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En 1996, regresé a Nicaragua tras una larga ausencia, con el propósito de llenarme de patria estudiando su historia. Visité archivos y bibliotecas en busca de datos, opiniones e ideas que pudieran ayudarme a entender lo que José Coronel Urtecho llamó la “retahíla de nuestra historia”. Un día, en una tienda de libros usados del Mercado Huembes, encontré el libro Filosofía y crisis, de Alejandro Serrano Caldera. Lo leí entre el aroma a mondongo recién cocido y el bullicio de ese vibrante mercado, y me produjo una alegría profunda. En sus páginas, descubrí a un filósofo nicaragüense navegando por los mares del pensamiento político occidental, explorando las armonías, los contrapuntos y las disonancias entre ese pensamiento y el sentido de nuestra historia nicaragüense y latinoamericana.
Volví a encontrarme con la obra de Serrano Caldera cuando tropecé con un lote de cerca de doscientos ejemplares de La permanencia de Carlos Marx, otro de sus libros, amontonados en un rincón de la biblioteca del Recinto Universitario Rubén Darío. Tomé uno de ellos y me senté a leerlo con curiosidad, en medio de esa energía vital con sabor a esperanza que se respira en las bibliotecas universitarias de cualquier parte del mundo. En ese libro encontré una crítica seria al marxismo dogmático y panfletario que causó tanto daño a la Revolución Sandinista. Y no pude evitar sentir tristeza al ver tantos volúmenes sin leer de un libro que debió haber sido estudiado por los nicaragüenses durante los dolorosos años 80. Ya para entonces, había decidido contactar a Serrano Caldera para conocerlo.
La oportunidad de ese encuentro surgió cuando participé en un foro organizado por el desaparecido Instituto Nicaragüense de Administración Pública (INAP). Serrano Caldera había sido invitado a este evento junto con el doctor Jaime Incer Barquero y el doctor Alejandro Martínez Cuenca. Fueron muchas las reflexiones que Serrano Caldera ofreció sobre la globalización y su impacto en el Estado y la nación nicaragüense, pero una de sus intervenciones quedó más claramente grabada en mi memoria. Después de hora y media de exposiciones y durante el período de preguntas y respuestas de ese evento, un joven se puso de pie y, con tono tajante, dijo: “Este evento ha sido pura reflexión. En Nicaragua no estamos para reflexionar y filosofar, sino para actuar…”
Serrano Caldera, con la paciencia que siempre lo caracterizó, sonrió pícaramente, giró la cabeza hacia atrás, donde había sido colocado un letrero gigante con el título de la conferencia “Reflexiones sobre la globalización: una mirada desde Nicaragua”, como para que el joven se diera cuenta de que tal vez no se había informado bien sobre el propósito del evento. Luego, con la consideración que es propia de los buenos maestros, contestó amablemente con una frase que resume el espíritu de su obra: “La historia de Nicaragua está llena de acciones irreflexivas y de sus dolorosas consecuencias. No debemos separar la acción de la reflexión, porque sólo con la reflexión podemos dar sentido a lo que hacemos, a lo que somos y a lo que podemos llegar a ser”.
Reflexión y acción
La reflexión filosófica no ha encontrado tierra fértil en nuestro medio. Es incomprensible para quienes perciben la historia como un juego de azar; es decir, como un proceso que depende de la fortuna y de los golpes de suerte que asestamos con “viveza”. La filosofía tampoco puede hacerles sentido a quienes ven la historia como una simple sucesión de batallas, fechas y nombres ilustres que adquieren significado por sí mismos cuando se ordenan cronológicamente. Tampoco puede tener sentido la filosofía para quienes ven la historia como un proceso controlado por un Dios providencial que lo decide todo. La filosofía y la política modernas nacen precisamente del desplazamiento de esta visión providencialista de Dios y del surgimiento de una nueva visión de la relación entre Dios y la humanidad. Esta nueva visión les otorga a los seres humanos la responsabilidad de guiar la construcción de su propio destino.
Serrano Caldera nos enseñó que la historia no es producto de la casualidad, ni una colección de acciones y reacciones desprovistas del significado que les otorgamos, ni un capricho de la voluntad de Dios. La historia, nos dice Serrano Caldera, es “una relación dialéctica entre los acontecimientos y los conceptos que formamos sobre ellos”. Y concluye: “Ni sólo los hechos, como pretende un positivismo ramplón que pregona una supuesta objetividad absoluta y autónoma que no existe, ni sólo las palabras, como pretenden ciertas corrientes de la lingüística y de la filosofía llamada posmoderna [definen el curso de la historia”. Esta última frase la dirige Serrano Caldera a las corrientes de pensamiento que rechazan las “metanarrativas” en el ámbito de la filosofía, mientras que el mercado global nos atiborra de ellas para empujarnos a internalizar su racionalidad y sus valores.
