Una carta que nos rebaja

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Con mucha pena y un poco de vergüenza he leído la carta del grupo Iniciativa Ciudadana Víctimas del Sandinismo, en la que solicitan que la Real Academia Española (RAE) reconsidere la candidatura de Sergio Ramírez al sillón que dejó Mario Vargas Llosa. La tristeza y la vergüenza derivan del hecho de que la carta no solo evidencia cuánto desconocemos sobre el mundo que existe más allá de nuestros propios límites mentales, sino también nuestra falta de conocimiento sobre lo que escriben los nicaragüenses, como Sergio Ramírez. 

Con mucho garbo, pero con poco tino, los firmantes de la carta le preguntan a la RAE si valoró expresamente la responsabilidad política e institucional de Sergio Ramírez en el gobierno sandinista de los 1980, si nuestro autor ha hecho una autocrítica pública, específica y suficiente sobre lo anterior y, finalmente, si la candidatura de Sergio Ramírez honra la memoria del académico al que sustituye y la dignidad del idioma que custodia. 

Los responsables de la RAE, así como los del Premio Cervantes, los del Premio Carlos Fuentes, los del Premio Alfaguara, los del Premio Ortega y Gasset, los del Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa y los de muchos otros premios y doctorados honoris causa otorgados a Sergio Ramírez, no son bobos. Ellos conocen muy bien la trayectoria de nuestro compatriota, la han valorado y han decidido homenajearlo. 

Los tribunales encargados de estos premios han leído lo que nuestro novelista ha escrito sobre su participación en la vida política de nuestro país, algo que, claramente, no han hecho los firmantes de la bochornosa carta. Digámoslo con todas las letras: nunca antes en la historia de Nicaragua un actor nacional del nivel que alcanzó Sergio Ramírez durante su carrera política ha rendido cuentas y asumido sus responsabilidades, con la claridad y la abundancia con que lo ha hecho él. De esta forma, ha contribuido de manera significativa a la construcción de la memoria histórica, tan necesaria para nuestro país.  

Yo tendría que contar con toda esta edición de LA PRENSA para proporcionar todas las evidencias que respaldan lo que digo. Pero, para muestra, un botón: En sus memorias, Adiós muchachos (Aguilar, 1999), Sergio Ramírez nos habla de cómo la intolerancia del sandinismo revolucionario, que se tradujo en represión, censura y cierre de periódicos como LA PRENSA, se alimentó del mal aprendido marxismo-leninismo que muchos comandantes cacareaban: “Cualquier voz de moderación resultaba más que sospechosa. Bañándonos en las viejas aguas lustrales de la ortodoxia ideológica, obteníamos nuestro certificado de virtud” (113). Dicho sea de paso, para aquellos que piden que nuestro novelista “rinda cuentas”, estas memorias, nos dice Sergio Ramírez, fueron escritas como un ajuste de cuentas conmigo mismo, yo quise entrarle como catarsis personal, de una pasión que me hizo violencia en mí mismo, dentro de mi propia vida…”. Fueron, agrega, “una confesión personal”.1 

En la Introducción a la reedición de su libro Biografía: Mariano Fiallos (Editorial Universitaria, UNAN, 1997), para citar otro ejemplo, Sergio Ramírez deplora que el FSLN en los 1980 haya asumido tener “la verdad absoluta” y, con ella, castigar a quienes pensaban diferente: “Para hacer posible el modelo de Estado y sociedad que creíamos justo, se necesitaba poder, y poder apenas compartido. Poder de quienes teníamos la verdad ideológica, incompatible, en el fondo, con cualquier otra verdad” (19). En esta misma línea de pensamiento, nuestro autor reflexiona en una entrevista sobre cómo las revoluciones como la sandinista tienden a aferrarse a sus verdades: “Y es cuando las ideologías trabajan como el motor de una revolución que aparecen los grandes riesgos del fracaso, porque las ideologías en el poder siempre tienden a ser intolerantes”.2  

En Confesión de amor (Nicarao, 1991), otro de sus escritos, nos describe la compleja mezcla de sentimientos, razones y emociones que operaba en su mente durante la década de los 1980, haciendo uso de una experiencia personal frente a un campesino nicaragüense: “En mi proyecto, que era la organización mental de mi sueño, estaba férreamente establecido un nuevo sistema de vida para aquel campesino, para sus hijos y para todos los suyos […] Pero mi sueño de justicia y modernidad para su vida, chocaba dramáticamente con el mundo que a él seguía rodeándolo: aislamiento, miseria, atraso, y con su propia percepción del mundo. Y el esfuerzo, lejano y disperso, que para reorganizar su vida se maquinaba desde los centros de poder de la revolución, y que los agentes de ese poder trataban de imponerle frente a su concepto de libertad como individuo, también chocaban directamente con él” (120). 

