Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
La dictadura sandinista celebra el 17 de julio como Día de la Alegría Nacional, porque en una fecha como esta, en 1979, el dictador Anastasio Somoza Debayle huyó de Nicaragua hacia los Estados Unidos.
Fue comprensible que en aquel día histórico y memorable, la mayor parte de los nicaragüenses sintiera una inmensa alegría por el derrumbamiento de la dictadura somocista, de más de cuatro décadas, y por la fuga del dictador.
Pero ahora, 47 años después, es la dictadura la que celebra una alegría falsa, cínica y maligna. Como engañoso, descarado y malvado es todo lo que representa el sandinismo orteguista en la actualidad, un régimen dictatorial peor que la primera dictadura sandinista, la de los años ochenta, y mucho más cruel y criminal que la dictadura somocista derrocada en 1979.
La sicología explica que la alegría es “una emoción agradable o positiva que se produce como respuesta a un suceso que percibimos como positivo”. Pero aclara que la alegría no siempre es sincera, que puede ser falsa y cínica, maligna y malvada.
La alegría es verdadera cuando “se genera de forma natural y espontánea en la persona después de un hecho placentero”. En cambio, es simulada o cínica la que “se muestra de manera intencionada, sin que haya nada que la genere, o para evitar dar otro tipo de respuesta”. Y es maligna o malvada la alegría de quienes se ríen de la desgracia ajena, la de quienes se sienten alegres porque a otra persona le va mal, o solo porque ha cometido un error.
La alegría maligna y malvada es precisamente la que sienten los dictadores actuales y sus secuaces y seguidores. Se alegran porque tienen en la cárcel a muchos presos políticos; se alegran porque han desterrado, mandado al exilio y robado sus bienes a muchas personas opositoras; se alegran porque han dividido de hecho a la jerarquía de la Iglesia católica entre los que condenan la represión y quienes la justifican o guardan silencio por temor o conveniencia, etc., etc.
La mayoría de los nicaragüenses no pueden sentirse contentos en este día, cuando la dictadura y sus partidarios celebran con malsana alegría el aniversario de su revolución; la que ilusionó a mucha gente, en el país y en otras partes del mundo, que después se decepcionó por el rumbo totalitario que tomó la dirigencia revolucionaria. Y por los daños inmensos, materiales y humanos, que causaron y siguen causando hasta ahora.
Lo que sienten en este día los nicaragüenses que son víctimas directas o indirectas de la dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo es confianza, ilusión, expectativa, convicción y esperanza, en que esta nueva noche oscura pronto terminará.
Y cuando suenen “los claros clarines de la libertad”, entonces sí habrá razón, muchísima razón, para que haya una inmensa, auténtica y justificada alegría nacional.