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Hernaldo Zúñiga: “Me duele mucho mi país”

“¿Qué ha ocurrido para que gente modesta, que es la que compone las filas del Ejército y la Policía, se hayan hecho cómplices de esta barbarie?”, se pregunta el cantautor sobre la represión que se vive en Nicaragua.

Febrero de 1974, Viña de Mar, Chile.  Un muchacho flaco y melenudo de 18 años se abre camino con su guitarra para llegar a la tarima del anfiteatro. A cada paso debe identificarse ante los guardas que los miran con desconfianza. “Soy Hernaldo Zúñiga, y represento a Nicaragua”. Coronada la tarima, canta una canción titulada Ventanillas y el público enloquece. “Solo cuatro minutos antes tengo que estar dando explicaciones en todos los filtros que me llevaban al escenario de Viña del Mar, quién era Hernaldo Zúñiga, que venía a representar a Nicaragua, que era cantante, y cuatro minutos después tengo que salir custodiado por la Policía por la gente entusiasta que quería ver a este muchacho en persona”, dice, ya con 67 años y a punto de retomar su carrera después de una larga pausa, la más larga de su vida.

En septiembre próximo estará de nuevo con su guitarra en Miami iniciando una nueva etapa que ha bautizado “Detrás de la canción”. Rompe con este evento un momento que él llama de “muchas pérdidas”. Murió su padre, su suegro, vino la pandemia, su esposa enfermó gravemente y murieron otros muchos amigos cercanos, y vio como Nicaragua sufría lo que denomina “un episodio monstruoso”. Dice creer en “los momentos” y ese momento de pausa parece haber terminado.

¿Cuál sería este momento en la vida de Hernaldo Zúñiga?

Desde los 18 años yo no tuve períodos largos de descanso. Me refiero a pausas, no vacaciones. Es a primera vez en mi historia personal. Hasta el punto que han crecido telarañas en mi piano y mi guitarra. Entré en una pausa un año previo a la pandemia. Fue una pausa buscada y necesitada porque mi modelo de operar dentro de la música se había agotado. Yo fui de las personas que no creía en las redes sociales. Creí que era un asunto pasajero. Me equivoqué. Y cuando vi que me equivoqué dije voy a pausar, voy a intentar leer qué es lo que está ocurriendo y cómo quiero reinsertarme en ese nuevo ecosistema. Luego vino la pandemia. La pandemia yo la viví de forma brutal porque mi esposa estuvo a punto de fallecer, estuvo en cuidado intensivos mucho tiempo, intubada, y luego tuvo que reaprender todo, desde caminar. Pasé un año dedicado a reparar ese camino que felizmente ya es pasado. Ya está perfecta. Y se produjo, como es lógico, una reconexión con mi entorno familiar, con una calidad que yo no disfrutaba desde hace mucho tiempo. Yo tenía la sensación de que la música era todo para mí, y me di cuenta de que no, que también era muy feliz sin ella. Hubo otros factores: murió mi padre, se agudizó lo de Nicaragua, murió mi suegro, murieron amigos muy cercanos, unos por covid otros por vejez. Fue también un período de pérdidas.

¿Qué extraña de Nicaragua?

Viví 16 años en Nicaragua, pero yo formo parte de una generación en donde el muchacho, el niño nicaragüense tenía una enorme conexión con el entorno. Estamos hablando de la era pre internet, donde el mundo de la comunicación era la radio y el periódico. Era un mundo muy de tertulias, muy en contacto con las épocas del año, las palometas, la Semana Santa, los olores. Mucha foresta, mucho árbol. Esos 16 años tienen una intensidad descomunal. Tuve la fortuna de estudiar la primaria en este paraíso que era el colegio de jesuitas en Granada, junto al lago y repleto de bosques. Yo diría que casi idílico, con la Marucha vendiendo su vigorones y sus cacaos. Y menciono la Marucha como podría mencionar 40 personajes de Masaya: era el loco, el exótico, el vagabundo… Mi generación tenía muchos resabios del paso de Darío por la vida del Mundo y por la vida de Nicaragua. Era una Nicaragua muy dariana. De poesía improvisada, de declamar, de tocar la guitarra. Registros humanos muy poderosos. La gastronomía la extraño siempre: el vigorón, las tajadas, el queso frito de Masaya –que no es como el blandito que hay en todos lados– que es crocante y se come con tajadas o maduro frito. La voz cantarina del vendedor de la calle, hay una música en el aire que también la llevo conmigo. No es una añoranza que ocurre hoy por estos cinco años que no he podido estar ahí, sino que me ha acompañado desde que salí de Nicaragua a los 16 años.

¿Qué conexión ha tenido con su país en este tiempo?

