Liusiena Zinovkina, de 32 años, llevaba una vida normal junto a su esposo Kostiantyn, en su ciudad natal Melitopol, al sur de Ucrania, hasta que en febrero de 2022 el dictador ruso Vladímir Putin ordenó la invasión de su país. Ese hecho marcó un giro radical en su vida y la convirtió en activista de derechos humanos. El 12 de mayo de 2023, poco más de un año después del inicio de la invasión, su esposo fue secuestrado por tropas rusas mientras participaba en actividades de resistencia contra la ocupación.
Durante semanas no se supo nada sobre su paradero, hasta que Liusiena, tras enviar apelaciones a distintas autoridades rusas, fue informada de que su esposo había sido detenido por el Servicio Federal de Seguridad (FSB), acusado sin pruebas de terrorismo. Desde entonces permanece cautivo, sin juicio justo ni fecha de liberación.
“Con frecuencia digo que vivo dos vidas. Trabajo, veo a amigos, salgo a caminar, como cualquier otra persona, pero mi segunda vida es la de la resistencia. Ahora la vivo por dos personas, por mí y por mi esposo Kostiantyn, quien es rehén de los rusos. Todos los días lucho por su libertad”, señala, añadiendo que también lucha por la libertad «de más de 16 mil civiles ucranianos que Liusiena contabiliza como presos políticos secuestrados por los rusos».
Desde mayo de 2023 vive en Berlín, adonde llegó evacuada desde Kiev, la capital de Ucrania. Melitopol continúa bajo ocupación rusa. Actualmente, Zinovkina trabaja como asistente social en Berlín y apoya a familias que enfrentan dificultades para integrarse y adaptarse a los retos de una nueva vida. Les acompaña en sus luchas cotidianas.
“La parte más dolorosa es no saber qué puede resultar o cuándo. Creo, con todo mi corazón, que Kostiantýn volverá. La única pregunta es cuándo: ¿Cuántos años más seguirá cautivo?», refiere.
“Esta es una vida en pausa. Es difícil llevar a nuestras espaldas la fe, la esperanza y la determinación en nuestro interior, mientras que paralelamente se hace lo mejor para no derrumbarse,” confiesa Liusiena en esta entrevista concedida en Berlín a un nicaragüense y que la ha cedido a LA PRENSA solicitando el anonimato por temor a represalias.

¿Qué tan lejos quiere usted ir en esta lucha de los derechos humanos?
Honestamente, nunca me vi como una activista o defensora de los derechos humanos, hasta que me vi personalmente confrontada con una injusticia que le dio vueltas a mi vida. Y ahora comprendo que simplemente, no tengo el derecho a parar. No sé hasta dónde me llevará este camino. No sé si mis esfuerzos me devolverán pronto a mi esposo. Pero estoy deseosa de hacer cualquier cosa que esté en mi poder, aunque me sienta indefensa seguiré avanzando.
Cuando pienso acerca de lo que mi esposo está soportando a diario en el cautiverio ruso en el que está, los abusos sicológicos y físicos a los que ha sido sometido, yo simplemente, no puedo permanecer callada. Quiero hablar, gritar, elaborar escritos de apelación a los políticos europeos para llegarle a las organizaciones internacionales de derechos humanos, con la esperanza de que sea encontrado un mecanismo, un punto de presión y que Rusia nos devuelva a nuestros seres amados a nuestros hogares.
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¿Qué es lo más dramático que usted ha hecho para conseguir la liberación de su esposo?
Uno de los momentos más difíciles y emotivos fue cuando por primera vez tuve que hacer escritos de apelación a las autoridades rusas, adjuntando mis documentos personales y el pasaporte. Sin prueba de identidad, mis peticiones simplemente hubieran sido ignoradas. Esto fue en el verano de 2003, cuando yo todavía no sabía nada de lo que le estaba sucediendo a mi esposo que había sido secuestrado en nuestro pueblo natal de Meliotopol. Simplemente había desaparecido.
Una de las pocas maneras de averiguar algo era escribiéndoles a las autoridades rusas: el Ministerio de Defensa, la oficina del Procurador, al defensor de derechos humanos. Y al final, ello tuvo su compensación de que mi esposo haya sido detenido por la FSB (la institución que suplantó a la KGB), que lo había acusado de terrorismo.
Para mí, mi esposo es un prisionero político. Su único delito fue resistir a la ocupación rusa en nuestro propio pueblo. Y ahora él está pagando un precio terrible por eso.
Lo más difícil es la constante incertidumbre. Nunca sé si estoy haciendo lo correcto al publicar esta historia. No sé si ello ayuda o daña, pero siento que debo hablar fuerte, porque son pocos los que comprenden la gravedad de este asunto. La parte más dolorosa es no saber qué puede resultar o cuándo. Creo, con todo mi corazón, que Kostiantýn volverá. La única pregunta es cuándo. ¿Cuántos años más seguirá cautivo?
Esta es una vida en pausa. Es difícil llevar a nuestras espaldas la fe, la esperanza y la determinación en nuestro interior, mientras que paralelamente se hace lo mejor para no derrumbarse.

