Durante el jueves 6 y el viernes 7 de noviembre se realizó en la ciudad de Belem, Brasil, la Cumbre de líderes mundiales previa a la 30.ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30) que comenzará el próximo lunes en la misma ciudad de la Amazonía brasileña.
Solo un poco más de 50 jefes de Estado y gobierno se presentaron en dicha Cumbre, que probablemente fue desalentada por la posición de Estados Unidos (EE. UU.) que es enérgicamente contraria a la lucha contra la denominada crisis climática global.
El presidente Donald Trump no asistió a la Cumbre de Belem porque es un enemigo declarado de la doctrina del calentamiento global. Inclusive, en el discurso que pronunció el 23 de septiembre pasado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, calificó la llamada crisis del cambio climático como “la mayor estafa jamás perpetrada contra el mundo”.
Según los estudios científicos de la ONU, Estados Unidos es uno de los tres países más contaminantes del planeta, junto con China y la India. Pero el presidente Trump no da crédito a eso y durante su primer mandato presidencial (2017-2021) cuestionó a fondo la denominada crisis del cambio climático.
Ahora, en su segundo mandato, el presidente Trump ha cerrado la oficina gubernamental sobre el cambio climático y retiró a EE. UU. del Acuerdo de París, que es un tratado internacional de obligatorio cumplimiento para combatir el cambio climático adoptado en la capital francesa hace 10 años. Trump ya había hecho eso durante su primer mandato, pero el presidente demócrata Joe Biden reanudó el compromiso de EE. UU. con los objetivos del Acuerdo de París.
Aunque la gran potencia norteamericana no es la mandamás del mundo, ni la única superpotencia mundial, sigue teniendo mucho poder y ejerciendo gran influencia internacional, en particular sobre los países que de alguna manera dependen de EE. UU., o comparten los postulados de su política global. De manera que sin la participación y el respaldo de EE. UU. no se puede esperar que la COP30 sea todo lo exitosa que esperan o quisieran sus promotores y animadores.
Sin embargo, más allá de posiciones políticas y de los estudios científicos sobre el cambio climático global, lo cierto es que hay muchas evidencias empíricas de que se trata de un problema real. Así lo demuestran, por ejemplo, el aumento constante de la temperatura ambiente y que fenómenos de la naturaleza como los huracanes son cada vez más potentes y catastróficos.
En Nicaragua toda la gente sabe que ha aumentado la temperatura promedio anual y que ha habido una gran depredación de los bosques, lo que a su vez determina que la mayor parte de los ríos se sequen después la temporada lluviosa.
Según los expertos, en las últimas dos décadas se ha perdido un 22 por ciento de la cobertura forestal del país y la tasa de deforestación en Nicaragua es la más alta de Centroamérica. La consecuencia es que se ha destruido en gran medida el hábitat natural de la fauna y que los suelos se han degradado por la afectación de los recursos hídricos y el aumento de incendios forestales.
Es importante mencionar que la Iglesia católica comparte la preocupación por la crisis climática y respalda los esfuerzos que hacen muchos países por revertirla. De allí que el papa León XIV haya enviado a los participantes en la COP30, un mensaje en el que les dice: “Si quieren cultivar la paz, cuiden la creación… En medio de un mundo en llamas, a causa tanto del calentamiento global como de los conflictos armados, esta Conferencia debería convertirse en un signo de esperanza”.