Muy fuerte. Es curioso, que cuanto mayor uno se va haciendo va creciendo una enorme necesidad de reconexión con tus orígenes. Yo siempre visité mi país, siempre estuve en contacto con Nicaragua, año con año iba, y los eventos sociopolíticos de nuestro país no hicieron otra cosa que exacerbar esa conexión y la búsqueda de entendimiento. ¿Cómo es posible que hayamos llegado al estado de cosas que se ha llegado? Porque es una fractura objetiva, desde el punto de vista histórico, una anomalía de magnitudes gigantescas, que va a pesar, sí o sí, en el futuro inmediato.

¿Cómo les explica Hernaldo Zúñiga a sus amigos extranjeros lo que está pasando en Nicaragua?

Explicarlo políticamente es muy sencillo porque está en los titulares. Lo que es muy difícil de explicar es cómo ha habido ese encaje humano. Cómo ha habido una transformación psicológica de mucha gente. Qué ha ocurrido para que gente modesta, que es la que compone las filas del Ejército y la Policía, se hayan hecho cómplices de esta barbarie. ¿Qué pudo haber ocurrido para que nos pasara esto en un pueblo bueno, talentoso, ingenioso, cachondo, divertido, inteligente, que son como virtudes que no se encuentran todos los países? ¿Qué pasó para producir una monstruosidad, un episodio tan monstruoso? Yo he intentado comprender porque es una necesidad natural entender aquello y me quedo corto en los razonamientos. No logro explicar porque no lo tengo yo explicado para mí.

¿Ha regresado a Nicaragua en estos últimos cuatro años?

No.

¿Temería por su seguridad en la Nicaragua que hay ahora?

Sí, sí. Pero no es el motivo. Tampoco me lo logro explicar. Mi umbral de temor es relativamente bajo en eso como en muchas cosas de la vida. Es un impulso que no he tenido.

Dice la canción: Se van, se van, se van para siempre… Pero no se están yendo sino más bien regresando, aparentemente…

Así es. Esta es una canción que la hice cuando cayó el presidente (Alberto) Fujimori. Es un tema como arqueológico y sin ninguna vigencia ni vocación de futuro. Mira las paradojas. Ese texto ha ido adquiriendo, tristemente, mucha vigencia no solo en América Latina. Ahora los dictadores llegan por vía electoral, como llegó Hitler en su tiempo a ser Canciller. El factor fascista no es exótico. Es un fenómeno que tiene mucha vigencia hoy.

Hay quienes ven el mundo actual desde un enfrentamiento de izquierdas y derechas...

No, no creo que aquí haya una confrontación ideológica. Es la recurrencia a malos gobiernos, grandes rezagos sociales, la no respuesta a necesidades sociales. Hay una especie de hartazgo colectivo y han visto que una probable salida era otorgar ese voto de confianza a los populistas. Todos sabemos que es un error. Es una película que ya hemos visto varias veces. Y hemos visto también cómo han terminado. Recordemos que nada es para siempre. Nada se mantiene por la fuerza y sin una demografía importante que lo sostenga.

En Nicaragua ya se oyen pocas voces disidentes. Se ha apresado o expulsado a opositores, periodistas, escritores, músicos, artistas…

El temor a la represión es descomunal. Trescientos cincuenta ejecutados en manifestaciones pacíficas o alborotadas como fueron aquellos tranques, que le llamaron. En la historia reciente vas a encontrar muy pocos ejemplos en el hemisferio. Son muchos muertos. Son muchos presos políticos. Siempre habían 10 o 15 presos políticos, incluso cuando había un grupo armado como era el Frente Sandinista. Aquí estamos hablando de más de un centenar de presos políticos. Estamos hablando de una oposición pacífica, en un país en paz, en el exilio o en la cárcel. Ha habido lujo de violencia y eso inhibe al ser humano por supuesto. Antes era un tema intelectual y ahora me ha sobrevenido una intensa empatía, lo he vivido de una forma muy intensa, personal. Mucho dolor personal. Las madres que enterraron a hijos jovencitos, muertos de una forma tan atroz: un balazo de un francotirador en la frente o en el pecho. O todas esas personas que tienen a sus familiares en la cárcel. Todos los esquemas cívicos que nos dignifican como civilización, en un siglo avanzado como es el XXI, con tecnología desarrollada, y que estemos padeciendo esto. Me duele mucho mi país.

¿Establecería una comparación entre los que vivió Nicaragua en la década de los 80 y lo que esta ocurriendo ahora?

No, yo creo que es un fenómeno nuevo. Es un fenómeno totalmente nuevo en nuestra región, pero es viejo, por ejemplo, en Europa. Tendrías que irte al estalinismo para encontrar claves que puedan parecerse, al maoísmo más exacerbado en su tiempo. Creo que tiene que ver más con el nazismo. El tema de la propaganda, la forma de la represión. Me recuerdan los testimonios de ese tiempo. Sin embargo, está todo reciclado porque vivimos un tiempo distinto. Las redes sociales son una nueva herramienta política. Estamos viviendo un final de ciclo que no termina de irse para que llegue un nuevo ciclo. Nos está tocando ser testigos de un tiempo muy perturbador. Muy desafiante.