¿Qué significa para usted esta lucha en términos sociales, políticos y emocionales?
Con frecuencia digo que vivo dos vidas: una que parece normal desde afuera, y otra que está totalmente moldeada por la guerra y el cautiverio de mi esposo.
He comenzado a llamarle “misión” a esta lucha por la libertad de mi esposo, porque no es más sólo acerca de su liberación. Lo es también por la liberación de más de 16 mil otros ucranianos civiles que están ilegalmente secuestrados en cárceles rusas.
Algunos, como mi esposo, están acusados de terrorismo o espionaje. Otros han sido apresados por más de tres años sin cargo alguno, en absoluto. No conocemos los motivos reales de estas detenciones, y no tenemos todavía claras soluciones a la vista.
Esta lucha es profundamente personal. Soy ucraniana. Todo lo que suceda en mi país —o a nuestro pueblo— me afecta a mí también. A nivel emocional, esta misión me da fortaleza. No me siento impotente. No estoy sólo sentada esperando a ver qué pasa. Estoy haciendo. Estoy tratando de hacer algo para ayudar a los demás. Y ese sentido de propósito, de ser útil, me da la fortaleza para seguir adelante.

Ahora veamos otros asuntos que se relacionan al contexto de esta lucha, como ciudadana ucraniana, ¿cómo ve a Volodímir Zelensky al frente de esta guerra?
Voté por Volodímir Zelensky en 2019 y hasta hoy, creo que él maneja este inmenso desafío propiciado por la invasión total de Rusia con dignidad y fortaleza. Es muy difícil para mí imaginar a otra persona en su lugar. Y no estoy segura de que otra persona lo pueda hacer mejor, porque no hay manual, no hay un sentido claro de lo que es correcto para liderar un país en medio de una guerra a esta escala.
Desde luego, Ucrania todavía tiene desafíos internos. Pero confío que para el presidente Zelensky la paz sea un objetivo sincero y claro.
¿Qué anda bien o mal del pueblo ucraniano frente a la invasión rusa?
Por muy paradójico o doloroso que suene, a lo largo de estos años de guerra, hemos llegado a abrazar nuestra identidad ucraniana. Siempre estuvo ahí, pero ahora, más y más personas, conscientemente, han escogido ser ucranianos: para hablar el idioma ucraniano, para consumir la cultura ucraniana, y para valorar nuestra historia y nuestras tradiciones.
Nos hemos unido más como una sola sociedad. Un sentido de respeto mutuo y solidaridad ha emergido; es algo de lo cual carecíamos antes. Desde luego, como cualquier otra nación, no somos perfectos. Pero, en general, creo que cada ucraniano hoy comprende quién es el enemigo, Rusia es el único responsable por el dolor y la destrucción que por la que está atravesando nuestro país, en uno de sus capítulos más oscuros de su historia moderna.

¿Cómo ve usted el fin de la guerra en Ucrania? ¿Cuáles son sus expectativas y deseos acerca de una negociación final con Rusia?
Desde luego, yo quiero la paz. Pero debe ser una paz justa. Sé muy bien que en Ucrania nunca será la misma, ni como lo era en 2022, ni como lo era en 2014, cuando las tropas rusas primeramente invadieron nuestro territorio soberano de Crimea, al igual que en Donetsk y en las regiones de Lugansk. Ucrania merece la victoria. Ucrania merece justicia. Nosotros no comenzamos esta guerra. Todo lo que queríamos era crecer y construir un país libre, moderno que tuviera oportunidades reales de futuro.
Mientras el mundo habla de negociaciones, los ucranianos siguen perdiendo su vida a diario. Putin sigue dando órdenes criminales, y las bombas rusas están destruyendo nuestras ciudades.

Si tuviera la oportunidad de encontrarse con Putin, ¿qué le diría?
Esta es una pregunta muy difícil de contestar para mí, al igual que me es muy difícil imaginar una situación en la cual tal cosa suceda. Creo que no hay razón por la cual hablar con él o tratar de explicarle cualquier punto, sabiendo que él está bien consciente de los crímenes que comete a diario. Estoy convencida de que debe ser castigado, porque es un criminal.
¿Está usted a favor de concederle territorio a Rusia, a fin de terminar la guerra?
Vengo de un pueblo donde he pasado toda mi vida, que fue ocupado por Rusia en febrero de 2022. ¿Quisiera que mi pueblo fuera parte de Ucrania de nuevo? ¿Quisiera retornar a él? Ciertamente. Mi pueblo está ahí. Y no sólo físicamente mi hogar, mi apartamento, sino también mi hogar mental. Ahí crecí, maduré, y es donde conocí a mi esposo. Teníamos una vida feliz allí, llena de innumerables placeres y momentos de alegría. Pero ¿puedo decidir yo ceder nuestros territorios? No, no puedo. Sólo nuestros soldados que luchan por cada pulgada de nuestra tierra a diario y sacrifican sus vidas pueden responder a esta pregunta.

¿Qué le gustaría que la Corte Internacional de Justicia hiciera una vez que la guerra termine?
En esta entrevista, he repetido que quiero una paz justa. En los últimos tres años, nuestras ciudades han sido destruidas, nuestros territorios ocupados, y miles de gentes inocentes han sido brutalmente asesinadas. Después que la guerra termine, yo quiero que todo criminal de guerra sea llevado ante la justicia y sea juzgado.
También creo que el país agresor debe pagar por los daños materiales causados, porque Ucrania necesitará enormes cantidades de recursos para reconstruir sus estructuras dañadas, reactivar su economía, y curar a su sociedad.
Esta guerra ya ha durado tres años, y no sabemos cuánto más va a seguir. Pero nosotros no lo escogimos así. Simplemente, queríamos vivir. Y si ahora estamos padeciendo este infierno, consecuentemente, los responsables de ello deben plenamente responder por ello y compensar por cada pérdida y todo el dolor que han causado.