Aluvión. Rosario Emelina Murillo Rivas era huérfana de padre. Ramón Murillo fue una de las víctimas del aluvión que destruyó Managua la mañana del 4 de octubre de 1876, luego de varios días de torrenciales aguaceros en lo alto de Las Sierras. La viuda, Mercedes Rivas, crio sola a sus hijos Rosario, Andrés, Javiera y Ángela.
¡Qué carácter! Según el historiador Edgardo Buitrago, quien la entrevistó en noviembre de 1944, Rosario tenía un temperamento temible y, debido a eso, era de pocas amistades. Sin embargo, también era “sincera de corazón, franca, caritativa, amena conversadora e ingeniosa”. Como para complementar su carácter fuerte, tenía un timbre de voz grave que, ya en la vejez, le salía “gangosa y asmática”, probablemente debido a que no paraba de fumar e incluso le gustaba retener el humo.
El Poeta Niño. Rubén Darío tenía 14 años cuando la conoció y para entonces ya se había enamorado al menos nueve veces. El primer encuentro entre ambos se dio cuando el Poeta Niño fue invitado a una tertulia familiar en Managua, donde escuchó cantar a una muchachita. “Era una adolescente de ojos verdes, de cabello castaño, de tez levemente acanelada, con esa suave palidez que tienen las mujeres de oriente y de los trópicos. Un cuerpo flexible y delicadamente voluptuoso, que traía al andar ilusiones de canéfora. Era alegre, risueña, llena de frescura y deliciosamente parlera, y cantaba con una voz encantadora. Me enamoré desde luego; fue el ‘rayo’, como dicen los franceses. Nos amamos. Jamás escribiera tantos versos de amor como entonces”, relató Darío muchos años después en su autobiografía. Aquella adolescente, dos años menor que él, estaba destinada a ser amor y tormento.
Una garza. Darío tenía 21 años cuando publicó su libro Azul, que contiene el cuento Palomas blancas y garzas morenas, donde el poeta habla de la pureza de las palomas y el encanto de las garzas color canela. La paloma era la rubia Isabel, esa prima que despertó sus “primeros deseos sensuales”; la garza no era otra que Rosario Murillo, la muchacha que le dio “el primer beso recibido de labios de mujer”.
Feo. La madre de Murillo no aprobaba a Rubén como candidato a novio de su hija, pues lo consideraba simple y llanamente “feo”. Además, según la propia Rosario, era “peludo y un tanto pausado para hablar”. Las jóvenes más bellas deseaban que el poeta les escribiera alguna cosa en sus abanicos o les tocara en el piano las polkas y mazurcas que le pedían; pero en aquella época la principal ocupación de Darío era pasar horas mirando los ojos de aquella “exquisita muchacha” que era Rosario Murillo. Al final se hicieron novios y como el enamorado poeta adolescente expresara su férrea determinación de casarse, sus “buenos queredores” lo subieron a un barco rumbo a El Salvador.
Traición. No está muy claro lo que sucedió para que, luego de regresar de El Salvador y retomar su noviazgo, Darío volviera a irse de Nicaragua. Más tarde el poeta escribió: “A causa de la mayor desilusión que pueda sufrir un hombre enamorado, resolví salir de mi país. ¿Para dónde? ¿Para cualquier parte?”. La mayoría de sus biógrafos concuerdan en que el bardo se refería a una posible traición amorosa por parte de Murillo, probablemente durante la estancia del poeta en El Salvador. Darío se fue a Chile, donde triunfó con Azul.
Trampa y abandono. En marzo de 1893, tres meses después de la muerte de Rafaela Contreras, primera esposa de Darío, el poeta había reanudado sus encuentros con Rosario Murillo. Estaba con ella cuando Andrés Murillo, hermano de su exnovia, lo acusó de haberla deshonrado y, pistola en mano, lo obligó a casarse con ella. “Lo tenían todo listo”, incluso el sacerdote, detalla la revista Magazine en el reportaje La otra Rosario Murillo. Cuando Darío despertó de su borrachera ya era un hombre casado. Sin embargo, a la menor oportunidad dejó a Murillo, embarazada, en Nicaragua y se fue a viajar por Europa, donde rehízo su vida con Francisca “Paca” Sánchez. Murillo perdió a su bebé, víctima del tétanos, y la pareja pasó catorce años sin verse.
Ley Darío. Darío quería casarse con Paca en España, con quien acababa de tener un hijo (Rubén Darío Sánchez), pero Rosario no le daba el divorcio en Nicaragua. Con la idea de separarse legalmente, el poeta volvió a su país en noviembre de 1907 y en enero de 1908 logró que se aprobara una ley a su medida, la Ley Darío, en la que se establecía que un matrimonio que acumulaba 10 años sin relación ya era un divorcio. Sin embargo, más astuta que él, Murillo presentó pruebas de que su esposo le había dado dinero menos de un año atrás, cuando se encontraron brevemente en Francia, adonde ella había ido a buscarlo y seguirlo por todos lados, al punto de que Rubén la llamaba “la perseguidora”. Darío regresó al lado de Paca, pero nunca pudo casarse con ella.
Cerebro. Por una jugada del destino, el poeta nicaragüense pasó sus últimos días bajo los cuidados de Rosario Murillo y no los de Francisca Sánchez. Su amigo Alejandro Bermúdez lo animó a viajar a Nueva York, donde estuvieron seis meses, y después de dejarlo en Guatemala, dio aviso a la “esposa legítima” para que recuperara a su marido, que ya estaba enfermo. En noviembre de 1915 Murillo lo trasladó a Nicaragua, primero a la capital y después a León, donde el poeta moriría la noche del 6 de febrero de 1916, a la edad de 49 años.
Tras el fallecimiento de Darío, su esposa sería una de las principales contendientes en la pelea por su cerebro. Luego de que el doctor Luis Debayle, quien practicó la autopsia, se robara el órgano y huyera caminando de prisa por la acera, Murillo pidió a la Policía que lo detuviera. El médico fue obligado a entregarle su botín a la viuda, quien se lo envió a otro médico, en Granada. Sin embargo, hay quienes creen que el cerebro que entregó Debayle no era el de su amigo y que el verdadero fue colocado en la tumba del bardo.
Muerte. Rosario Murillo murió en Managua en 1953, a la edad de 84 años. En su vejez le encantaba deleitar a sus conocidos con anécdotas de su relación con Darío e incluso llegó a fantasear, afirmando que debajo de su cama guardaba el cerebro de su antiguo marido.