Homilía del domingo XXX del tiempo ordinario

Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de este domingo uno de los fariseos, experto en la ley de Moisés, se acercó a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22,36). Aunque la pregunta estaba hecha con el afán de poner en dificultades a Jesús (cf. Mt 22,35), expresaba una de las preocupaciones más grandes del judaísmo de la época. Muchos maestros en Israel se preguntaban: ¿qué es lo esencial y lo decisivo en la religión?, ¿dónde está lo central de toda la ley de Dios?, ¿hay un principio unificador o un mandamiento fundamental de toda la voluntad del Señor?

La pregunta le preocupaba también a la gente sencilla que se sentía perdida entre tantos mandamientos. Los escribas habían llegado a contabilizar seiscientos trece preceptos, de los cuales 365 eran negativos y 248 positivos. ¿Cómo orientarse en esta maraña complicada de mandamientos y prohibiciones? Hoy nos podemos hacer la misma pregunta de otro modo: ¿qué es lo más importante en la vida? ¿qué es lo primero y lo que más cuenta? ¿qué es lo que más necesario para ser felices?

Jesús no dudó en responder citando unas palabras tomadas del libro del Deuteronomio, conocidas como el Shemá, las cuales todo judío piadoso repite dos veces al día: “Escucha Israel, el Señor nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Dt 6,4). Esto era lo más importante para Jesús: abandonarse confiadamente en las manos del Padre, amarlo con todo su ser y buscar amorosamente en todos los acontecimientos su voluntad.

A continuación Jesús añade un “segundo mandamiento”, citando otro texto bíblico, esta vez del libro del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,19; Mt 22,39). Esto es lo más original de la respuesta de Jesús. Jesús coloca el mandamiento del amor al prójimo junto al del amor a Dios, como dos mandamientos inseparables, como principios unificadores de toda la voluntad divina. Para Jesús hay un único amor con dos rostros: el de Dios y el del prójimo.

Jesús concluye su respuesta diciendo: “En estos dos mandamientos se fundan toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,40). El amor a Dios y al prójimo da unidad y sostén a toda la revelación divina. Sin este doble amor todo se cae, pierde valor, nada tiene sentido. Para Jesús, todos los mandamientos de la ley de Moisés y todas las palabras de los profetas se fundamentan y se expresan en este doble amor indivisible hacia Dios y hacia los demás.

Para Jesús, pues, el primer mandamiento es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu mente” (Mt 22,37). “Amar a Dios con todo el corazón es ponerlo en el centro de nuestra vida, acogerlo como nuestro Padre infinitamente bueno, tratarlo con familiaridad y adorarlo llenos de gozo en el silencio de la oración. Amar a Dios con toda el alma es amarlo con nuestra vida, viviendo siempre maravillados ante él, sabiendo que nunca lo podremos conocer del todo y dejándonos sorprender por sus caminos que muchas veces no son los nuestros. Amar a Dios con toda nuestra mente es dejar que Dios sea Dios, sin quererlo controlar o encerrar en nuestros esquemas humanos y sin sustituirlo nunca con ídolos engañosos que nos esclavizan y nos roban la felicidad.

Amar a Dios no es un asunto de sentimientos o de exaltaciones emotivas. No se trata de sentir nada. Amar a Dios es sobre todo hacer su voluntad, no como esclavos obligados por temor sino como enamorados que desean agradar a la persona amada. Por eso, amar a Dios es decidirnos siempre por aquello que mejor expresa el misterio de su amor, buscando en todo el bien, la verdad y el amor.

Es por eso por lo que para Jesús el amor a Dios es inseparable del amor a los demás. Dios es Padre de todos los seres humanos, por eso no podemos amarlo viviendo de espaldas a los otros, que son sus hijos. El prójimo es semejante a Dios. El prójimo tiene rostro y voz, tiene corazón y belleza, es semejante a Dios. Amar a Dios y al prójimo. Un ojo hacia Dios y otro hacia el hermano, con el corazón hacia el cielo y los pies en la tierra. Así quiere Jesús que amemos los cristianos.

No podemos amar a Dios, nuestro Padre, sin servir, perdonar y ayudar a nuestros hermanos y hermanas: “Si alguno dice: yo amo a Dios, y a la vez odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,19-20). Ninguna experiencia religiosa es auténtica si ignora al prójimo. Vivimos engañados y somos más fariseos que cristianos si pensamos que conocemos y amamos a Dios y vivimos de espaldas a los demás, sin tenderles la mano, sin compartir sus dolores, sin perdonar sus errores, sin servirles y ayudarles.

Amar a Dios y a todos, siempre y en todas partes. También en la sociedad, pues el amor tiene también una dimensión social y política. Por eso son unos mentirosos los tiranos que con cinismo se llenan la boca hablando e invocando a Dios, e incluso calificando de bendiciones divinas sus delitos, ilegalidades y actos de corrupción. Dicen amar a Dios mientras ellos mismos ocupan su lugar creyéndose dioses, se enriquecen a costa de los pobres, irrespetan los derechos de las personas y oprimen a sus pueblos. Ese “dios” del que hablan los dictadores no es el Dios verdadero, a quien no se le puede amar si no se ama y se respeta a los demás. Quienes explotan a los pobres y oprimen a los pueblos, no solo no conocen a Dios sino que, como dijo hoy el Papa Francisco, “cometen un gran pecado… corroen la fraternidad y devastan la sociedad” (Francisco, Eucaristía de clausura del Sínodo, 29/10/2023).

Puede sonar como algo trillado hablar del amor, pero para Jesús saber amar es lo único necesario, la única cosa que importa: amar a Dios y al prójimo. Detrás de tantas insatisfacciones y depresiones que padecemos, hay grandes vacíos de amor. A la raíz de las relaciones problemáticas, los disgustos y separaciones en la familia y el abandono de las personas enfermas y ancianas hay una escandalosa falta de amor a Dios y al prójimo. Porque nos hemos cerrado al amor a Dios y al prójimo vivimos en un mundo martirizado por la guerra, herido por el drama migratorio de tantas personas y familias y afligido por el flagelo de la injusticia y de la pobreza. El desamor es el único pecado que vuelve desierta la tierra e impensable el futuro.

El amor abarca la vida entera y adopta distintos rostros. Es adoración a Dios y servicio a los demás. Es oración y trabajo. Es caricia y lucha, es intimidad con Dios y compromiso histórico. El amor stá lleno de pequeños gestos de cuidado y se expresa en relaciones íntimas y cercanas, pero tiene también una dimensión civil y política que se manifiesta en todos los esfuerzos por construir un mundo mejor, en el que se respete la dignidad y los derechos de todas las personas (cf. Fratelli Tutti, 181).

Jesús todo lo ha reducido al amor a Dios y a los hermanos. Amar no es un sentimiento, sino un acto de la libertad que decide buscar siempre y a toda costa el bien de la persona amada. Amar no es una obligación, sino una necesidad para vivir. Cerrarnos al amor es comenzar a morir lentamente, porque como nos enseña San Juan de la Cruz: “en fin, para este fin de amor fuimos creados”.

Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo Auxiliar de Managua

Opinión libre Monseñor Silvio Báez Nicaragua archivo
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