¿Ve puntos de comparación entre un Daniel Ortega y un Gabriel Boric, de Chile, por ejemplo?

A los dos los conozco más por sus actos, uno más que el otro. Daniel Ortega lleva en la palestra pública 40 años. Lo de Boric sigue siendo para mí una incógnita. Son fenómenos con secuencia. Chile era un país que había alcanzado altísimas cotas de desarrollo económico. En ese afán se les fue quedando la agenda social, y reventó, y reventó feo, con violencia. Boric ha sido una respuesta en esa búsqueda. Yo no diría que hay paralelismo alguno. Nosotros tenemos una historia muy diferente.

¿Este avance de la izquierda en Latinoamérica lo ve alentador o peligroso?

Yo no reconozco un tema de izquierda en todo esto. Yo no diría que se acabaron las ideologías porque son marcos referenciales, pero no tiene nada que ver con las izquierdas clásicas, las derechas clásicas. Son respuestas de agotamiento social, de hartazgo social que votan a personas que los interpretan y apriorísticamente les expresan unas soluciones que tiene que ver con posturas fuera del sistema, la demonización, los señalamientos de corrupción que han existido y existen porque no hay contrapesos. Yo soy profundamente admirador de los países nórdicos. Siempre buscamos los referentes como Estados Unidos, Francia, y se nos olvidan estos mini países del norte de Europa que eran pobrísimos hace 60 o 70 años. ¡Mira Islandia! Es un milagro que tiene hoy la mejor educación de la Tierra. Esa es la base de todo: la educación. Son países que tienen gobiernos pequeños, atienden de forma escrupulosa los derechos humanos, tienen contrapesos muy fuertes, las instituciones son poderosas, siempre va a haber fenómenos de corrupción, pero inmediatamente hay correctivos y enfatizan todos sus esfuerzos en educar a su gente. Buena salud.  El resto viene por añadidura. Esto lo menciono porque ahí se han roto muchos de esos paradigmas de izquierda y derecha. Y creo que el mundo que vienen va a ser un mundo de personas fundamentalmente. Las marcas políticas están despareciendo. Mira el Partido Socialista francés, el histórico, hoy prácticamente no existe. En lo personal, me gusta mucho eso de que, más que marcas ideológicas, vendrán personas, más o menos, capaces. Y no sabemos qué va a ocurrir después de esta especie de batidora en la que estamos metido. Por ejemplo, Petro es una incógnita, que siempre llama a esperanza.

La gran pregunta es si estamos entrando o saliendo del túnel.

Esa es la pregunta del millón. Tengo la sensación que es un final de ciclo. Faltan capítulos de esta serie que no hemos visto y pueden ser sorprendentes. Mira la fragilidad hora mismo del Mar Negro. Eso puede cambiar dramáticamente el mapa político mundial. No me atrevería a hacer un pronóstico. Quiero pensar que saldremos con un mundo mejorado. Pero va a ser un mundo hijo del dolor que estamos padeciendo. En general todo está mal. Se salva esa especie de paraíso construido en el norte de Europa. Es lo mejor de nuestro mundo. Tarde o temprano eso va a ser un referente.

¿Ese cambio podría pasar por la violencia armada?

No, yo creo que todos aprendimos. Los que participaron de forma activa en los grupos armados, como los que estuvimos afuera y apoyamos en una orilla o en la otra, si se aprendió que eso no sirve para nada. La violencia lo único que hace es poner una pausa sangrienta, dolorosísima, para regresar a esquemas que supuestamente se habían superado.

Para septiembre próximo está programada una gira de Hernaldo Zúñiga. ¿Esta es una nueva etapa de su carrera?

Totalmente. La salud es la que pone la agenda en ese aspecto. Estoy datado de unas cuerdas vocales que de origen están bien hechas. He sido un artista disciplinado. He cuidado mucho mi instrumento. Entonces tengo hoy la voz en una versión más sofisticada de la que tenía a los 20 años. Esa es una excelente noticia para pensar que voy a poder prolongar mi carrera por un buen tiempo. En segundas, estoy en un proceso de transformación de toda mi operación, donde las redes sociales vana intervenir, van a tener un papel relevante como es hoy la regla del juego. Y estoy empezando a componer. Este es un musculo que viene flácido por esta pausa enorme. Lo de septiembre es un reinicio de la carrera.

¿Que hay “Detrás de una canción”?

Yo había empezado todo este proceso de forma mucho menos ambiciosos un mes antes el covid. En este caso hay una suerte de guion, donde hay un relato biográfico y en ese relato hay una inserción de canciones.

¿Qué tiene que suceder para que Hernaldo esté de nuevo en Nicaragua dando un concierto?

Me la ponés fácil: tendría que haber un cambio. Un concierto musical es de inclusión y tiene un factor de libertad que subyace. No hay exclusión de ningún tipo. Es un público plural. Hoy por hoy esas condiciones no existen en mi país, y esperemos que cuando cambien podamos estar ahí.

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