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En los turbulentos días del siglo X, cuando la ciudad de Roma oscilaba entre la decadencia y el caos, surgió una de las figuras más infames de la historia de la Iglesia católica: Octaviano de Túsculo, quien al asumir el trono papal en 955 adoptaría el nombre de Juan XII.
Nacido en torno al año 937, Octaviano fue fruto ilegítimo de Alberico II de Spoleto, quien gobernaba Roma como un autócrata de facto. Mandaba con puño de hierro y creaba redes de serviles gracias a la corrupción y la avaricia.
En su agonía, Alberico logró que el clero y la nobleza romana juraran elegir papa a su joven hijo bastardo, de apenas 17 años, asegurando así la continuidad de su linaje en el poder.
Sin vocación religiosa, sin formación teológica, Octaviano asumió la silla de San Pedro impulsado por la ambición de su casa más que por una llamada divina, de acuerdo con la historia rescatada por historiadores romanos.
Un chigüín caótico
Desde el principio, Juan XII mostró un desprecio absoluto por la dignidad del cargo.
Tras los pasos de su padre, saqueó el tesoro pontificio rápidamente para costear sus deudas de juego y financiar su vida licenciosa de fiestas, orgías, apuestas y lujos.
Según el cronista Liutprando de Cremona, en su obra Antapodosis, el joven pontífice “transformó el palacio sagrado en un burdel donde se cometían actos de incesto, adulterio y sacrilegio”.
Liutprando no ahorró palabras para describir al chigüin: acusó al papa de violar peregrinas y monjas dentro de la propia Basílica de San Pedro y de consagrar obispos en establos, entre los animales.
Por su parte, Benito de Soratte, monje del monasterio benedictino cercano a Roma, anotó en sus crónicas que Juan XII “disfrutaba abiertamente de su colección de mujeres en el palacio de Letrán, sin el más mínimo recato”.
En el ámbito político, Juan XII tuvo un único impacto trascendental. Ante la amenaza del rey Berengario II de Italia, solicitó ayuda al rey germano Otón I, quien acudió a Roma en su apoyo.
En un gesto de inmenso simbolismo, Juan XII lo coronó Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en la Navidad del año 962, restaurando la dignidad imperial que había estado vacante desde la caída del Imperio Carolingio.
Sin embargo, la relación entre el joven papa y Otón se deterioró rápidamente.
Juan XII, inquieto ante el creciente poder del emperador, inició secretas negociaciones con griegos y sarracenos para conspirar contra él.
Otón, al descubrir la traición, regresó a Roma, convocó un sínodo en 963, y logró la deposición de Juan XII, nombrando a León VIII como nuevo papa.
No obstante, apenas Otón partió hacia Alemania, Juan XII regresó, vengándose brutalmente de sus enemigos. León VIII se vio obligado a huir, y Roma cayó nuevamente bajo la caótica autoridad del pontífice bacanalero hasta su violento final.
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El que mal anda…
La muerte de Juan XII, ocurrida en mayo de 964, es relatada con tintes dramáticos por diversas fuentes.
La versión más difundida señala que fue sorprendido “in fraganti” en la cama con una mujer casada, y que su esposo, en un arranque de furia, lo golpeó salvajemente —probablemente con un martillo— causándole heridas mortales.
Otros relatos, algo menos violentos, pero igualmente escandalosos, sugieren que murió de un ataque de apoplejía durante una extensa sesión de orgías sexuales.
El impacto de su pontificado en la opinión pública fue devastador. Juan XII encarnaba todos los vicios contra los cuales debía luchar la Iglesia: lujuria, traición, impiedad.
De su escandalosa gestión surgió una conciencia clara entre los reformadores: la elección del papa no podía quedar en manos de familias nobles corruptas, como los Túsculo o los Crescencios, que veían en el papado un simple instrumento de poder dinástico.
Fue así que, casi un siglo después, en 1059, durante el pontificado de Nicolás II, se instituyó formalmente el Colegio Cardenalicio como órgano exclusivo para elegir al sumo pontífice, mediante el decreto In Nomine Domini.
Lecciones de historia
Esta medida histórica buscaba proteger al papado de nuevas imposiciones seculares y devolverle su autoridad espiritual.
Paradójicamente, a pesar de su vida disoluta, Juan XII dejó un legado involuntario: su escándalo fue la chispa que desencadenó reformas esenciales en la estructura de la Iglesia.
Además, su coronación de Otón I sentó las bases para el Sacro Imperio Romano Germánico, que desempeñaría un papel crucial en la política europea durante casi un milenio.
Así, Juan XII pasó a la historia no sólo como uno de los peores papas de todos los tiempos, sino también como un triste recordatorio de que, a veces, heredar el poder a los hijos de la familia trae consecuencias desastrosas para los pueblos.
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