Calixto Vargas es un nombre que produce impacto al oído. Con mayor o menor resonancia su historia será citada como una de las más ilustrativas cuando se haga referencia a los más grandes jugadores producidos en Nicaragua. Dueño de una envidiable habilidad para jugar al beisbol, pero sobre todo de un gran carisma, es un personaje que no pasa inadvertido.
“Mi mamá tenía un slogan que decía: ‘nunca le niegues una sonrisa a nadie’ y yo lo traje a mi vida y eso no solo me abrió muchas puertas, sino que me permitió establecer nexos con personas y amigos que incluso hoy día perduran. Así que he sonreído bastante, pero a la vez he trabajado fuerte para dejar un legado a mi familia”, señala Calixto, ahora de 77 años.
Y ha trabajado muy fuerte, literalmente. Vargas pertenece a la generación de jugadores que realizan una jornada laboral pesada y luego se uniformaban para ir a jugar. A bordo de un camión de volquete transportaba arena a distintos puntos del país y posteriormente llegaba al home plate para repartir metralla, utilizando ambos perfiles del pentágono con maestría.
“Fijate que es curioso, pero creo que nadie me había preguntado por qué fui ambidextro al batear. Un día, siendo chavalo, me colgué de una camioneta en la Paz Centro, pero mi susto es que sale a la carretera pavimentada y aumenta la velocidad. El chofer no sabe que yo voy ahí guindado y me tiré de vehículo en marcha y me fracturé el brazo izquierdo”, afirma.
Calixto fue entablillado para inmovilizar los huesos y que sanaran, pero sus amigos iban a buscarlo para invitarlo a jugar en los campos del vecindario. Al principio solo miraba, pero a medida que la fractura sanaba, se atrevía a jugar y como no flexionaba el brazo izquierdo por las tablillas (tipo yeso), entonces bateaba a la zurda y tuvo éxito en aquellos días.
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“Ismael mi hermano, quien jugó beisbol profesional, me vio una vez batallando al batear a la derecha y me dice, ‘bateá a la zurda, si vos podés’. Y le pegué mejor a la bola, tanto que me dijo, ‘así te vas a quedar’, pero alguien del equipo en el que jugábamos en aquellos días recién venido a Managua, le dijo que me dejara batear a ambos lados y así fue”, recuerda.
Y así, forzado por las circunstancias, sin mayor instrucción, Calixto se convirtió en el más importante bateador de ambos lados en el beisbol nacional. Esa determinación para ir más allá las limitaciones, también la ha utilizado en su vida y con el tiempo se volvió, además de un jugador estrella y líder de su generación, en un destacado comentarista deportivo.
“Nací en una familia numerosa en La Paz Centro, con un papá que se dedicaba al destace de reces y como suele suceder, vas a la escuela, aprendés a leer y luego a trabajar. Eso fue lo que pasó conmigo. Además, que cuando comencé a destacar en el beisbol, tuve hijos muy rápido y tenía que trabajar con el camión y luego jugar para mantenerlos”, asegura.
A pesar de la doble ocupación, Vargas logró buenas cifras en el beisbol. Terminó su carrera de 17 campañas con .317, disparó 1,035 hits, de ellos, 124 jonrones. Fue el primer artillero de 1,000 imparables en el beisbol nacional en 1983. Gano el campeonato de bateo en la temporada de 1976 con la UCA, al resumir .353 y ese mismo año bateó .403 con los Búfalos.
“Ese año (1976) se dio algo curioso. Yo jugaba para los Búfalos porque era un equipo que habíamos armado entre jugadores, pero luego se apoderaron de él los mismos dirigentes de la federación y yo decidí renunciar al equipo. Al irme, me fui con un promedio sobre .400, como líder, y llegué a la UCA y fui líder. Debí ser campeón en ambas ligas”, afirma.
Un año después, en 1977 el cañonero de La Paz Centro bateó .337, con 19 jonrones y 84 empujadas. Y en 1978, cuando fue campeón nacional con Granada, logró .376 con 26 cuadrangulares y 86 remolques. En 1979 llegó a 100 jonrones en su carrera y se retiró en 1984 para dedicarse a su trabajo con el camión, y de paso comenzó su carrera en la crónica deportiva.
Como seleccionado nacional, Vargas tuvo actuaciones descollantes como el .346 (26-9) en el Mundial de Colombia en 1970, pero su momento cumbre fue en 1972 en el país, cuando cerró con .424 (33-14) y quedó a un turno de ser elegible para ser campeón de bateo, cetro que se llevó el japonés Masaru Oba con .415. Terminó con .278 como seleccionado.
“Jugar en el equipo de 1972 fue un gran privilegio. Hoy en día incluso la gente nos estima y respeta. Como en cualquier familia había nuestras diferencias, pero sabíamos que teníamos un compromiso y era hacer feliz al país, a una nación, y lo asumimos con responsabilidad. Ya van a ser 50 años y uno siente el cariño y afecto de los aficionados”, dice Calixto.
Vargas es considerado uno de los mejores comentaristas deportivos del país y él atribuye su éxito, además de su voz sonora y carisma, a su dedicación a la lectura y aprendizaje constante, a pesar de que las letras y mucho menos los números no eran lo suyo, pero de forma autodidacta se ha abierto un camino y hasta predicador se volvió con el tiempo.
“Una vez en México una muchacha me pidió un autógrafo y no pude ni escribir su nombre. Me sentí avergonzado y me dije: yo voy a aprender. Y lo hice. Imaginate que conseguí un trabajo en Café El Caracol como vendedor en un camión y no podía ni sumar y menos escribir los nombres de los clientes en las facturas, pero también lo aprendí”, asegura Calixto.
Hoy día es un deleite escuchar a Vargas comentando beisbol o hablando del tema que sea. Se mete con profundidad en cualquier tópico, lo estudia y lo expone, sin esconder nada, como lo ha hecho siempre en su vida, a pesar de que decir lo que piensa le acarreó más de un problema en su momento, pero asegura que ha sido feliz y se siente realizado.
“Siempre se habla de mi influencia en mis compañeros del equipo de 1972. Y es cierto. La verdad es que se los agradezco porque siempre me vieron con respeto y me escucharon. Yo no fui a una escuela para ser líder o impactar a mis compañeros, pero sí tuve una sabiduría natural, una intuición, diría yo, y podía anticiparme a las cosas”, asegura la leyenda.
Calixto vive en Managua, ejerce la crónica deportiva y sale a predicar la palabra de Dios por las calles. Se ve saludable y fuerte para sus años y no ha parado de sonreír, como se lo aconsejó su mamá hace varias décadas. Lo han llamado conflictivo, pero él asegura que solo ha tratado de llevar su vida con dignidad y ha reclamado lo que no le ha parecido justo.