En el prólogo escrito para un libro sobre la Revolución Sandinista, sale de sí mismo y nos hace ver el contexto en el que operó ese proyecto y, más concretamente, cómo esa revolución no fue capaz de contrarrestar los vicios de nuestra historia y cultura política: “Hay un abismo que empieza a ensancharse entre el idealismo revolucionario de la lucha y el proyecto político, ya en el poder. Lo que pudo haber sido la nueva calidad de la izquierda en el poder, se perdió en los vericuetos de una cultura política tradicional y en muchos sentidos bastante elemental. Quienes habían llevado al sandinismo al poder por la fuerza de las armas, y detentaban el poder real, eran hijos de los manuales, donde los modelos políticos estaban predeterminados, y simplificados. Y no deja de ser éste un asunto cultural; los modelos reales eran Cuba y el campo soviético, aún en sus rituales. Copiarlos, o imitarlos, era más sencillo que inventar otros distintos dentro de la amplia gama de posibilidades que una revolución abre para crear. Y ese potencial creador, resultó frustrado”3.

Y, si nos trasladamos al mundo de la literatura, el mundo del que salió Sergio Ramírez y al que regresó cuando dejó la política, las novelas y cuentos de nuestro autor están repletos de piezas relevantes para la construcción de la memoria de nuestro país. Sus principales personajes, como el inspector Morales, Lord Dixon y doña Fanny, viven la realidad del poder en un país como el nuestro y nos hablan de lo que ello implica. En esos caracteres se refleja lo que Sergio Ramírez sintetizó en “Señor de los tristes”, en otro de sus libros, La Manzana de Oro (Iberoamericana, 2012): “Desde los viejos tiempos de Erasmo, Cervantes sabe que el ejercicio del poder deviene de la locura del interés y el cinismo, y que en cada acto de gobierno trasudan las miserias estrafalarias de la condición humana, entre las buenas intenciones, la tentación de oprimir, la debilidad ante los halagos, el deseo de fama, la crueldad, la compasión, y la impostura. Y Cervantes, muy justamente, pone el discurso sobre el ideal del buen poder en boca de un loco” (12). 

Todo esto y mucho más han leído y analizado los responsables de la RAE y de las otras organizaciones que han rendido homenaje a Sergio Ramírez a lo largo de los años. ¿Lo han leído todos los que firman la carta a la que hago referencia en este escrito? Sospecho que no. 

La tercera pregunta que hacen los firmantes a los responsables de la RAE, sobre si la candidatura de Sergio Ramírez “honra la memoria del académico al que sustituye y la dignidad del idioma que custodia”, tendría que ser dirigida al hijo de Mario Vargas Llosa, el también escritor Álvaro Vargas Llosa, y al director de la Cátedra Vargas Llosa, Raúl Tola, ambos miembros del tribunal que premió a Sergio Ramírez por su novela El caballo dorado (Alfaguara, 2024), en la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa (2025). Mejor aún, deben dirigirla al espíritu del propio Mario Vargas Llosa, quien, en vida, habló de nuestro Premio Cervantes como «un magnífico escritor que ha participado en la vida política de su país en la forma moderada que se asocia a su forma de ser y de escribir»4

Al pronunciar estas palabras, Mario Vargas Llosa claramente toma en cuenta no solo la excelencia literaria de nuestro Sergio Ramírez, sino también la brutal complejidad de nuestras historias, la “locura” que implica tratar de cambiar nuestra realidad y tantas otras “insuficiencias” de la vida, como él las llama, que nos toca vivir a los y las latinoamericanos. ¡Al carajo con todo esto!, parecen decir los firmantes de la carta contra Sergio Ramírez. “Que él pida perdón” y que este perdón le “salga del alma”, dice otro articulista. Mi ruego: pidan lo que quieran, pero no escriban más cartas como las que enviaron a la RAE porque nos dejan mal parados a todos los nicaragüenses. 

El autor es nicaragüense, profesor retirado de Ciencias Políticas en la Universidad de Western Ontario, Canadá. 

1 Ver: Verónica Rueda Estrada, El testimonio como Historia». El reto de «Adiós muchachos» de Sergio Ramírez a la historiografía nicaragüense. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. 

2 Danielle Ranucci“An interview with Sergio Ramírez”. https://spo.princeton.edu/news/interview-sergio-ramírez 

3 Un sandinismo en que creer [Prólogo a «La ruptura del Frente Sandinista» de Nayar López] 

4 Mario Vargas Llosa, Clarín, 13/09/21. https://www.clarin.com/cultura/apoyo-vargas-llosa-sergio-ramirez-dictaduras-establecen-censura-meten-escritores-carcel-_0_NpFJCbNQC.html 

COMENTARIOS

  1. Hace 4 meses

    Tu mejor escrito que he leido hasta el momento.

