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La primera comisionada de la Policía Nacional, Aminta Granera, de forma perpleja intenta consolar a Yelka Ramírez quien llora desconsoladamente la muerte de su hermana y dos de sus hijos en la masacre de Las Jagüitas. Yelka Ramírez luce su blusa manchada con sangre y es sujetada por su esposo Milton Reyes, ambos sobrevivientes de los 48 impactos de bala que recibieron en el vehículo que se transportaban. Foto: Captura de video.

La masacre de Las Jagüitas y el premio a los asesinos

La noche del sábado 11 de julio de 2015, una escuadra de 14 miembros de la fuerza operativa antinarcóticos de la Policía tenían preparada una emboscada para un carro blanco que transportaba droga. El operativo policial terminó en la masacre de una familia inocente.

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Milton Antonio Reyes Martínez conducía su carro color blanco. Venía de un culto religioso con su esposa, su cuñada y cinco menores de edad, en el sector conocido como las Cuatro Esquinas, en la comarca Las Jagüitas.

Al mismo tiempo y en el mismo lugar, el capitán Zacarías Salgado —quien estaba a cargo de un operativo militar con una fuerza élite— mandó a sus hombres a preparar una emboscada para neutralizar a un vehículo narco que era del mismo color, modelo y características que el de la familia Reyes Ramírez.

En la parte de adelante del vehículo viajaba el matrimonio Reyes Ramírez con su hijo de tres años, y en la parte trasera, la hermana de Ramírez con su hija y sus tres hijos menores de edad. Cuando pasaron por la emboscada policial los agentes hicieron la señal de alto y Reyes Martínez, creyendo que eran asaltantes, por temor, aceleró la marcha mientras los policías reaccionaron abriendo fuego contra los indefensos ocupantes.

Fueron 48 disparos los que impactaron el vehículo. Esta lluvia de balas provocó la muerte de tres personas: Katherine Ramírez Delgadillo, de 22 años; Aura Marina Reyes Ramírez, de 12 años; y José Efraín Reyes Ramírez, de 11 años.

Al momento de la tragedia, cuando el vehículo quedó rafagueado, los testigos se acercaron para atender los gritos de ayuda de Yelka Ramírez y su esposo Milton Reyes, pero la reacción de los uniformados fue violenta al decirles con palabras soeces que “ni verga tienen que hacer en el lugar”.

Los policías obligaron a los vecinos a alejarse, negando de esta manera que los pobladores asistieran a los heridos dentro del carro.

Yelka Ramírez rogaba auxilio a gritos partidos al ver que su familia estaba bañada en sangre. Los agentes intentaron plantar falsa evidencia con una pesa y unos paquetes que se presumen eran cocaína y, ante semejante atrocidad, los vecinos reclamaron y usaron sus celulares para evidenciar el crimen. Esto enojó a los policías que les decomisaron los dispositivos y amenazaron con llevarlos presos si seguían en la escena del crimen.

Durante el proceso judicial a los agentes policiales, Yelka Ramírez, madre y hermana de las víctimas, exigió justicia y que se les condenara como a cualquier delincuente. “Así como me agarraron a balazos a mí y a mis hijos, fueron 48 balazos en el carro, no tuvieron piedad de quien venía”, declaró.

Tras las investigaciones, nueve uniformados fueron encontrados culpables de la atroz masacre. El capitán Zacarías Salgado, jefe de esa escuadra, admitió su culpa al igual que todos sus subordinados, pero este acto durante la audiencia enfureció más a Yelka Ramírez, la adolorida madre quien refutó a los homicidas: “¿Usted cree que pidiendo perdón y diciéndome que lo siente mucho me van a regresar a mis hijos y a mi hermana? No. Yo quiero justicia y la pena máxima para ellos. Dejaron a un niño que se levanta a medianoche llorando, dejaron a una niña trastornada”.

Esos niños que mencionó Ramírez en el proceso eran sus dos menores hijos que junto a ella y su esposo lograron sobrevivir. Desde el momento del proceso judicial se vio el favoritismo y la impunidad legalizada hacia este crimen cuando la causa se radicó en la Sala Cuarta Local de Audiencia, es decir donde están los delitos y faltas menores, tipificando el atroz crimen como un homicidio imprudente.

Carlos Alemán, abogado de las víctimas, señaló al Ministerio Público y a la Policía de estar encubriendo a los culpables para reducir penas de cárcel a los homicidas. “No podemos luchar contra el sistema”, señaló frustrado el abogado durante el proceso.

El equipo fue condenado con penas de 5 a 11 años de prisión, 20 años de inhabilitación y otros 20 años de prohibición para portar armas de fuego, pero la sentencia final aplicada por la justicia orteguista fue favorable a los agentes quienes fueron acusados por ser los presuntos autores de los delitos de homicidio imprudente, lesiones imprudentes, exposición de personas al peligro por imprudencia y daños.

En la actualidad todos los condenados por el crimen de Las Jagüitas gozan de plena libertad. Sus confinamientos fueron efímeros. Como una burla a la justicia nicaragüense y a la familia doliente, la dictadura premió al capitán Zacarías Salgado con un ascenso a comisionado y fue nombrado segundo jefe de las Tropas de Intervención Rápida (Tapir). Asimismo, fueron ascendidos los demás subordinados que la noche del 11 de julio masacraron y asesinaron vilmente a la familia Reyes Ramírez.

