«Elvis»: Austin Butler es lo mejor en este estilizado Biopic

Fue en el 2019 que Bohemian Rhapsody llegó a las salas de cine, haciendo una campaña tan fuerte que la llevó a hacerse ganadora hasta de un par de premios Oscar, incluyendo uno para el icónico performance de Rami Malek como Freddie Mercury.

Rocketman, mucho mejor en casi todos los sentidos, no corrió la misma suerte y se hizo solamente con el galardón de mejor canción original. Pero se llevó el aplauso de la crítica hacia un Taron Egerton que entregó, quizá, lo mejor en toda su carrera.

Ahora es el turno del rey, Elvis Presley, de la mano de Baz Luhrmann. Un director que no solamente sabe lo que hace cuando se trata de brindar un espectáculo visual, sino que no le interesa hacer algo distinto a lo que sabe hacer. Y eso en Elvis nos queda claro desde los títulos de inicio.

Luhrmann no escatima ni un solo momento en dejar claro que la película es un viaje audiovisual de principio a fin, presentando al pilar de su historia, Tom Parker (Tom Hanks), de una manera dinámica y psicodélica. Como se debe hacer en su universo cinematográfico.

Aunque la película implore por un descanso y un poco de lentitud en su ritmo, su director aprovecha todos y cada uno de sus momentos para representar a través del lente lo que en realidad significa la palabra espectáculo.

Al fin y al cabo, esta es una película sobre Elvis Presley, “the showman”. El tipo que algún momento llegaron a criticar y censurar por sus provocativas formas de moverse, siendo categorizadas de vulgar. El ícono que hizo retorcer de resentimiento a aquella sociedad estadounidense conservadora y racista, que no podía soportar a un blanco bailando como un afroamericano y provocando mujeres.

Porque detrás de toda la espectacularidad que vamos a tener en un filme de Baz Luhrmann, se encuentra la admiración y el respeto por la historia de su protagonista.

De hecho, dicha admiración está presente en la manera en que el director presenta a Presley en cada una de sus distintas etapas. Desde el uso del misterio y el enigma que entablaba su nombre, en planos cerrados a cámara en mano desde la perspectiva de Tom Parker, hasta el brillante uso de las luces del escenario para mostrar lo imponente que era Elvis cada vez que subía a un escenario y se encontraba con lo que la narración de la película describe como “el amor de su vida”: el público.

Sin embargo, a pesar de que Luhrmann lo comentaba en varias conferencias de prensa, su montaje y visión eléctrica, llamativa y acelerada, se interpone en varias ocasiones entre los espectadores y sus personajes, tocando sus demonios personales y los obstáculos que atraviesan apenas un poco más profundo que su superficie.

Aquellas personas que conocían poco, o nada, del rey, podrían quedar fascinadas con la manera en que está construida la cinta, a modo de homenaje a lo que significó Elvis, aquellos fanáticos más leales no recibirán nada revelador acerca del artista.

Y si bien esto se torna problemático en ciertas ocasiones —donde el público empieza a desconectarse de la trama, pensando en el tiempo del metraje— hay una sencilla razón por la que la cinta no nos pierde: Austin Butler.

Les mencioné los nombres de Taron Egerton y Rami Malek al comienzo de esta columna, y es que la historia de esas cintas se repite en esta.

Desde su preparación, en donde fue él quien interpretó las canciones que escuchamos en la cinta y trató de descifrar y definir a través de su voz, etapas en la carrera musical de Elvis, Austin Butler no solo es el protagonista de la cinta… Él es lo mejor de la película.

La manera tan natural en la que Butler desglosa las distintas facetas del ícono de la música es sencillamente descomunal. Tanto, que parecía haber estado ensayando para este rol toda su vida.

En los momentos más flojos de la película, el actor nos recuerda que sigue ahí, y justo como el papel que interpreta, nos recuerda por quién es que estamos ahí. A quién estamos celebrando, aún sabiendo lo difícil y complicado que puede llegar a ser, echarse al hombro el legado histórico de un personaje como Elvis Presley, en una pieza cinematográfica que depende enteramente de ello.

Sí, Tom Hanks lo hace estupendo, como es de esperarse, pero cuando alguien piensa en una película de Elvis, la atención está sobre la persona que encarna al rey, y Butler no solo acepta el spotlight, sino que lo abraza, haciendo el escenario completamente suyo, llegando a transformarse en lo más cerca que hemos estado aquellos que no vimos ni disfrutamos del paso de Presley sobre la tierra. 

Elvis ciertamente pudo haber sido mucho mejor sin algunas de las despampanantes secuencias que Luhrmann incluyó cada vez que pudo, con una duración muy cuestionable, que hizo que cayera en la repetitividad muchas veces.

Sin embargo, el director tiene argumentos para hacerlo de esta manera y no teme dejarlo claro en todo momento. Al fin y al cabo, ¿qué sería el mundo del espectáculo sin Elvis? ¿Qué sería el rey sin sus extravagantes vestimentas o su manera de dominar el escenario, su manera de vivir y sentir la música? 

¿Qué sería un Elvis con traje de gala y sin bailar? Ya lo vimos y no funcionó. Y es esto uno de los principales argumentos que usa Luhrmann para endiosar aún más a su estrella.

Una estrella a quien Austin Butler no solo ha decidido brindar un enorme respeto al ensayar e interpretar sus canciones, sino que también lo ha encarnado a la perfección. Butler surgió como un newcomer a quien le pusieron la difícil tarea de interpretar a una de las leyendas de la música y un ícono generacional, pero esto no le importó y logró hacer lo que hasta hoy sería el retrato más acertado y visceral que hemos visto del rey del rock n’ roll.

Y si no me creen a mí, créanle a la hija de Elvis, Lisa Marie Presley, quien dijo que si Butler no recibe un Oscar por lo que hizo en esta película, “se comería su propio pie”.

Vida Elvis Presley archivo
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