El “pecado” de los opositores nicaragüenses

LA PRENSA publicó el lunes de esta semana un artículo titulado “Polarización, el otro pecado de la oposición fragmentada de Nicaragua”. 

Es obvio que la palabra “pecado” no se usa en este caso en su sentido literal, de “transgresión consciente de un precepto religioso”, sino de manera figurada como no hacer lo que se considera justo y debido. 

El artículo se basa en opiniones de especialistas en política, quienes “advierten que el discurso confrontativo (entre los opositores nicaragüenses) se ha convertido en un círculo vicioso que impide el diálogo y alimenta la radicalización política”.  

La explicación de ese fenómeno negativo, según los expertos, radica en que “Nicaragua ha oscilado entre dictadura, guerras y revoluciones”; y por eso “a lo largo de este devenir un rasgo persistente ha sido la división de sus opositores y, en la actualidad, un muro que parece infranqueable es la polarización”. 

Uno de los opinantes, exfuncionario del Departamento de Estado de Estados Unidos, asegura que el mayor desafío que enfrentan las plataformas de exiliados nicaragüenses “es unirse, precisamente por las profundas divisiones heredadas de la política pasada, sumadas a las diferencias ideológicas”. Y señala críticamente que grupos de opositores “buscan protagonismo” o “tratan de posicionarse ante el gobierno de EE. UU. o ante sus contrapartes europeas, a menudo a costa deslegitimar a otros dentro de la comunidad en el exilio que también están abogando por la causa nicaragüense”. 

Agrega la mencionada nota informativa de LA PRENSA que “la discusión que prevalece es la tendencia política y señalamientos mutuos. Usualmente ese debate es entre grupos conservadores y antisandinistas”. Que en realidad es con quienes se reconocen sandinistas, pero no orteguistas, que se han enfrentado a la dictadura de Ortega y Murillo y por eso también han sido víctimas de la represión y están en el exilio como los demás. 

El cuestionamiento de los expertos políticos extranjeros es útil, porque la crítica es indispensable para que los opositores nicaragüenses puedan identificar sus debilidades y errores, y en consecuencia para que traten de corregirlos. 

Además, es lógico e incluso necesario que haya discrepancias, contradicciones y hasta altercados políticos e ideológicos en una oposición que es pluralista. Que está formada por personas con distintas formas de pensar y concebir el futuro de Nicaragua. Una oposición que no es ni puede ser monolítica y por lo tanto tiene que haber en ella controversias, validaciones propias y descalificaciones de los otros, competencia por la figuración y los liderazgos, etc. 

La política democrática es así, pues busca establecer la democracia que se basa en la diversidad de ideas y opiniones, la discusión, el diálogo y la negociación de acuerdos pequeños y grandes, tácticos y estratégicos. 

Incluso en los partidos que presumen de monolíticos porque se inspiran en una ideología común, hay contradicciones, disputas que casi siempre son resueltas con exclusiones y purgas porque ellos no son democráticas. Como lo está haciendo ahora mismo la dictadura sandinista de Ortega y Murillo. 

En realidad, el verdadero problema —no pecado— de la oposición nicaragüense no es su fragmentación en distintos grupos y líderes que se cuestionan y descalifican entre ellos y cada uno pretende ser el auténtico y dueño de la razón política. 

El verdadero problema radica en que no han sabido manejar sus diferencias que son absolutamente inevitables. Y, sin pretender ninguno pasar encima de nadie, dejar a un lado las contradicciones ideológicas y procurar los acuerdos que son posibles en cada etapa y momento de la lucha. Ya sea que estén en la etapa de la acumulación de fuerzas, como en la actualidad, o en la lucha directa por la toma del poder con los medios que ellos mismos deben acordar. 

Ya llegará el tiempo, cuando otra vez haya democracia en Nicaragua, en el que cada grupo o partido podrá disputar con los otros los votos de los ciudadanos para alcanzar el poder por medio de elecciones libres y competitivas. Mientras tanto, su obligación política y moral es juntar sus fuerzas —o sus debilidades— para librar una lucha más efectiva y convincente contra la dictadura, que es la verdadera enemiga común de todos.  

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