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La pesadilla de Rubén
Rubén Darío murió de cirrosis hepática. Ese es el dictamen médico que sigue en pie hoy día, aunque hay quienes creen que el poeta bien pudo fallecer de otro mal, como infección en la vesícula o un paro cardiaco posterior a las dos cirugías que Luis H. Debayle y Escolástico Lara le practicaron en sus últimos días.
Los síntomas del bardo, sin embargo, eran compatibles con el diagnóstico de cirrosis dictado por el médico Debayle, en esa época el mejor del país. En su agonía, Darío sufrió cambios de personalidad, alteraciones del humor y del sueño, delirios, episodios de agitación, pensamiento desorganizado y depresión. También tenía fiebre persistente, palidez amarillenta, mejillas hundidas, hemorragia intestinal y el abdomen cada día más hinchado.
Murió a las 10:15 de la noche del domingo 6 de febrero de 1916, luego de permanecer casi inconsciente durante 42 horas. Su autopsia inició a la 1:30 de la madrugada del 7 de febrero a la luz de tres lámparas de gasolina y confirmó las sospechas de cirrosis. El 8 de febrero el diario El Imparcial describió el procedimiento como una verdadera carnicería que duró casi cinco horas, finalizando a las 6:00 de la mañana, cuando ya los rayos del sol penetraban por las ventanas entreabiertas.
Los encargados de la autopsia fueron los médicos Debayle y Lara. Como testigos comparecieron Joaquín Macías y Andrés Murillo, cuñado del poeta. El notario que autorizó el acta fue Enoc Aguado.
“La cuchilla del médico, cebándose en el cuerpo desnudo, recorría ágilmente las partes vulnerables. Tendido cuando largo era, blanquísimo, Rubén ya no sintió la punzada en la carótida; se desangró en varios minutos. Luego fueron destrozadas las clavículas y siguiendo la línea para abajo, hasta el costado, se desprendió la parte anterior de la caja del pecho. Como una tapa fue levantado el esternón, junto con la piel doblándose y descansando en el rostro… Quedó al descubierto la parte interior del estómago, con sus vísceras. Las manos enguantadas de los médicos, hundidas en el agua que lavaba el estómago, comenzaron la tarea con agilidad. Y fueron desprendiendo intestinos, pulmones, hígado, venas, filamentos, riñones…”, detalla la publicación.
Los pulmones y los riñones estaban intactos; el corazón tenía una ligera capa grasosa, con la aorta ensanchada. El hígado presentaba un color “blanco amarillento” y estaba reducido al sesenta por ciento de su tamaño original, fibroso, sin lesiones y sin pus. También confirmaron que hubo derrame peritoneal: una acumulación anormal de líquido en la cavidad peritoneal, entre el revestimiento del abdomen y los órganos abdominales.
Después lo embalsamaron, le masajearon el rostro hasta dejarlo “marmóreo” y sereno. Lo vistieron de negro para recibir todos los honores merecidos y se repartieron como naipes algunos de sus órganos (el corazón para Debayle, un riñón para el Museo de la Universidad Nacional y el cerebro objeto de una disputa macabra entre el médico y la viuda).
Así se hizo realidad el presagio del Príncipe de las Letras Castellanas, quien días antes de morir había despertado alterado por una pesadilla: “Que he visto como descuartizaban mi cuerpo y que se disputaban mis vísceras. Sí, sí, así como lo oyen, se disputaban mis vísceras”.

Asesino silencioso
El examen forense realizado en Estados Unidos al cuerpo del exjefe de la Contra nicaragüense, Enrique Bermúdez, conocido como “Comandante 380”, reveló resultados que contradijeron por completo las investigaciones policiales y las autopsias practicadas en Nicaragua tras su asesinato en febrero de 1991. Mientras la Policía sandinista concluyó que Bermúdez había muerto a causa de disparos realizados por un francotirador desde una habitación del Hotel Intercontinental, los forenses estadounidenses, en un análisis independiente solicitado por su familia y sectores afines en el exilio, descubrieron indicios de un método de ejecución altamente sofisticado y poco convencional, lo cual desmontaba la versión oficial.
Los expertos norteamericanos detectaron en el cuerpo rastros de un proyectil disparado con una pistola Combloc, de aire comprimido de origen soviético, un arma silenciosa y de uso restringido, empleada frecuentemente por servicios secretos del bloque socialista. Este hallazgo no sólo desmentía las conclusiones de las autopsias nicaragüenses, sino que sugería un asesinato político meticulosamente planeado, probablemente ejecutado por agentes profesionales. La sofisticación del arma utilizada, sumada a inconsistencias en la escena del crimen y el contexto político de la época, apuntaron a un crimen de Estado encubierto, dejando en evidencia la fragilidad e intención manipuladora de la investigación oficial en Nicaragua.

