Vivimos en la sociedad de los superlativos; como si el recato, austeridad y delicadeza constituyeran actitudes reprochables porque simbolizan debilidad. Mall, hipermercado, megaeventos, reflejan este fenómeno que destila en el modo como expresamos y experimentamos lo vital. No se habla de estar bien y activo, sino superbien o hiperactivo (o sea, mal).
El arte de regalar está herido por lo superlativo, que en el ámbito de la persona consiste en una paradójica inflación y al mismo tiempo depresión existencial. Pareciera que para el hombre moderno regalar consiste en una muestra de poder, de autosuficiencia y un regocijarse esperando el aplauso agradecido que lo eleve sobre sí mismo. Se puede decir que la actitud del autosuficiente y poderoso queda retratada en la exclamación ¡no quiero nada regalado! A la autosuficiencia, se opone el infantilismo que, sin motivo, todo lo quiere y exige ¡ahora!
No quiero nada regalado, lo quiero todo; dos caras de una misma moneda falsa que bien pudiera llamarse desordenado amor a sí mismo o individualismo posesivo. Inundado por la falta de sentido, delicadeza y preocupación por quien recibe un objeto que no simboliza ni expresa nada más que pura materialidad uniforme. El regalo, entonces, se convierte en una deuda pagadera en aplausos o en portarse bien.
En todo caso, una vez cancelada la deuda, el asunto sufre el abandono de la memoria que dura la temporalidad del objeto, ahora siempre desechable. De este modo, el arte de regalar se transforma en un acto ya no de amor sino de justicia, pero pervertida, en que se da a cada uno lo suyo, aunque lo suyo sea ahora para todos igual.
Lo característico de este arte no consiste en el poder autosuficiente o infantilismo exagerado sino en solicitud, ruego. La esencia metafísica del regalo, como enseñaba el maestro Rafael Alvira, consiste en que podemos rechazarlo. Así, el rico ruega y se hace pobre; patentiza agradecimiento con el objeto que entrega y aquel desaparece y oculta para que esplenda el festejado. De este modo, el objeto simboliza lo que por sí mismo no es. El regalo, entonces, adquiere el verdadero significado, una expresión material del amor; el regalo es la concreción del amor, materia espiritualizada, análoga a nuestro cuerpo, que por lo mismo tiene carácter esponsal, es decir, donal.
Regalar cansa, al menos físicamente, porque implica un interesarse, meterse en el otro para entregar aquello que merece; espiritualmente, sin embargo, quisiéramos regalar siempre a aquellas personas que amamos y es que, como expresaba el místico medieval: amar no cansa. El requisito indispensable para regalar consiste precisamente en amar. No hay regalo posible sin amor.
Quizás convenga reflexionar en este tiempo en el regalo por excelencia que hemos recibido: la no comprada gracia de la vida. Nuestra propia vida es un regalo cuya raíz más profunda se encuentra en un acto de amor, se puede decir que fuimos hechos de amor y en eso consiste, precisamente, este arte de regalar, porque el amor es el regalo esencial. Se entiende, entonces, que tanto amó Dios al mundo que dio (regaló) a su unigénito y Este, a su vez, en la cruz, se donó por todos y cada uno de los hombres y mujeres que habitaron, habitan y habitarán la tierra, para que tengan vida en abundancia.
Festejemos (regalar viene de galer, es decir, festejar) entonces el regalo por antonomasia, a Dios Hijo o en palabras de los ciudadanos del mundo global, celebremos la Vida, porque como reza el refrán, es de bien nacidos ser agradecidos.
El autor es PhD, catedrático de Filosofía en el Instituto de Filosofía de la Universidad de San Sebastián, Chile.