Este lunes 15 de septiembre, la Nicaragua de adentro y la de afuera conmemoran el 204 aniversario de la Independencia Nacional de 1821.
La independencia nacional la conmemoran los nicaragüenses que viven dentro del país, con sanos y sinceros sentimientos patrióticos, carentes de la libertad y los derechos que les son propios pero les han sido confiscados por la dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Conmemoran también esta efeméride nacional —ellos sí con libertad, pero con mucha nostalgia— los nicaragüenses de la diáspora y el exilio político que están dispersos en diversos países del mundo, cercanos y lejanos.
La independencia nacional y la libertad son conceptos diferentes, dice la doctrina política. Pero no son opuestos ni contradictorios. Más bien son complementarios.
La independencia nacional significa que un país es libre de ejercer control sobre sus propios asuntos y tomar decisiones políticas, económicas y sociales sin intervención de otras naciones o de alguna potencia extranjera. En tanto que la libertad es el derecho inherente a las personas que les permite ser, pensar, actuar y tomar decisiones sin limitaciones ni restricciones, siempre que no infrinjan los derechos de los demás.
De manera que siendo la independencia nacional y la libertad conceptualmente distintos, están vinculadas entre sí, aunque esto no signifique que los pueblos de todos los países independientes sean libres también. Todos los 193 países de la Organización de Naciones Unidas (ONU) son independientes y soberanos, pero en la mayor parte de ellos su gente no es libre, total o parcialmente.
Conforme a derecho y justicia no debería de ser así, pero en la realidad, un país puede ser independiente y al mismo tiempo su gente carecer de libertad. Como es el caso de Nicaragua.
Es importante mencionar, o más bien reiterar porque a menudo lo decimos en este espacio editorial de LA PRENSA, que según demuestran la experiencia histórica y la realidad del mundo actual, los países independientes cuyos pueblos también son libres, y se gobiernan democráticamente, son más prósperos, seguros y felices que aquellos con regímenes autoritarios de cualquier tipo.
Pero también hay que reconocer que, muchas veces, la misma gente es culpable de que la independencia nacional de sus países no se complemente o sustente con la libertad.
La primera independencia nacional de Nicaragua fue la del 15 de septiembre de 1821, declarada en el marco de la Unión Centroamericana. Se proclamó en Guatemala y se creó la República Federal de Centroamérica, que adoptó una Constitución democrática para ciudadanos libres.
Igualmente democrática y para gente libre fue la Constitución del Estado independiente de Nicaragua, cuando este decidió separarse de la Federación centroamericana. “Los derechos de los nicaragüenses son la libertad, la igualdad, la seguridad y la propiedad”, se estableció en el artículo 25 de aquella Constitución primigenia de Nicaragua. Y en todas las constituciones posteriores se ha ratificado que la libertad y los derechos de los nicaragüenses sustentan la Independencia Nacional.
Pero en la práctica no siempre fue así. En realidad, han sido los mismos nicaragüenses —o mejor dicho, sus representantes y los dirigentes políticos que ellos mismos se han dado o les han impuesto—, los que no han respetado el sagrado derecho a la libertad y han establecido dictaduras o tiranías de distinto signo ideológico, pero igualmente perversas.
Así llegamos hasta ahora. Y ojalá que la dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo, que es la peor de toda la historia nacional, sea también la última. Lo cual en todo caso dependerá de los mismos nicaragüenses, y en particular de los líderes a los que confíen la conducción de la lucha para poner fin a la dictadura y reconstruir la independencia nacional sobre los cimientos de la libertad, la democracia, la justicia y el Estado de derecho.