  2. Hace 4 meses

    Muchas gracias, profesor Andrés Pérez Baltodano, por iluminarnos con detalles de la obra de Sergio Ramírez Mercado y de la evolución crítica que él mismo ha hecho sobre su participación política y sobre los errores históricos del sandinismo. Esto debería quedar claro para algunos: yo personalmente no conozco al señor Sergio Ramírez. Lo he escuchado hablar en la Feria del Libro de Miami y en alguna ponencia, y siempre me ha parecido una persona mucho más centrada y reflexiva que muchos políticos que hoy se autodenominan demócratas.

    Estamos hablando de una luminaria intelectual de Nicaragua, de un escritor reconocido internacionalmente, de un hombre que, nos guste o no su pasado político, ha dedicado gran parte de su obra precisamente a cuestionar el autoritarismo, la intolerancia ideológica y los excesos del poder. Y eso usted lo documenta con citas concretas, no con consignas emocionales ni propaganda barata.

    Es triste lo que nos pasa a los nicaragüenses. Ayer precisamente escribía que una vez, a principios de los noventa, en una famosa discoteca nicaragüense de Miami llamada El Infinito, hubo una trifulca entre compatriotas. Recuerdo que un muchacho campesino del norte, que había sido de la Resistencia, me dijo con toda sinceridad: “Nosotros los nicaragüenses estamos enfermos. Los demás latinoamericanos se toman tres cervezas y les da por ponerse románticos o buscar cómo enamorar una jeva. Nosotros nos tomamos tres cervezas y empezamos a sacarnos en cara que fuiste somocista, que fuiste sandinista o que fuiste contra”.

    Y honestamente creo que tenía razón. La guerra nos hizo muchísimo daño. Nos dejó envenenados emocionalmente y atrapados en trincheras mentales de hace cuarenta años. Por eso da lástima ver cómo algunos grupos manipulan el dolor de las víctimas como si fuera manual de propaganda política. Porque una cosa es exigir memoria histórica y otra muy distinta es convertir el sufrimiento humano en herramienta de linchamiento moral permanente.

    He visto publicaciones de grupos supuestamente democráticos poniendo una foto de Sergio Ramírez junto a Fidel Castro como si eso, por sí solo, anulara automáticamente toda una vida intelectual y toda autocrítica posterior. Es una apelación emocional simplista: “si estuvo cerca de Fidel, entonces sigue siendo comunista”. Pero la historia política latinoamericana es muchísimo más compleja que un meme de Facebook.

    Yo todavía recuerdo cuando Sergio Ramírez rompió con Daniel Ortega. Recuerdo incluso cómo desde ciertos sectores orteguistas se le atacaba ferozmente por no alinearse completamente con la línea dura del Frente. En aquellos años lo acusaban casi de traidor ideológico. Hoy, curiosamente, algunos de los que se dicen democráticos utilizan exactamente los mismos métodos de descalificación absoluta que antes utilizaba el orteguismo contra cualquiera que pensara diferente.

    Y ahí es donde está el verdadero problema de Nicaragua: demasiada gente sigue creyendo que la democracia consiste en imponerle a los demás su visión personal del mundo como si fuera un purgante obligatorio. No. La democracia implica convivir con diferencias incómodas. Implica aceptar que alguien puede considerar a Sergio Ramírez una figura admirable y otro puede verlo críticamente. Ambos tienen derecho a pensar distinto.

    Aquí todo el mundo tiene derecho a creer que el sandinismo fue una esperanza traicionada, o una tragedia desde el inicio. Tienen derecho a pensar que Sergio Ramírez fue valiente o que se equivocó. Lo que no podemos hacer es pretender monopolizar la verdad absoluta y convertir toda diferencia en herejía moral.

    Precisamente una de las lecciones más importantes que deja el propio Sergio Ramírez en sus libros —como bien señala usted— es el peligro de las ideologías cuando se sienten dueñas exclusivas de la verdad. Y sería profundamente irónico combatir el autoritarismo reproduciendo exactamente las mismas actitudes intolerantes que criticamos.

    Ojalá algún día los nicaragüenses logremos sanar un poco esa herida histórica. Ojalá entendamos que una democracia madura no se construye desde el odio eterno ni desde las listas negras morales, sino desde la capacidad de debatir, disentir y coexistir sin querer destruir al que piensa diferente.

  3. Ernesto Medina
    Hace 4 meses

    Gracias Andrés por expresar con claridad, elegancia y sinceridad lo que muchos y muchas nicaragüenses sentimos al leer y escuchar los ataques contra Sergio Ramírez

  4. Ernesto Medina
    Hace 4 meses

    Gracias Andrés por expresar con claridad, elegancia y sinceridad lo que muchos y muchas nicaragüenses sentimos al leer y escuchar los ataques contra Sergio Ramírez

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