Se dice, y seguramente que con razón, que la paz no solo es la ausencia de guerra, sino también y al mismo tiempo la presencia de la justicia y la libertad. Sin embargo, el solo hecho de que donde hay una guerra feroz se silencien las armas y se ponga fin a la matanza humana y la destrucción material, es algo que no se debe menospreciar.
Concretamente hablamos de la guerra en Gaza de Israel contra la banda terrorista palestina denominada Hamás, que comenzó el 7 de octubre de 2023. Ese día funesto, centenares de combatientes de Hamás incursionaron por sorpresa en el territorio israelí, en una zona rural, y asesinaron a más de mil doscientas personas civiles desarmadas, violaron sexualmente a numerosas mujeres antes de matarlas cruelmente y se llevaron por la fuerza a Gaza unos 250 rehenes.
Algunos de los rehenes murieron en cautiverio, otros, vivos y muertos, fueron rescatados mediante negociaciones del Gobierno de Israel con Hamás y hay la esperanza de que unos 20 continúen con vida. Además Israel demanda también la entrega de los cadáveres de personas secuestradas que siguen en poder de los terroristas.
En esta guerra, que ya cumplió dos años, han muerto muchos terroristas de Hamás y la mayor parte de su dirigencia fue exterminada. Pero la población civil palestina ha sido más castigada, porque además de la mortandad por los bombardeos israelíes sufre una espantosa crisis humanitaria por falta de viviendas, comida y medicamentos.
Sin embargo, al cumplirse ahora el segundo aniversario de la sangrienta matanza masiva de civiles israelíes perpetrada por los terroristas de Hamás se ha creado una posibilidad factible de que se ponga fin a la guerra y termine la masacre de la población civil palestina.
Esta posibilidad la ha creado el presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump, mediante la propuesta de un plan de paz que el gobierno de Israel y la dirigencia de Hamás han aceptado discutirlo y sus representantes ya lo están haciendo en Egipto.
La aceptación por Hamás del plan de paz de Trump significaría su rendición, ya que presupone su desarme total, la salida de Gaza de sus combatientes (salvo los que se acojan a una amnistía) y su renuncia a participar en cualquier gobierno que se forme en el territorio gazatí, ahora y en el futuro.
Por su parte, el Gobierno de Israel, encabezado por el primer ministro Benjamín Netanyahu, tendría que aceptar la creación de un Estado palestino, a mediano o largo plazo, a lo que hasta ahora se ha negado enfáticamente.
No es difícil comprender que un conflicto de tanta complejidad y antigüedad como es el de los palestinos con los israelíes, no se podrá resolver de manera fácil ni rápida. Pero el plan de Trump es considerado realista y viable por la comunidad internacional, que lo respalda comenzando por el secretario general de la ONU y el Vaticano. Ellos consideran que este podría ser el comienzo de un proceso que a mediano o largo plazo podría conducir a la paz definitiva.
Inclusive los gobiernos de Rusia y China, amigos de los palestinos, discretamente se han sumado a ese consenso internacional. Y hasta el régimen de Irán, enemigo rabioso y mortal de Israel y gran valedor de los terroristas palestinos, no se ha atrevido a rechazar el plan de paz de Trump.
Ojalá que las negociaciones de Israel con Hamás alrededor del plan de paz del presidente de EE. UU., no fracasen y más bien tengan buenos resultados. La verdad es que solo los más fanáticos partidarios de los terroristas de Hamás, que sin duda los hay, querrán que se pierda esta oportunidad de poner fin a la guerra en Gaza. En la que —hay que repetirlo— la víctima principal es la gente inocente y más vulnerable, sobre todo los niños, los ancianos y las mujeres.