Este domingo 12 de octubre de 2025 se conmemoró el 533 aniversario del día en que Cristóbal Colón, al mando de una expedición de tres barcos veleros llegó por primera vez a América. Había partido del Puerto de Palos, en Andalucía, el 3 de agosto anterior y después de casi dos meses de navegar pisó tierra americana en Guanahani, una de las actuales Islas Bahamas que él nombró San Salvador.
Colón creyó que había llegado a las Indias, en Asia, pero se trataba de un continente desconocido hasta entonces para los europeos. De hecho, era un “Nuevo Mundo” que 15 años después, en 1507, el cartógrafo alemán Martín Waldseemüller bautizó con el nombre de América, en honor al navegante y explorador italiano Américo Vespucio, creyendo erróneamente que este había sido el primero en reconocer que era un nuevo continente y no Asia.
A partir de entonces comenzó un épico, pero escabroso proceso de conquista y colonización de América, principalmente por parte de España, que a diferencia de las otras potencias colonialistas no solo sometió y expolió a los nativos, sino que también promovió el mestizaje que dio origen a la nueva identidad hispanoamericana o latinoamericana.
“Lo que vino a realizarse en América —escribió el eminente periodista, escritor, filósofo e historiador venezolano, Arturo Uslar Pietri (1906-2001)— no fue ni la permanencia del mundo indígena, ni la prolongación de Europa. Lo que ocurrió fe otra cosa y por eso fue Nuevo Mundo desde el comienzo”.
Pero como suele ocurrir, los diversos historiadores, intelectuales y políticos entendieron de manera distinta, incluso opuesta, el trascendental proceso histórico del nacimiento y desarrollo del Nuevo Mundo. Algunos solo vieron lo malo y crearon la “leyenda negra” de la conquista y colonización española. Y otros solo apreciaron lo bueno, los aportes culturales de España y crearon la “leyenda dorada” de la hispanización.
Pero a la par de esas valoraciones opuestas de la conquista y la colonización española de América, se ha planteado una apreciación razonable, equilibrada y objetiva de aquel trascendental proceso histórico. La cual, sin negar la veracidad parcial de la “leyenda negra” reconoce el gran aporte de la cultura europea, incluyendo la religión cristiana, en la creación del Nuevo Mundo y la nueva identidad hispanoamericana.
Se trata de reconocer tanto lo negativo como lo positivo. Y en este sentido, que la conquista y la colonización española fusionaron dos grandes culturas y crearon una nueva identidad cultural en un Nuevo Mundo. Crearon a Hispanoamérica, que ahora es parte inseparable del mundo occidental, de una civilización que rinde culto a la libertad, la democracia y los valores morales fundados en la ética cristiana.
La verdad histórica se puede negar, pero la historia no se puede cambiar. Es cierto que España saqueó las colonias, arrasó ancestrales instituciones culturales y creencias de los pueblos indígenas y cometió contra ellos atrocidades como las que ahora son llamadas crímenes contra la humanidad.
Pero también es verdad que desde el primer momento los reyes de España dictaron leyes para la protección de los indios y no fue culpa de ellos que en la lejanía algunos o muchos conquistadores no las acataran. Y es cierto que los españoles se mezclaron con los indígenas y produjeron el mestizaje, fundaron ciudades, construyeron hospitales, universidades, infraestructuras viales y muchas otras obras de progreso general. Y ademán aportaron una lengua común a todos los pueblos indoamericanos y cultivaron en ellos la fe cristiana.
Con razón el gran nicaragüense mestizo Rubén Darío, “hijo de América y nieto de España”, como él se autodefinió, escribió en su poema Al rey Oscar: “Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire, mientras la onda cordial alimente un ensueño, mientras haya una viva pasión, un noble empeño, un buscado imposible, una imposible América oculta que hallar, ¡vivirá España!”