Fotografías reveladoras
Los hijos mayores de Alexis Argüello no creyeron que su padre cometió suicidio, en especial Dora Argüello Urbina, quien continúa reclamando justicia. Si de por sí las circunstancias del fallecimiento del tricampeón mundial de boxeo ya eran sospechosas, las fotos de su autopsia, que alguien filtró al Diario LA PRENSA, abonaron muchas dudas más.
El 2 de julio de 2009, un día después de la repentina muerte de la mayor gloria boxística de Nicaragua, el entonces director del Instituto de Medicina Legal (IML), Zacarías Duarte, afirmó en una apresurada conferencia de prensa que la víctima no presentaba más lesión que un disparo a la altura del tórax, con laceración en pulmón izquierdo y corazón, y orificio de salida en la espalda.
“Esto es importantísimo porque no hay ningún signo que indique que haya habido violencia, que haya habido lucha o que haya habido defensa, su cuerpo está totalmente indemne de cualquier otra lesión”, subrayó, apoyándose en fotografías que no mostraban el rostro de Argüello.
Al momento de su muerte, el Flaco Explosivo tenía 57 años. Era alcalde de Managua y, según sus más cercanos, pretendía renunciar al cargo luego de que le quitaron gran parte de sus atribuciones para pasárselas al secretario Fidel Moreno, dejándolo como figura decorativa. De acuerdo con su hija Dora, la mañana del lunes 29 de junio su padre tuvo un violento altercado con Moreno. El martes no llegó a trabajar, el miércoles en la madrugada estaba muerto.
El régimen Ortega Murillo secuestró las honras fúnebres. Dora miró a su padre cuando lo sacaron del IML “ensacado impecablemente” y con el rostro cubierto por una densa capa de maquillaje. Aun así, notó una herida en la nariz y algunos moretones en la cara, dos cosas confirmadas por las fotografías de la autopsia filtradas en noviembre de 2009.
Según el IML, Argüello murió a la 1:30 de la madrugada y la autopsia inició a las 4:35. LA PRENSA conoció por fuentes extraoficiales que el procedimiento duró alrededor de seis horas. En las fotografías pueden apreciarse individuos ajenos al personal médico forense que portaban armas al cinto, contaminando el examen.
Especialistas independientes que analizaron las imágenes señalaron “múltiples traumas” indicadores de “que (Argüello) trató de defenderse”. Destacaron evidencias de golpes recibidos en vida y hematomas en los hombros que sugerían que alguien lo sostuvo por detrás. La víctima también presentaba lesiones en el tabique nasal (con cortada e hinchazón, como si hubiera recibido un golpe desde abajo), la punta de la nariz y el labio inferior.
Duarte reconoció que las lesiones sí existieron. Según él, no las mencionó el 2 de julio porque no eran “coadyuvantes del proceso fisiopatológico que causó la muerte”. Además, dijo, que también pudieron producirse por una caída del cuerpo hacia el piso, luego del impacto del proyectil.
Los hijos mayores del Caballero del Ring se mantuvieron firmes en sus sospechas de asesinato. Si “uno está sentado a un lado de la cama y uno se pega un tiro con una pistola 9 milímetros, uno no se va a caer para adelante, se va a caer para atrás”, expresó Alexis Argüello (hijo).

Somoza García, el error de las balas envenenadas
Cuatro de las cinco balas disparadas por Rigoberto López Pérez dieron en el blanco. Ninguna era mortal. El doctor César Amador Kühl, primer neurocirujano de Nicaragua, estudió las radiografías tomadas a Anastasio Somoza García antes de que la familia del dictador decidiera trasladarlo a un hospital de Panamá.
Aunque no se conocen resultados de una autopsia, gracias a esas imágenes sabemos las rutas y los daños de las balas que penetraron en el cuerpo del padre de la dinastía que gobernó Nicaragua durante 43 años.
“Había tres balas alojadas. Una en la cadera, que cruzó músculos; otra le había perforado el brazo y pasado rozando el pulmón derecho y estaba alojada debajo de la piel, en la espalda; y la tercera que estaba dentro del conducto raquídeo, en la parte lumbar, alrededor de la tercera y cuarta vértebra lumbar, la que presionaba la cola de caballo de la columna y que le provocaba dolores (…). Esa era la única bala que era necesario extraer para quitarle los dolores, pero ninguna de las balas era necesariamente mortal, ninguna de las balas le hubiera causado la muerte”, recordó el médico en 2006.
De haber quedado Somoza García en manos de doctor Kühl, este habría extraído el proyectil usando anestesia local o epidural. Sin embargo, el 22 de septiembre de 1956 lo operaron de emergencia en Panamá para extraer todas las balas, pues circulaba el falso rumor de que estaban envenenadas. La prolongada exposición a la anestesia lo sumió en un estado de coma irreversible y murió a las 4:05 de la madrugada del 29 de septiembre de 1956 en la ciudad de Panamá, a los 60 años.

