbre del bardo. Entró por la puerta principal del Viejo Continente y exigió su nombre y su lugar. Ya no era el “español de España en América”, sino el “español de América”.

Darío y la literatura hispanoamericana

Por dicha razón, se considera a Azul… como la “patente de corso” y el “certificado de nacimiento de la autonomía del español de América”. Azul… es para América lo que el Quijote fue para España: un “parteaguas lingüístico”. Si la filosofía contemporánea empezó con el Discurso del método de René Descartes; el teatro moderno con Hamlet de Shakespeare y la novela con Don Quijote de la Mancha de Cervantes…, la poesía moderna hispanoamericana inició con Azul… de Darío.

Con Azul…, Darío fundó el primer movimiento literario de Hispanoamérica: el Modernismo; presentó una literatura diferente a la que los españoles estaban acostumbrados a ver y nos liberó de las directrices idiomáticas de la Real Academia Española (fundada en 1713). Darío le demostró al Viejo Continente la innovación, genialidad mestiza y cosmopolita de Hispanoamérica. Por eso Borges lo llamó “el libertador”; García Márquez, “el revolucionario”; Neruda, “fuente de toda inspiración” y Mistral, “maestro”.

Tanto fue el asombro de los intelectuales de aquel entonces, que el escritor español Juan Valera escribió en una carta a Darío: “Ni es usted romántico, ni naturalista, ni neurótico, ni decadente, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro y ha sacado de ello una rara quintaesencia”.

Para la fecha en que se publica Azul… —a casi 60 años de haberse independizado la mayoría de las naciones de España—, Hispanoamérica seguía buscando la conformación y consolidación de su identidad cultural, política y social. Su poesía aún era regida por la europea, limitándose a ser una imitación de sus normas y estilos. No obstante, España era solamente una sombra del otrora gran imperio español; su hegemonía en América agonizaba, no solo económica, sino políticamente.

Como si de un sucesor se tratase, Darío tomó la batuta literaria dejada por Cervantes, la transformó y la llevó a gran parte del mundo. Por ello comenzó a denominársele el “Príncipe de las Letras Castellanas”. Sin embargo, nunca fue nominado al Nobel de Literatura. ¿Por qué?

El autor es licenciado en Filología y Comunicación

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