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Nicaragua no fue liberada por la Revolución Sandinista; fue entregada a otra forma de dominación. El Frente Sandinista de Liberación Nacional no sustituyó el autoritarismo por una república libre, sino que convirtió la promesa de justicia en disciplina política, la idea de pueblo en obediencia partidaria y la patria en propiedad simbólica de una élite.
El gran engaño del sandinismo fue presentarse como redención nacional mientras construía una cultura de control. Derrotó a una dictadura familiar, pero no destruyó el caudillismo: lo recicló con nuevos colores, consignas y mártires administrados. Donde debía nacer una democracia plural, nació una pedagogía de obediencia. Donde debía florecer la ciudadanía, se impuso la lógica del partido como conciencia superior de la nación.
Desde sus orígenes, el FSLN entendió que el poder no se conserva solo con armas, sino dominando el lenguaje. “Pueblo” dejó de significar ciudadanía diversa y pasó a significar base leal. “Patria” dejó de ser casa común y pasó a ser territorio ideológico. “Revolución” dejó de ser cambio histórico y se convirtió en licencia permanente para mandar. Esa apropiación moral fue una de sus victorias más peligrosas: antes de capturar instituciones, capturó significados.
La Guerra Fría le ofreció un escenario útil para justificar sus impulsos autoritarios. Toda crítica podía ser presentada como infiltración, toda oposición como amenaza externa y toda demanda democrática como traición. Pero el contexto internacional no absuelve al FSLN. La Guerra Fría fue el clima; la vocación de control fue decisión propia. El sandinismo no fracasó por falta de oportunidad histórica, sino porque despreciaba el límite. Y sin límite no hay república: solo mando.
Por eso nunca toleró una sociedad verdaderamente libre. Una sociedad libre produce ciudadanos impredecibles, empresarios independientes, medios incómodos, jueces autónomos, jóvenes irreverentes, comunidades con memoria propia y movimientos que no piden permiso para existir. Para una estructura fundada en la subordinación colectiva, esa diversidad siempre fue una amenaza.
La tragedia nicaragüense no está solo en la represión visible, sino en la pedagogía invisible que la hizo posible. Antes de encarcelar cuerpos, el sandinismo encarceló significados. Antes de confiscar propiedades, confiscó la legitimidad del adversario. Antes de expulsar ciudadanos, los declaró moralmente ajenos a la patria. Antes de cerrar espacios cívicos, enseñó que solo había una forma correcta de amar a Nicaragua: obedecer al relato oficial.
También impuso sus símbolos para borrar sus crímenes. Durante años llenó el país de colores, monumentos, murales, canciones, consignas y rituales partidarios destinados a convertir su versión de la historia en paisaje obligatorio. No es simple propaganda estética; es ocupación simbólica del espacio público. Donde hubo dolor, colocó propaganda. Donde hubo víctimas, impuso silencio. Donde hubo brutalidad, levantó decoración política.
Abril de 2018 fue la gran ruptura de esa mentira. La ciudadanía levantó sus propios símbolos: la bandera azul y blanco, los altares de los asesinados, las madres con fotografías de sus hijos, los jóvenes en las calles, las cruces, los nombres y los rostros que el poder no podía controlar. Por eso el régimen intentó borrar esa memoria. No le bastó disparar contra los cuerpos; también quiso disparar contra los recuerdos. Criminalizó banderas, desmontó altares, transformó víctimas en culpables y llamó “golpismo” a una rebelión moral contra el abuso.
Desde entonces, el sandinismo trabaja para cambiar el significado de 2018. Quiere que las nuevas generaciones no recuerden estudiantes asesinados, sino “delincuentes”; no vean madres perseguidas, sino “manipuladas”; no identifiquen una protesta cívica, sino una conspiración. Su objetivo es claro: quien controla la memoria controla la obediencia.
La derrota electoral de 1990 tampoco desmontó esa cultura. El FSLN perdió el gobierno, pero conservó redes, propiedades, símbolos, cuadros y resentimientos. La piñata reveló que quienes hablaban en nombre de los pobres podían apropiarse del país con la misma frialdad de cualquier oligarquía. Luego, el pacto con Arnoldo Alemán terminó de herir la república, convirtiendo instituciones y reglas electorales en piezas de intercambio entre caudillos.
En ese sistema también han sido funcionales los partidos zancudos. No existen para representar una alternativa real, sino para decorar la jaula. Presentan como elección lo que es imposición, como pluralismo lo que es subordinación y como oposición lo que es obediencia negociada. Mientras el régimen encarcela, ellos participan; mientras confisca, callan; mientras destierra, firman; mientras la república muere, piden casilla, curul o personería.
El zancudismo es una forma miserable de colaboración política porque acostumbra al país a llamar oposición a la obediencia. No enfrenta al poder: lo oxigena. No representa al ciudadano: administra migajas. No rompe con la dictadura: la acompaña en su teatro electoral.
Nicaragua no necesita una versión amable del mismo veneno. No necesita sandinismo maquillado, pactistas arrepentidos solo porque perdieron su cuota ni zancudos convertidos en supuestos interlocutores nacionales. Necesita ciudadanos libres, instituciones fuertes y una cultura política que desconfíe para siempre de todo poder que prometa salvar al pueblo anulando su libertad.
La próxima república deberá desmontar cárceles, leyes represivas y estructuras de vigilancia, pero también la arquitectura simbólica de la mentira. Habrá que devolver la bandera nacional a todos los nicaragüenses, rescatar los nombres de los asesinados, preservar los testimonios del exilio y enseñar que ningún poder tiene derecho a maquillar sus crímenes con consignas.
El defecto más profundo de nuestra cultura política ha sido buscar redentores en lugar de construir reglas. Hemos amado demasiado al caudillo y demasiado poco a la ley. Hemos confundido unidad con uniformidad, liderazgo con obediencia, negociación con reparto y memoria con propaganda.
La verdadera tarea histórica no es maquillar el pasado revolucionario, sino superar definitivamente la cultura autoritaria que el sandinismo sembró en la vida política nicaragüense. Nicaragua no necesita otra revolución; necesita una república. Una república donde el individuo esté antes que la masa, la ley antes que el caudillo, la memoria antes que la propaganda, la justicia antes que el pacto y la ciudadanía antes que la obediencia.
Nicaragua no será libre cuando cambie de gobernantes. Será libre cuando ningún gobernante, ningún partido, ningún pacto y ningún zancudo puedan volver a creerse dueños de Nicaragua.
El autor es analista político nicaragüense y líder cívico. Ha trabajado en iniciativas de participación ciudadana, formación democrática, observación electoral e incidencia en derechos humanos.