Cristiana Chamorro y la unidad posible

En América Latina no resulta descabellado pensar que las grandes transiciones democráticas puedan volver a tener rostro de mujer. María Corina Machado, en Venezuela, ha demostrado que una mujer puede encarnar con firmeza, valentía y legitimidad moral la esperanza de un país secuestrado por una dictadura. Tampoco sería absurdo imaginar que, en una futura Cuba democrática, una mujer pueda ponerse al frente de la reconstrucción nacional. En Nicaragua esa posibilidad tiene un nombre que no debe ser descartado con ligereza: Cristiana Chamorro.

La oposición nicaragüense está dividida, dispersa y muchas veces atrapada en sus propias sospechas. Por experiencia histórica, las unidades políticas que han funcionado en Nicaragua no se han construido únicamente alrededor de siglas, plataformas o documentos, sino alrededor de liderazgos capaces de generar confianza.

En Nicaragua, la unidad necesita rostro. Y en una eventual transición democrática, ese rostro debe tener algo que hoy escasea: credibilidad. Cristiana Chamorro la tiene. Su credibilidad no es solo nacional. También es internacional. Hacia dentro del país representa una tradición cívica vinculada a la libertad de prensa, a la memoria democrática y a una familia que forma parte esencial de la historia contemporánea de Nicaragua.

Su madre, Violeta Barrios de Chamorro, encabezó una transición democrática que todavía pesa en la memoria nacional. Su padre, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, director de LA PRENSA, asesinado en 1978, fue declarado por Nicaragua Mártir de las Libertades Públicas. Cristiana, además, ha estado vinculada a LA PRENSA, una institución histórica del periodismo nicaragüense y uno de los blancos más visibles de la persecución del régimen.

Pero la conveniencia de una eventual candidatura de Cristiana Chamorro va más allá de ser hija de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Va más allá de ser hija de Violeta Barrios de Chamorro, primera mujer presidenta electa democráticamente en América. Va más allá, incluso, de su condición de mujer. El apellido Chamorro pesa en Nicaragua, sin duda; pero Cristiana no vive solo de una herencia moral. Tiene méritos propios: trayectoria cívica, defensa de la libertad de prensa, premios y reconocimientos internacionales, convicciones firmes e irrenunciables, persecución sufrida en carne propia y una credibilidad que puede hablarle tanto al país como a la comunidad internacional.

Durante el último fraude electoral, cuando la dictadura clausuró toda posibilidad real de competencia democrática, bastó que su nombre apareciera mencionado para que Cristiana figurara en encuestas con un respaldo significativo, alrededor del trece por ciento, sin hacer ni la más mínima campaña. Eso revela algo importante: no se trataba solo de un apellido; había una reserva de confianza alrededor de su figura. La dictadura lo entendió muy bien. Por eso se ensañó con ella y con su familia. No se persigue con tanta ferocidad a quien no representa ningún peligro.

Cristiana Chamorro podía ser incómoda porque era potable para sectores distintos. Podía hablarle a los demócratas tradicionales, a los defensores de la libertad de prensa, a los exiliados, a los empresarios, a los organismos internacionales, a las víctimas del régimen y a una parte de la ciudadanía cansada de estridencias. En una Nicaragua rota por la desconfianza, esa capacidad de generar confianza no es un adorno político: es una necesidad histórica.

Nicaragua no necesita una alianza de siglas; necesita una figura capaz de hacer que esas siglas dejen de estorbarse entre sí. La falsa oposición, la oposición sectaria, fanática e inquisidora, la que vive repartiendo garrote y certificados de pureza, atacará a todos los liderazgos que no controle. Sin duda lo hará con Cristiana, como lo ha hecho con todos los candidatos que han desnudado sus aspiraciones. Pero precisamente por eso se necesita una figura con suficiente credibilidad para resistir esos ataques sin perder autoridad.

Cristiana Chamorro tiene puntos que deben fortalecerse, su bajo perfil nos pone cuesta arriba el trabajo de quienes simpatizamos con ella, de quienes creemos que podría ser esa figura capaz de encabezar la imprescindible e impostergable unidad democrática. Que su eventual candidatura no debe sostenerse únicamente sobre el prestigio, la trayectoria familiar, la persecución sufrida o la credibilidad acumulada. El reto exige presencia. Exige palabra. Exige ritmo. Exige propuesta. Exige aparecer y sobre todo, hacerse accesible.

A mi juicio, modesto y sincero, no basta con que nosotros hablemos y promovamos las bondades que tiene la inevitable candidatura de Cristiana. Cristiana debe hablar también. No basta con que la imaginemos como posible candidata, debe proyectarse como tal. Ella debe empezar a proyectar, al menos con prudencia, una visión de país. No basta con que tenga credibilidad dormida. Debe convertirla en conducción. La dictadura no duerme. La falsa oposición tampoco. Los espacios vacíos los ocupan los más ruidosos, los más agresivos, los más improvisados o los menos capaces de unir. Por eso Cristiana Chamorro debe entender que una figura nacional no puede vivir solo de presencia, también hace falta la acción.

Pero eso no disminuye su valor. Al contrario, lo hace más urgente. Cristiana Chamorro puede ser una de las figuras más creíbles de la oposición nicaragüense. Puede tener legitimidad nacional e internacional. Puede representar moderación, firmeza, memoria democrática y libertad de prensa. Puede ser, incluso, una de las pocas personas capaces de ordenar una unidad posible alrededor de la integridad y credibilidad.

El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.

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