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Entre los años 1941 y 1944, el régimen nazi de Adolfo Hitler impulsó un perverso y criminal programa de políticas de hambruna y muerte por medio del cual negaban alimentación, albergue y atención médica a millones de judíos y prisioneros de guerra.
Tales prácticas nazistas de la primera mitad del siglo XX quedaron tipificadas como crímenes contra la humanidad.
A pesar de lo convulsionado que desde tiempos ancestrales hasta hoy, buena parte de nuestros países del Hemisferio Occidental hemos padecido, nuestras naciones nunca han sufrido de mecanismos institucionalizados y de tal magnitud de salvajismo criminal como lo hizo la Alemania de Adolfo Hitler y, a pesar de los retos y complejidades de la guerra fría, así como de torpes y malogrados experimentos socio-políticos, ninguna nación del Continente había caído en semejantes prácticas, exceptuando el fenómeno de apenas hace pocos años, poco menos de una década.
Pareciera irrisorio, inconcebible e imposible que semejantes prácticas pudieran tener cabida en este mundo moderno de hoy.
Pero, lamentablemente existe un país en Latinoamérica que desafía la evolución de la región, del mundo y de la humanidad y, que se ancla en doctrinas desfasadas, obsoletas, represivas y hitlerianas del siglo pasado.
Ese país es mi Nicaragua, bajo el dominio y la represión impuesta por el régimen sandinista de la dinastía Ortega Murillo.
Los dictadores han replicado y ejecutan doctrinariamente viejas prácticas tenebrosas del nazismo, hoy tajantemente prohibidas y repudiadas por la comunidad de naciones.
En la Nicaragua sandinista de estos días, los presos políticos son sometidos durante su encarcelamiento a prácticas de eliminación de derechos fundamentales como el derecho a la lectura, a la sana alimentación, a la asistencia religiosa; se les expone a constantes torturas psicológicas, y son víctimas de padecimientos médicos por las políticas de negación en tiempo y forma de acceso a la atención médica.
Como consecuencia lógica, varios presos políticos no lograron sobrepasar ese extremo régimen represivo, quienes salieron sin vida de las cárceles; otros, desaparecidos hasta hoy, sin que ningún familiar tenga conocimiento de su paradero o condición de vida, aún no aparecen y, se especula seriamente sobre su muerte, como efecto de no ser presentados públicamente por parte de los dictadores.
Pero, más grave aún y, constituyéndose como un asqueroso espejo del modelo nazista, son las directrices emanadas por la dictadura en contra de opositores políticos que, por la presión de la oposición en el exilio y la comunidad internacional, han sido excarcelados.
Además de la perversidad de obligarlos a presentarse a “firmar” diaria o semanalmente a las estaciones de policía, los excarcelados políticos son constantemente vigilados, políticamente monitoreados y permanente espiados sobre sus cotidianos movimientos naturales de sus vidas, ya sea que se encuentren en sus casas, haciendo diligencias necesarias o, simplemente de compras adquiriendo implementos básicos para sus respectivas vidas y las de sus familiares.
Además, como si fuera poco todo lo anterior, son tachados para que no puedan encontrar o se les niegue trabajo, despojándolos de sus derechos al trabajo digno e inalienable.
Pero, a esas oprobiosas condiciones, se suman las asquerosas directrices instruidas a los hospitales públicos, cuyos directivos y personal médico tienen “instrucciones superiores” de no atender las necesidades médicas de ex presos políticos.
Tienen órdenes de someterlos al abandono médico, e inclusive, de suministrarles medicamentos contraindicados que, en lugar de sanarles un determinado padecimiento médico, les complique el cuadro clínico hasta llevarlos a la muerte si es posible.
La puesta en marcha de todas estas despiadadas y criminales prácticas no solo deja en la total desprotección y exposición a los opositores que aún quedan en el interior del país, sino que las mismas son réplicas tropicalizadas de las prácticas perpetrada por Hitler contra los judíos y presos de guerra.
Nicaragua es hoy una nación que sufre y vive bajo las históricas prácticas nazistas hitlerianas, cuya emulación en pleno siglo XXI de la era de la inteligencia artificial deberían, no solo estar completamente proscritas, sino que ser combatidas por fuerzas internacionales de seguridad y orden.
El autor es exiliado político, exdiputado y exconcejal liberal.