Para Serrano Caldera, la historia es un proceso permanente de acción y reflexión mediante el cual se transforma tanto la materialidad de la vida como su sentido. La filosofía, nos dice él, “no está colocada por encima de la vida”. La filosofía es, agrega nuestro filósofo, “el esfuerzo de la inteligencia para entender el devenir de la realidad de la cual formamos parte, para encauzar ese proceso y para dotarlo de una lógica que no sería otra cosa que el conocimiento de nuestras facultades y responsabilidades”.
Serrano Caldera combatió en el aula, en sus libros, y como intelectual público, la tendencia que existe en nuestro medio a pensar que la filosofía es un esfuerzo mental abstraído de la realidad; alejado de la realidad; colocado por encima de la realidad concreta en la que se desarrolla la vida de los individuos y las naciones. La filosofía, insistió Serrano Caldera, es “conjunción de teoría y praxis… [es] “pensamiento que proviene de la historia y que va hacia ella”. Es decir, los estímulos y las motivaciones de los que se nutre la filosofía surgen de la realidad para luego regresar a ella, dándoles nombre y significado a los hechos y las circunstancias que marcan el paso del tiempo. Así pues, nos dice Serrano Caldera, la filosofía “toma los elementos esenciales subyacentes a toda situación, los cuales, en muchos casos, aún no han aflorado a la conciencia colectiva o no se han expresado todavía en las instituciones, organización social y estructura general de la vida. De otro lado, devuelve a ese ámbito, en forma de estructura racional, de modo valorativo, de vida cultural, esos elementos que habitan el inconsciente de una sociedad”.
En una sociedad como la nuestra, acostumbrada a desconfiar de la palabra y a ver la historia como un proceso que nosotros no controlamos, es difícil aceptar que nuestro devenir histórico puede y debe ser domesticado por la razón, por la razón filosófica, y por la palabra. La obra de Serrano Caldera nos muestra que otras sociedades lo han hecho y que nosotros también podríamos hacerlo con originalidad; es decir, tomando en consideración nuestra especificidad histórica y nuestras propias aspiraciones, lo que implica articular las bases de un consenso social que ponga fin a la guerra de todos contra todos en la que hemos vivido a lo largo de nuestra historia.
Unidad en la diversidad
Serrano Caldera dedicó la mayor parte de su vida intelectual a definir el interés común de los nicaragüenses y a lograr un consenso social en nuestro país. En este sentido, él forma parte de una vieja, pero desgraciadamente débil, tradición político-contractualista en Nicaragua. Pedro Francisco de la Rocha representa esta tradición en el siglo XIX, mientras que Carlos Cuadra Pasos la representa en la primera mitad del siglo XX.
En la segunda mitad del siglo XX y en el XXI, Alejandro Serrano Caldera le dio forma filosófica a esa tradición y, además, la inyectó de una visión más claramente democrática. Nicaragua, nos advirtió, “es un archipiélago de islotes sociales que coexisten, inconexos, los unos al lado de los otros. La falta de coincidencia en objetivos y fines nacionales produce un desconocimiento recíproco entre las diferentes partes de la sociedad nicaragüense y, en consecuencia, una autarquía que elimina elementales formas de complementariedad”.
A partir de esta representación, Serrano Caldera propone la articulación de un consenso social organizado alrededor del principio normativo de “la unidad en la diversidad”; es decir, de una unidad organizada alrededor de aspiraciones colectivas que se construyen con el pensamiento y la acción; una unidad organizada alrededor de una visión de lo que somos, queremos y podemos llegar a ser; de una unidad construida alrededor de una síntesis que resuelva, o que por lo menos organice nuestras “yuxtaposiciones” y “rupturas”.
Está de más decir que no hemos logrado superar nuestras contradicciones. Está de más señalar que, en el siglo XXI, seguimos viviendo en un archipiélago de islotes sociales y que en cada uno de ellos existe una Nicaragua diferente. Está de más decir, pues, que somos una multitud de “Nicaraguas” inconexas y en estado de guerra permanente. Y está de más decir que la partida de Alejandro Serrano Caldera deja un vacío que debemos llenar con el estudio de su obra, hoy más relevante que nunca. ¡Gracias, querido Alejandro!
El autor es profesor retirado de Ciencias Políticas de la Universidad Western Canadá. Es autor del libro: “El derecho a la esperanza: Nicaragua y el pensamiento de Alejandro Serrano Caldera”. Upoli, 1999.