La festividad de la Virgen María que la Iglesia católica celebra cada 8 de diciembre —y que en Nicaragua comienza el día anterior, con la popular celebración de la Gritería—, trasciende su contenido propiamente religioso y es un poderoso signo de identidad cultural nacional.
Se trata de una celebración religiosa con manifestaciones populares, con sus altares, rezos, cánticos, romería la tarde y noche del 7 de diciembre y repartición de golosinas y objetos de utilidad doméstica. Sin embargo, por la presencia de una dictadura de corte totalitario que centraliza todos los poderes públicos y controla —o pretende controlar— los sentimientos nacionales y populares, la celebración mariana ha sido desvirtuada y convertida en una actividad política estatal.
Tanto es así, que según informó la codictadora y vocera oficial de la dictadura, señora Rosario Murillo, para estos días de celebración mariana el régimen programó la realización de más de 75 mil actividades de toda clase, supuestamente motivadas por el fervor religioso, pero en realidad con una evidente intención de manipulación ideológica y política.
Cualquier persona, nacional o extranjera, que observe esas celebraciones gubernamentales y que además escuche las alocuciones de la codictadora, cargadas de frases alusivas a la religión, podría creer que los gobernantes son personas muy devotas y que por tanto en Nicaragua no hay persecución religiosa.
Pero la cruda realidad demuestra lo contrario de lo que la dictadura aparenta. La abogada nicaragüense de derechos humanos y defensora de la libertad religiosa, doctora Martha Patricia Molina, ha documentado prácticamente todos los abusos de la dictadura, mayormente contra la Iglesia católica, pero también contra algunas denominaciones cristianas evangélicas.
Más de 261 religiosos, incluido el obispo presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, han sido desterrados, algunos después de haber sido encarcelados y ultrajados. El nuncio apostólico o embajador del Vaticano fue expulsado del país, lo mismo que muchas monjas y otras personas consagradas. Innumerables organizaciones religiosas fueron canceladas y sus propiedades confiscadas, por no decir robadas.
No es posible mencionar aquí todos los actos represivos y abusos de toda clase que ha cometido y sigue cometiendo la dictadura contra la libertad religiosa y la Iglesia católica. Pero todo está verificado y documentado en el trabajo de la doctora Molina y en los informes de los organismos internacionales de derechos humanos.
La dictadura dice que esa represión no ha sido por persecución religiosa, sino porque las autoridades de la Iglesia católica intentaron dar un “golpe de Estado” en abril de 2018. Pero esto es una burda falacia que ni los mismos codictadores la creen, pues lo que hizo la Iglesia fue cumplir su obligación religiosa, caritativa y moral, de asistir a las víctimas de la sangrienta represión estatal.
Tal vez la represión contra la Iglesia católica y algunas evangélicas no sea por motivo de persecución religiosa propiamente dicho. Seguramente es más porque los dictadores odian a todos los que nos los apoyan y creen que la religión tiene que ponerse al servicio de ellos, como todo lo demás en Nicaragua. Y como en efecto es el caso de algunos sacerdotes, muy pocos por cierto.
Los dictadores no conciben ni aceptan que la religión y el cristianismo en particular tengan una función liberadora. Que iluminen la conciencia de la gente en el camino hacia una vida en libertad, con justicia y paz.
Para los dictadores y sus seguidores, la religión debe de ser el “opio del pueblo” que predicó el marxismo primitivo. Quieren que la religión sea un festival de distracciones —como el que montaron en estos días de la Virgen María— para que la gente olvide sus problemas y necesidades, para que nadie proteste y mucho menos que se rebele, y ellos puedan seguir detentando el poder sin que nadie los perturbe.
Los dictadores no quieren que la gente conozca la verdad, porque como dice el Evangelio, la verdad hace libres a las personas. Pero no lo pueden evitar, porque como enseña la doctrina católica: “El derecho al ejercicio de la libertad, especialmente en materia religiosa y moral, es una exigencia inseparable de la dignidad del hombre.” Y la Iglesia siempre luchará por eso, aunque la persigan y hasta la crucifiquen, como crucificaron a Jesucristo.