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Desde el ascenso al poder de los ejes socialistas latinoamericanos compuestos por Hugo Chávez Frías y su Socialismo del Siglo XXI, Luiz Inácio Lula da Silva con su Foro de São Paolo y, Andrés Manuel López Obrador con su Grupo de Puebla, de forma individual, pero también coordinada, analizaron, discutieron y definieron los diferentes lineamientos y políticas a impulsar para el desplazamiento y reemplazo de la influencia de Estados Unidos en el Hemisferio Occidental.
Tales políticas y lineamientos no se fraguaron únicamente para esas naciones, para todas las naciones latinoamericanas y del Caribe. Bajo la retórica de la soberanía latinoamericana, tales medidas se enmarcaron en diferentes ámbitos como el económico, diplomático, de cooperación y asistencia técnica y humanitaria. Pero, con mayor cautela de diseminación pública, también definieron la estrategia de la independencia militar y eliminación de la influencia natural en ese ámbito de Estados Unidos en nuestra región.
Indistintamente de sus aciertos o desaciertos, Estados Unidos ha venido impulsando desde la era de Jimmy Carter una política de seguridad y alianza económica con Latinoamérica bajo la premisa de cero tolerancia a dictaduras, violaciones a derechos humanos y la institucionalización del modelo de democracia liberal de alternancia en el poder con estructuras de Estados de libre mercado y de multipartidos.
Tales preceptos democráticos así planteados y delineados por Estados Unidos en su relación con Latinoamérica desde la década de los ochenta del siglo pasado, representaban una amenaza para los intereses y la permanencia de dichos dirigentes de la izquierda latinoamericana y de sus organizaciones políticas en el poder, lo que se constituía en un gran obstáculo para el avance de sus planes de dominio ideológicoizquierdista en el Continente de habla hispana.
Para poderse sacudir de tales preceptos democráticos, les era imperativo asociarse con Estados que no sólo no cuestionaran los modelos autoritarios y dictatoriales de izquierda diseñados en sus planes de dominio continental y de erosión del poderío de Estados Unidos en la región, sino que además, los compartieran. De tal manera, diseñan un entramado para abrir las puertas latinoamericanas y establecer una diversidad de alianzas comerciales y militares con potencias extrarregionales como China y Rusia, pero también con otras naciones de menor escala como Irán y Corea del Norte, pero que son igualmente enemigas de Estados Unidos.
En un muy acertado estudio, el Centro para Estudios Internacionales y Estratégicos (CSIS por sus siglas en inglés) identificaron un puntual mapeo de la influencia militar de China y Rusia en Latinoamérica y el consecuente deterioro de la norteamericana.
Sería de enorme importancia, interés y como evidencia probatoria, para poder asociar los planes desestabilizadores contra la influencia norteamericana en Latino América, que CSIS pudiera contar con un análisis interactivo de tiempos, desde 1979 a la fecha, y así poder observar el avance gradual de la penetración China y Rusia y su coincidencia con el ascenso a poder de esos regímenes socialistas. Con dicho análisis de lapso en el tiempo podría evidenciarse que la supuesta inofensiva y soberana política de inclusión pacífica de esas potencias, no era más que una jugada maestro para entregar la zona de influencia geopolítica de Estados Unidos a esas naciones ajenas geográfica, política y culturalmente a nuestras naciones y pueblos.
Por consiguiente, en mi opinión, el referido deterioro de la influencia militar de Estados Unidos, más que un asunto de menor presupuesto de la nación del Norte del Hemisferio, tiene que ver con las decisiones políticas de la mayoría de países que, bajo gobiernos alineados con los planes de los ejes izquierdistas latinoamericanos inicialmente referidos, fueron los que, para cumplir con tales lineamientos, iniciaron los convenios militares con sus nuevos socios suprarregionales y de tal forma iniciaron a desechar la asistencia norteamericana en dicha materia.
En el contexto de la marcada influencia militar de Rusia, esta se encuentra en una fase de serias dificultades como consecuencia de la invasión y el desempeño militar ruso en Ucrania. Las fortalezas que los mantiene vigentes en nuestra región giran alrededor de la capacitación, adiestramiento y administración de sus centros de espionaje establecidos, como lo son los casos de los centros de espionaje montados en Nicaragua y Cuba principalmente, pero también por la importante venta de equipo militar a Venezuela, cuyos aparatos de tierra, navales y aire probablemente ya no sean tan funcionales como resultado de la reducción sustancial en su mantenimiento preventivo y correctivo.
En contrapartida, la República Popular de China, que actualmente no posee la pesada carga y desgaste militar producto de una guerra y con una agresiva política de expansión de su influencia global, afianza su posicionamiento con estos gobiernos de Latinoamérica, inclusive con algunos donde ya no hay más gobiernos denominados “progresistas” obedientes a los lineamientos definidos por el Socialismo del Siglo XXI, el Foro de Sao Paolo y el Grupo de Puebla, pero en donde los años de gobiernos de esa tendencia ideológica, dejaron cambios estructurales en sus fuerzas armadas que resultan más complejas y de presupuestos bastante más altos para reemplazar por la asistencia militar de los Estados Unidos de Norteamérica.
No obstante esas limitaciones en esos países que han retornado a autoridades de democracia liberal, en esas naciones, Estados Unidos podría iniciar, donde el reemplazo de equipos militares sea más complejo, con importantes programas de adiestramiento y capacitación de cuadros y estructuras militares en los campos de nuevas tecnologías militares y así poder iniciar, de forma gradual, el reemplazo de la influencia de China y Rusia en nuestro Hemisferio.
El autor es exiliado político nicaragüense, excandidato liberal a alcalde de Managua, exconcejal liberal y exdiputado liberal.