Vilma Núñez de Escorcia y el obispo Rolando Álvarez. ARCHIVO

Los méritos de los finalistas al premio Sájarov

Un obispo y una defensora de derechos humanos. Ambos despojados de su nacionalidad. Uno es preso político y la otra fue declarada “traidora a la patria” y se resiste a salir de Nicaragua.

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El obispo Rolando Álvarez, preso político de la dictadura, y la defensora de derechos humanos, Vilma Núñez, son parte de los tres finalistas al premio Sájarov, otorgado por el Parlamento Europeo a defensores de la libertad y derechos humanos.

Ambos fueron seleccionados como finalistas entre siete candidaturas presentada por los grupos políticos del Parlamento Europeo. Esta selección final fue hecha por una votación conjunta entre las comisiones de Asuntos Exteriores y Desarrollo y de Derechos Humanos.

El ganador del premio será escogido por la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, y por los líderes de los grupos parlamentarios. El resultado será anunciado el próximo 19 de octubre y el premio será entregado en una ceremonia oficial en Estrasburgo, Francia, el 13 de diciembre.

Los otros finalistas son Jina Mahsa Amini y el Movimiento “Mujer, Vida y Libertad”, de Irán, y también un grupo de tres mujeres que luchan por la legalización del aborto, integrado por Justyna Wydrzyńska, de Polonia; Morena Herrera, de El Salvador y Colleen McNicholas, de Estados Unidos.

El Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia es otorgado anualmente por el Parlamento Europeo desde 1988. Lleva el nombre del físico y disidente político soviético Andréi Sájarov. El año pasado, el Parlamento le otorgó el premio al pueblo de Ucrania que resiste la invasión que emprendió Rusia a su territorio.

La lucha de doña Vilma

Es originaria de Acoyapa, Chontales. Nació el 25 de noviembre de 1938 y desde muy pequeña sufrió discriminación pues en un colegio de monjas del pueblo no la aceptaban porque no era hija de padres casados. Tampoco le permitían la entrada a la iglesia y muchos menos al Club Social de Acoyopa, según relató ella misma a la Revista DOMINGO en 2017.

Su madre era Tomasa Núñez Ruiz y su padre Humberto Núñez Sevilla. Aunque tenían el mismo apellido, no eran familiares.

Don Humberto Núñez era un opositor a Somoza y dirigente del Partido Conservador. Fue diputado dos veces durante los primeros años de Anastasio Somoza García y en Acoyapa se le conocía porque era un hacendado rico. Estuvo preso en varias ocasiones.

A los 20 años, la joven Vilma Núñez llegó a la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, en León, decidida a convertirse en abogada y uno de sus primeros maestros fue un joven profesor llamado Carlos Tünnermann Bernheim.

Vilma Núñez de Escorcia durante su graduación como abogada. ARCHIVO

En 1963 se casó con el dentista leonés Otto Escorcia y desde entonces ella ocupa ese apellido. “Me llamo Vilma Núñez Ruiz (los apellidos de su madre) pero prefiero que me pongan Vilma Núñez de Escorcia”, dijo a DOMINGO en 2017.

Recién graduada, Núñez comenzó a defender a los presos políticos de la dictadura de Somoza y también defendió a miembros del Frente Sandinista. El 30 de abril de 1979 fue detenida por la Guardia Nacional y liberada el 11 de julio, pocos días antes del triunfo de la Revolución Sandinista.

Poco antes de ser liberada la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional que se había formado la nombró magistrada de la Corte Suprema de Justicia. El 17 de julio de 1979, se fue a Venezuela, pero regresó el 19 de julio por la noche y alcanzó a llegar a la celebración del triunfo el día 20 en la Plaza.

Entre 1979 y 1987, Vilma Núñez fue vicepresidenta de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y fue la primera mujer en ostentar un cargo de magistrada en Nicaragua. Luego fue nombrada parte de la Comisión Nacional de Promoción y Protección de los Derechos Humanos, una instancia que nació por recomendación de Naciones Unidas.

Tras la derrota electoral del Frente Sandinista, Vilma Núñez empezó a trabajar con una asistente que tenía en la creación de un organismo defensor de derechos humanos y así nació el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), del cual ella fue la fundadora y directora hasta que el régimen de Ortega lo confiscó en diciembre de 2018.

Para aquellos años, Núñez se consideraba sandinista y en 1996 se postuló como precandidata presidencial por el Frente Sandinista y apenas se supo que ella sería la contrincante de Ortega, los medios sandinistas la descalificaron. Al final, Ortega ganó la consulta.

Pero la gota que derramó el vaso y que provocó el rompimiento de Núñez con el Frente Sandinista fue la denuncia Zoilamérica Ortega por abuso sexual en contra de Daniel Ortega en 1998. El CENIDH recibió la denuncia y Núñez le creyó y apoyó. Rosario Murillo, madre de Zoilamérica llegó al CENIDH para decirle a Núñez que no apoyara a su hija, pero ella no le hizo caso.