Un acuerdo presidencial, que fue publicado en La Gaceta, diario oficial, en 2018 reza: Fueron condecorados con la Medalla al Valor “Sub Comisionado Juan Ramón Torrez Espinoza”, por sus “acciones heroicas a riesgo de sus vidas” y por la “protección de las personas, familias y comunidades”.

Managua, Nicaragua. 12/Julio/2015. Los cuerpos de Aura Marina Reyes Ramírez (10 años), José Efraín Reyes Ramírez (11 años) y Katherine Ramírez Delgadillo (22 años) son velados la mañana de hoy en su casa de habitación luego de ser masacrados por agentes de la policía antidrogas confundiendo al vehículo familiar con una banda de narcotraficantes. Dos niños más se encuentran en estado delicado al ser impactados por los disparos. Oscar Navarrete/ LA PRENSA.
“¡Nos agarraron a balazos y nos mataron a todos mis hijos y a mi hermana! Nos poncharon la primera llanta y mi marido creía que eran ladrones, entonces aceleró, y no se pararon, nos agarraron a balazos. ¡Como dejaron el carro, de viaje lleno de balas!”, relató Yelka Ramírez horas después de la tragedia. Foto: Óscar Navarrete/ LA PRENSA.
Una vecina soba el vientre de Yelka Ramírez con un embarazo avanzado, mientras su esposo Milton Reyes carga en sus brazos a uno de sus hijos que salió herido y sobrevivió a la masacre que perpetraron policías contra su familia. Foto: Óscar Navarrete/ LA PRENSA.
Yelka Ramírez rompe en llanto durante el velorio de sus dos pequeños hijos y su hermana, tras sobrevivir a la emboscada en que cayeron cuando un grupo especial de la fuerza operativa antinarcóticos rafagueó el vehículo en que se transportaba ella, su esposo, sus cuatro hijos, su sobrina y su hermana. Foto: Óscar Navarrete/ LA PRENSA.
De forma cautelosa la entonces alcaldesa de Managua, Daysi Torres junto a los operadores militares de la Alcaldía Fidel Moreno y Pedro Orozco se presentaron al velorio en el barrio Augusto C. Sandino. De espaldas con ellos el vicealcalde Enrique Armas. Foto: Óscar Navarrete/ LA PRENSA.
Miembros de la Juventud Sandinista brindaron “acompañamiento solidario” a la familia doliente luego que la Policía había cometido el crimen. Foto: Óscar Navarrete/ LA PRENSA.
Yelka Ramírez llora durante el proceso judicial contra los implicados, que al final fue un guion judicial a la medida para tratar con suavidad a los culpables, con muchos vacíos judiciales para que al final nunca purgaran cárcel por sus delitos. Foto: Archivo La Prensa.
Yelka Ramírez protesta frente al edificio policial Faustino Ruiz, mejor conocido como Plaza El Sol, donde se encuentran las oficinas de la jefatura de la Policía Nacional. Ramírez llevó su protesta a todas las instancias para exigir justicia por la muerte de sus hijos y de su hermana. Foto: Archivo La Prensa.
Los nueve policías culpables de la masacre de Las Jagüitas escuchan los cargos durante una de las audiencias judiciales. Tras cometer la atroz masacre este grupo de homicidas pretendió plantar falsas evidencias contra la familia Reyes Ramírez, pero la presencia de varios vecinos en la zona de la masacre impidió que lograran su cometido. Foto: El 19 Digital.
Yelka Ramírez junto a su esposo Milton Reyes en una conferencia de prensa en el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) acompañados por la doctora Vilma Núñez. La familia Reyes Ramírez tuvo acompañamiento de los defensores de derechos humanos. Foto: Archivo La Prensa.
Un momento doloroso durante el entierro de las víctimas de la masacre de Las Jagüitas que aún no tienen justicia ni reparación. Foto: Archivo La Prensa.
El capitán Zacarías Salgado durante el juicio de la masacre de Las Jagüitas, un montaje judicial para beneficiarlo a él y a sus subordinados al minimizar los hechos como actos imprudentes y no dolosos y beneficiándose con penas que al final nunca cumplieron. Foto: Archivo La Prensa.
17 de julio de 2018, día de la operación limpieza en la ciudad de Masaya, en primer plano, el comisionado Ramón Avellán y detrás el capitán Zacarías Salgado, un hábil francotirador y experto en tácticas de combate mientras sonríe en la delegación policial de esta ciudad. Irónicamente, Zacarías Salgado recibió una medalla por sus “acciones heroicas a riesgo de su vida” y por la “protección de las personas, familias y comunidades” por masacrar nuevamente a personas civiles e inocentes. Foto: Tomada de Redes Sociales.
Dos aspectos del ascenso en grado de Zacarías Salgado que pasó de capitán a comisionado, violando el escalafón policial de la institución. Salgado fue premiado también por la dictadura con el nombramiento de segundo jefe de las Tropas de Intervención Rápida (Tapir), mientras el crimen de Las Jagüitas, del cual él fue el mayor responsable, quedó en la impunidad como uno de los tantos crímenes cometidos por esta corrupta institución. Foto: Tomada de Redes Sociales.

La Prensa Domingo masacre Las Jagüitas Nicaragua

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