Es un decir común que la política es una porquería en la que las personas de buen vivir no deben participar, porque se ensucian. Sin embargo, también se suele decir, y con razón, que precisamente porque las personas honorables no se involucran en la política es que los pillos se apropian de sus espacios y hacen sus zanganadas.
Pero lo malo no es la política. Esta es solo un concepto para denominar la actividad que realizan algunas personas en la esfera de los asuntos públicos, estatales y partidistas. Las nocivas son las personas que se dedican a la política, mejor dicho algunas de ellas que por sus acciones indebidas tienen mala fama y desprestigian a todas las demás. La verdad es que en la política participan también personas honorables y ejemplares, lo cual es justo reconocerlo.
Lo ocurrido el miércoles 12 de mayo, cuando los líderes políticos de las dos plataformas opositoras montaron un deprimente espectáculo para impedir la formación de la gran alianza electoral nacional —que se necesita para enfrentar exitosamente a la dictadura en las elecciones de noviembre—, ha confirmado sin duda la mala reputación de los políticos.
El politólogo español latinoamericanista, Manuel Alcántara Sáez, comentó en un artículo de opinión que el premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa escribió en su libro Medio siglo con Borges que en 1981 entrevistó al escritor argentino Jorge Luis Borges cuando este tenía 82 años, y le preguntó cuál era su régimen político ideal y si había algún político contemporáneo por el cual sintiera admiración.
Las preguntas eran esenciales, porque se referían a la forma en que la gente se gobierna, o es gobernada, y a la calidad de las personas que las gobiernan. Borges respondió a Vargas Llosa que él era “un viejo anarquista espenceriano” (en alusión al filósofo británico Herbert Spencer, quien era considerado como un anarquista conservador) y por lo tanto creía que el Estado es un mal, “pero por el momento un mal necesario”. Obviamente, si el Estado es un mal necesario, los políticos que son sus conductores y operadores también tienen que ser una mala especie de la que, sin embargo, no se puede prescindir, pues la sociedad no puede funcionar sin ellos. En todo caso lo que hay que hacer es mejorarlos.
Borges fue duro —inclusive grosero— con los políticos, a los que se refirió con palabras tremendas: “Yo no sé si uno puede admirar a políticos, personas que se dedican a estar de acuerdo, a sobornar, a sonreír, a hacerse retratar y, discúlpenme ustedes, a ser populares…”.
Pero no todos los políticos son así. En el ámbito internacional, por ejemplo y hablando de la actualidad, Ángela Merkel es una política alemana que ha gobernado a su país con eficiencia y honestidad, pero además con modestia y sencillez, incluso con humildad.
En Nicaragua, los presidentes que gobernaron desde 1858 hasta 1893 fueron ejemplares, no se reelegían y salían del poder con menos fortuna que antes. En la época actual hubo honestos gobernantes, como doña Violeta y don Enrique Bolaños. Y seguro que los habrá después de la dictadura, porque también ahora hay políticos honorables. Si no fuera así Nicaragua no tendría futuro, estaría perdida.