Así se ganó la adversidad de la pareja dictatorial y hasta la fecha ha sufrido varios ataques que van desde amenazas de muerte hasta unos vándalos que le llenaron de pintura las paredes de su casa en León.

Vilma Núñez fue mediadora cuando un grupo de sandinistas se tomó la cancillería en Managua en los años noventa. ARCHIVO

En 2017, recibió la distinción Mujer de Coraje por parte de la embajada de Estados Unidos en Nicaragua. Para entonces, varias funcionarias de la dictadura enviaron una carta la entonces embajadora Laura Dogu señalando que la condecoración era un “acto de hostilidad” por “designar como mujer destacada en Nicaragua a una persona cuyas diatribas, insultos y prácticas han ofendido, reiteradamente, al pueblo y al Gobierno de Nicaragua”.

Tras el estallido de la crisis política en 2018, Núñez, a través del CENIDH dio acompañamiento y defensoría legal a las víctimas de la represión y a presos políticos. Eso provocó que el régimen cancelara la personería jurídica del CENIDH y confiscara sus oficinas.

Pero Vilma Núñez continuó ayudando a las víctimas de la represión, y eso provocó que el régimen la despojara de su nacionalidad.

Vilma Núñez, fundadora del CENIDH. LA PRENSA

La fe del obispo Rolando Álvarez

Rolando José Álvarez Lagos nació el 27 de noviembre de 1966 en Managua. Su mamá, doña Ángela Lagos es originaria de Chinandega y se dedicaba a la venta de atol y formaba parte del Camino Neocatumenal. Su padre, Miguel Álvarez, era un obrero capitalino que se congregaba con la comunidad Renovación Carismática.

Durante sus estudios, el pequeño Rolando José demostró ser inquieto y travieso, pero también inteligente, aplicado y con intereses muy poco comunes en un niño, según contó su familia a la revista MAGAZINE en 2018. Desde temprana edad mostró su interés en ser sacerdote y jugaba a oficiar la misa usando los vestidos de su madre como que fueran sotana.

Rolando Álvarez de niño. CORTESÍA

A los 10 años de edad ya dirigía el grupo juvenil de Los Carismáticos, en la iglesia de Campo Bruce. A los 14 renovó su bautismo y a los 16 se opuso al Servicio Militar de los ochenta, lo cual lo llevó al exilio en Guatemala, pero antes estuvo detenido en al menos dos ocasiones.

“Me acuerdo que dos días antes de que entrara en vigencia el Servicio Militar, mi papá me llamó y me dijo: “Casi todos tus tíos me están obligando a que te saque del país, podés irte mañana si querés, pero yo voy a respetar tu decisión. Lo que vos decidás eso se va a hacer”. Yo era un chavalo de 16 años en ese momento y le dije: “No papa, yo me quedo en Nicaragua””, contó a MAGAZINE en 2018.

Finalmente, Álvarez decidió salir de Nicaragua. Se fue a Guatemala como refugiado y terminó sus dos últimos años de la secundaria en el colegio católico San Pablo. Se bachilleró con honores y portó la bandera de la Iglesia Católica. Después se unió al seminario.

De vuelta en Nicaragua, fue ordenado sacerdote en diciembre 1994 por el cardenal Miguel Obando y Bravo y posteriormente, consagrado obispo de la Diócesis de Matagalpa el 2 de abril de 2011. Tenía 44 años para entonces y ocupaba el puesto número 11 entre los monseñores más jóvenes del mundo.

Desde entonces, Álvarez se dedicó a visitar los pueblos y comunidades de su diócesis, y dicha tarea la completó en abril de 2018, días antes de que estallara la crisis política.

Monseñor Rolando Álvarez junto a campesinos de Río Blanco, durante la última visita del obispo a las comunidades de la diócesis antes del estallido de la crisis política. Óscar Navarrete/ LA PRENSA.

Como miembro de la Conferencia Episcopal, fue mediador y testigo en el primer Diálogo Nacional que juntó a funcionarios de la dictadura con miembros de la sociedad civil, empresarios, campesinos, académicos y demás, para tratar de encontrar una solución a la crisis.

En 2018, durante los enfrentamientos entre manifestantes, y policías y paramilitares, el obispo sacó al Santísimo en medio de las balas para detener la masacre que se estaba perpetrando en Sébaco.

A medida que se profundizaba la crisis, el obispo se convirtió en una de las personas más críticas con el régimen de Ortega que empezó a perseguir a la Iglesia Católica. En agosto de 2022, el obispo fue sitiado junto a otros religiosos por 15 días en la Curia Episcopal de Matagalpa, y posteriormente enviado a prisión.

Álvarez fue condenado a 26 años de cárcel. El régimen lo despojó de su nacionalidad después de que se negara a ser desterrado hacia Estados Unidos junto a un grupo de 222 presos políticos. Hasta la fecha, el obispo permanece en prisión y se desconoce cuál es su situación de salud.

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