Cuando Luz Marina me dijo que estaba embarazada a sus 18 años mi vida cambió. Ya no solo tenía que pensar en dos, sino en tres. Las prioridades cambiaban y todo lo que haría sería por el bienestar de todos, especialmente por el del nuevo ser que estaba por nacer. Como padre siempre quería que mis hijos tuvieran todo lo que nunca tuve, me sacrificaba fuerte en los entrenamientos y entregaba el alma en cada partido porque si me iba bien en el beisbol, mi familia tendría estabilidad económica y mis hijos un mejor futuro. Fracasar no era una opción.
Luego nació mi segundo hijo, más tarde el tercero y cuarto. Siempre me preguntaba qué herencia les dejaría. Y aunque en términos económicos es público lo que gané en Grandes Ligas durante mis 23 años de carrera, la herencia no se trataba solo de la parte económica, sino la herencia moral, ética, en otras palabras, los valores más importantes de un ser humano que hacen la diferencia en una sociedad. Eso me costó mucho más, porque para que tus hijos entiendan se necesita predicar con el ejemplo, actuar conforme a lo que se dice, por ellos decidí aceptar mi debilidad con el alcohol y rehabilitarme, por eso le entregué a Dios y a la Virgen mi vida, por eso trato de no resbalarme en ninguna cáscara de banano que tiran en mi camino.
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No le encuentro sentido cómo se le puede heredar a los hijos el miedo de la gente en sus ojos, la desesperanza de un país, las violaciones de derechos humanos, la corrupción en todos los niveles como eje central de un gobierno, el odio y, sobre todo, el robo, no solo en términos de dinero, sino el robo de la ilusión de todo un pueblo. Lo más grave es entregarles de herencia algo que no te pertenece, algo que es de todos y, para empeorar las cosas, enseñarles a normalizar la utilización del poder para beneficio propio, no importando cuántas vidas se dañen, cuántas muertes ocasionen y cuántas familias lloren.
La herencia del poder es ruin, cruel, oscura y tóxica cuando no se sabe utilizar. El hijo del Chapo heredó el cartel de su padre, siguió sus pasos y terminó en una celda por no encontrar su propio camino. Siempre hay una oportunidad para corregir los errores de los padres y cambiar la historia para que la enfermedad no se siga propagando en la próxima generación. No hay mejor satisfacción que disfrutar los logros personales, cumplir las metas con sacrificios y sentirse realizado por haber escalado el Everest con los valores por delante, sin daños colaterales.