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Año con año nos felicitamos por sobrevivir un año más de vida en el calendario individual (cumpleaños) y en el calendario colectivo (2025 después de Cristo), pero para los nicaragüenses no hay garantía de que el nuevo año será mejor que el anterior. Lo que hay es esperanza y fe de que los cambios y sorpresas que nos depara el año nuevo tendrán un balance positivo.
El pueblo sufrido de Nicaragua, particularmente su abundante exilio, la diáspora y la perseguida Iglesia católica, merecen algo mejor que las vicisitudes que nos trajo el año viejo, aunque a juzgar por las señales, todo apunta a una mayor consolidación de la dictadura bicéfala con su andanada de leyes represivas recientemente aprobadas sin discusión alguna, comenzando por la nueva Constitución Política, que indudablemente será aprobada en los próximos días en “segunda legislatura”.
Los nicaragüenses esperamos un cambio porque lo merecemos y ante la cruda realidad que nos ha tocado enfrentar con un régimen carente de compasión y amor, que se enfrasca en cometer día a día mayores crueldades contra su propio pueblo, buscamos refugio en la fe y la esperanza, celebrando con devoción la Purísima Concepción de María, la Navidad y el comienzo del nuevo año 2025.
Por eso no voy a analizar o pronosticar lo que va a pasar, solo me limitaré a decir que la dictadura dinástica actual no tiene comparación con las que hemos padecido en el pasado y por eso su caída estrepitosa es inexorable como ha ocurrido con otras dictaduras. Lo que no sabemos es el cuándo y el cómo.
Esta dictadura de Ortega y Murillo ha roto todos los récords históricos represivos: ha producido el mayor exilio de la historia de Nicaragua, el mayor número de desterrados, con el consecuente desgarramiento familiar y el mayor número per cápita en el mundo de “traidores a la patria”, un término que a menudo es aplicado a todo aquel que se opone, o que es percibido por las razones más disparatadas imaginables, como un opositor a la dictadura bicéfala, “porque ahora resulta —como dijo un día mi tía Anita Chamorro de Holmann— que ellos son la Patria”.
En tiempos de Luis Somoza, en diciembre de 1959 a mi padre lo condenaron en un Consejo de Guerra por “traición a la patria” después de haber fracasado en una revolución armada contra su gobierno que se conoció como la Revolución de Olama y Mollejones, fue la acusación más seria y la que más le dolió a mi padre en toda su vida.
No obstante, al poco tiempo de esta condena en los primeros meses de 1960, Luis Somoza decretó una amnistía general para todos los procesados y condenados en dicho Consejo de Guerra y tanto la pena como el “delito” se extinguió, quedando todos en libertad.
Hoy en día, la pareja dictatorial y un grupo selecto de unos 12 adláteres inician el nuevo año 2025 con una orden de captura internacional emitida por un tribunal civil de la justicia de Argentina por las acusaciones de delitos de lesa humanidad, por lo que se vislumbran vientos de justicia, que tarda en llegar, pero que inexorablemente llega algún día.
La mayor traición a la patria, una que está a la vista de todos, es la brutal represión sin tregua a su propio pueblo desde hace 7 años y la entrega a cambio de nada, de nuestro suelo patrio a las potencias extranjeras de China y Rusia.
El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, expreso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos Heredados”.