Siempre, en momentos de tristeza o incertidumbre, suele acompañarme la imagen del viejo Santiago. Ese pescador de una playa de Cuba que “pescaba solo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez”.
Esta conocida historia de Hemingway, The old man and the sea, es la de una derrota casi anunciada. Un viejo se aleja demasiado de la orilla. El pez que pesca es demasiado grande y tira de él y de su bote hasta mar adentro. Toda la novela cuenta esta lucha de resistencia. Finalmente, el pez cede, pero en la travesía de vuelta, como el pescador no puede subirlo al bote, es devorado por los tiburones y solo le dejan el espinazo. Lo que cuenta es que el viejo no puede ser otra cosa que un pescador y el pez no puede ser otra cosa que un pez. Y el mar es, ya se sabe, lo que quiere ser.
Lo que vale la pena es el diálogo que el viejo establece con el pez en ese escenario del mar. Durante los momentos en que no puede más, le asaltan las dudas, con la tentación de los “si hubiera…”. Si el muchacho que le ayudaba antes hubiese estado allí con él; o si él fuese un poco más joven, o tuviera más herramientas. Finalmente, deja de lamentarse por lo que no tiene y se concentra en lo que pude hacer con lo que hay: sus manos, el pez que tira fuerte, y el mar.
En un artículo reciente, el chileno Alejandro Zambra, reflexionaba sobre la historia de su país, como si fuera una serie de Netflix. Acerca de la temporada de Pinochet, expresó: “Cualquiera sabe que las dictaduras terminan cuando los dictadores mueren o son derrocados y no a través de plebiscitos”. Pero siempre hay giros de guion.
Un tipo como Daniel Ortega ya no puede ni quiere ser otra cosa que un dictador en el más viejo sentido de la palabra. Como un asesino no puede borrar de la conciencia su crimen, la única salida es vivir una ficción que le permita el don del sueño. Necesita el disfraz de unas elecciones falsas, y necesita que los personajes imprescindibles actúen según el guion, y que el atrezo proyecte una apariencia de realidad.
Los grupos opositores no pueden hacer otra cosa que luchar unidos, sin grandes ayudas y con todas las presiones y contradicciones internas. Saben de sobra que presentarse a unas elecciones de mentira no hará más que aumentar la frustración de la gente de buena voluntad que acudiría a votar.
Lo lógica parece indicar que, cuando un dictador pretende cubrirse con las prendas de la democracia ficticia, la labor de quienes lo sufren debería ser denunciar la farsa y mostrarlo desnudo, cada vez más aislado y solo como se encuentra. Eso significaría no presentarse a unas elecciones como estas y construir alternativas políticas sin representación en la Asamblea. Pero hay quienes creen que es mejor seguir el guion marcado para luchar desde adentro. Cualquiera de las dos opciones tiene sus argumentos discutibles. Pero todo el escenario de esta terrible tragedia está construido por quien gobierna y apunta con su ejército de fanáticos. Sigue siendo la historia de un secuestro encubierto por elecciones.
En la película La hora más oscura, sobre Churchill y la Segunda Guerra Mundial, dice su protagonista acerca de una posible negociación con Hitler: “¡A cuántos dictadores hay que cortejar o apaciguar hasta que aprendamos la lección: no se puede razonar con un tigre cuando tienes la cabeza entre sus dientes!”
El viejo en el bote de Hemingway termina por entender que su batalla con el pez durará mucho, y no está seguro de poder ver el final. Pero piensa que “el hombre no está hecho para la derrota, y que un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. Así que no deja que le venza el sueño: se mantiene despierto, porque todavía puede haber algo de suerte, como la de ver pronto las primeras luces de la costa a la que vuelve con el espinazo de su pez capturado.
El autor es periodista.
@jsanchomas