El último paseo de Somoza Debayle
Tras su huida de Nicaragua, en julio de 1979 Anastasio Somoza Debayle arribó a Paraguay, luego de ser rechazado por Estados Unidos, Las Bahamas y Guatemala. El 17 de septiembre de 1980 moría en Asunción, a manos de un comando argentino financiado por la jefatura del Frente Sandinista. La llamaron Operación Reptil.
Ubicaron su residencia, estudiaron sus horarios, sus rutas y sus rutinas y la mañana de ese miércoles lo interceptaron cuando se dirigía a una sucursal bancaria. Luego de dispararle al Mercedes Benz blanco todo un cargador de fusil M-16, lo remataron con una granada. Murieron Somoza Debayle, su chofer y un financista que lo acompañaba en sus visitas al banco.
El último dictador de la dinastía Somoza estaba como agachado, como metiendo la cabeza entre las piernas y todavía emanando humo. Según la autopsia, Somoza Debayle tenía 25 orificios de bala y su cuerpo estaba calcinado por el fuego del lanzacohetes RPG-2, que penetró la coraza del vehículo entre las dos puertas y estalló en la parte trasera, donde viajaba “Tachito”.

Autopsia no autorizada
En el caso de Herty Lewites, no fue la autopsia lo que despertó sospechas, sino la ausencia de ella. Su viuda, Carmen García, no autorizó el procedimiento forense que pudo haber disipado (o confirmado) las dudas de la familia del candidato a la Presidencia de Nicaragua, oficialmente fallecido a causa de un infarto cardíaco el 2 de julio de 2006, a los 66 años, cuatro meses antes de las elecciones en las que Daniel Ortega logró recuperar el poder.
Fuera de un pólipo rectal, el candidato de la Alianza Movimiento Renovador Sandinista (MRS) no presentaba ningún problema de salud. Estaba tan activo y jovial como siempre, aunque ya había sufrido un ataque cardíaco en 2002, debido a una falla en el sistema de by pass implantado 30 años antes en Estados Unidos.
Luego de siete meses de arduo trabajo, se hallaba optimista y confiaba en que podía ganar las elecciones. Algunos en su equipo no pensaban lo mismo, pero creían que, con los liberales divididos, esa candidatura era lo único que podía impedir que Daniel Ortega ganara en primera vuelta y garantizar que Eduardo Montealegre triunfara en la segunda.
La tarde del domingo 2 de julio un sobrino que vivía al lado vio que una ambulancia sacaba a Herty de su residencia. Los Lewites no tenían idea de qué estaba ocurriendo. Esperaron por más de dos horas en el Hospital Metropolitano Vivian Pellas hasta que un médico salió para dar la mala noticia: Herty estaba muerto.
Un pariente del exalcalde de Managua se metió al cuarto sin permiso y lo vio “acostado de lado, con un brazo arqueado, con su camiseta y su calzoncillo manchados de sangre”. Le besó la frente para despedirse y fue como besar “un bloque de hielo”. Estaba “rígido, frío”, no parecía que acabara de morir.
Luego se supo que la noche del sábado 1 de julio Herty se sometió a una cirugía menor para la extracción del pólipo, pese a que había acordado con su equipo que lo haría después de las elecciones y en Estados Unidos. Fue dado de alta en la mañana del 2 de julio, más o menos a las 8:30.
Sin embargo, como a la 1:00 de la tarde un vigilante que luego ofrecería su testimonio notó que “algo raro pasaba en la casa”. La empleada doméstica le dijo que Herty estaba “muy mal”. Alrededor de una hora después, según el testigo, la misma señora sacó al patio “un colchón lleno de sangre”, pues “doña Carmen” le había ordenado que lo lavara.
Con una autopsia podría haberse sabido si el corazón de Herty se detuvo por un infarto fulminante o como consecuencia de una masiva pérdida de sangre derivada de la cirugía u otra causa.