Este martes 25 de noviembre es el Día Internacional de la Erradicación de la Violencia contra la Mujer, declarado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Es una jornada de imperiosa necesidad, considerando que, según las Naciones Unidas, en el mundo “casi una de cada tres mujeres han sido víctimas de violencia física y/o sexual al menos una vez en su vida. Y lo que es aún peor, cada diez minutos una mujer o niña muere a manos de su pareja u otro miembro de la familia.
Además, en esta fecha comienza una campaña mundial de 16 días de activismo contra la violencia hacia la mujer, que debe culminar el próximo10 de diciembre con la celebración del Día Internacional de los Derechos Humanos.
El objetivo de esta campaña es concienciar a la gente y movilizar a las autoridades de todos los países, en los esfuerzos para erradicar o reducir al mínimo la violencia contra la mujer. Para que los gobiernos que no lo han hecho se comprometan a terminar con la impunidad de este crimen despreciable a través de dictar o ejecutar eficazmente leyes que lo penalicen. Llamado que en Nicaragua de hecho no se atiende porque no le interesa a la dictadura que, por el contrario, eliminó a todas las organizaciones independientes de la sociedad civil que defendían a la mujer y reprimió brutalmente a sus activistas.
Este año, la campaña de la ONU es también para alentar a las grandes empresas tecnológicas a que garanticen la seguridad de las plataformas y eliminen los contenidos dañinos. Y para que los donantes faciliten financiación a las organizaciones feministas a fin de que puedan reforzar su lucha contra esta clase de violencia y ayudar a las personas supervivientes de la misma.
La violencia contra la mujer es casi imposible eliminar por completo —dicen los expertos en sociología y estudios de la naturaleza humana—, porque ha sido un elemento inherente a la historia de la humanidad desde su comienzo por ser propia del ser humano. Está tan profundamente arraigada que se le compara con un iceberg o témpano de hielo: “Se mira la parte visible de la violencia (agresiones físicas, abusos sexuales, feminicidios, etc.) pero esta es solo una pequeña fracción de la violencia total. La mayor parte, la que está sumergida y no es visible, incluye las formas de violencia más sutiles e invisibilizadas, pero igualmente destructivas, como la manipulación, la humillación, el control económico, las estructuras de desigualdad (violencia estructural) y la justificación cultural de estas actitudes (violencia cultural)”.
Es por eso que en ningún país del mundo se ha podido erradicar por completo la violencia contra la mujer. Según los organismos internacionales especializados “la violencia de género está presente en todos los países, independientemente de su nivel de desarrollo, su cultura o su sistema político”.
Lo que sí es posible es reducirla al mínimo, mediante la creación real de altos niveles de igualdad de género, sistemas judiciales eficaces y transparentes, políticas gubernamentales consistentes de protección, participación de la sociedad civil y, fundamentalmente, educación integral en igualdad de género desde la infancia en la familia, pasando por la escuela y demás ámbitos de la formación educativa.
Precisamente por eso, porque trabajan en esos requisitos y los cumplen escrupulosamente, es que algunos países muy democráticos como Islandia, Noruega, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Suiza, Países Bajos y Nueva Zelanda, son reconocidos como los que tienen los índices más bajos, mínimos inclusive, de violencia contra la mujer.
Por el contrario, Nicaragua es uno de los países con las peores calificaciones en violencia contra la mujer. La dictadura se ufana de promover la igualdad política de la mujer mediante el sistema de paridad en los cargos públicos, inclusive en la presidencia de la nación donde una mujer figura como “copresidenta”. Pero esto es más fachadismo que realidad.
Para que en un país se actúe realmente contra la violencia hacia la mujer, debe tener Estado de derecho, gobernantes decentes, un sistema judicial independiente, una policía profesional, leyes que no solo sean aprobadas formalmente, sino que se apliquen justamente para castigar la violencia contra la mujer y, sin falta, organizaciones independientes que desde la sociedad civil velen por la protección de las mujeres.
Nada de eso hay en Nicaragua bajo la dictadura de Ortega y Murillo. De manera que la lucha por la libertad y la democracia lo es también para dignificar a la mujer y crear las condiciones que permitan luchar realmente, y con eficacia, contra la violencia de género.