Al no haberse podido formar la alianza única de la oposición para enfrentar a la dictadura en las elecciones de noviembre, abundan las especulaciones sobre las supuestas causas que impidieron la unidad. Sin faltar las recriminaciones entre los que no pudieron —o no quisieron— acordar la unión opositora.
Pero la inscripción de la Alianza Ciudadana ante la autoridad electoral, y la realidad de que ahora el Partido de Restauración Democrática (PRD) solo se podría inscribir como partido sin aliados, no significa que ya no hay nada que hacer. De ninguna manera. Es cierto que la anhelada gran alianza de la oposición no se pudo lograr de derecho, pero, ¿por qué no se podría hacer de hecho?
Si el camino escogido por la oposición para luchar por la restauración de la democracia es el electoral, sabiendo que Daniel Ortega tiene todas las ventajas a su favor, y que es capaz de todo para no entregar el poder, el hecho de que no se haya podido lograr la unión opositora hay que verlo como un contratiempo, no como el fin del desafío.
Aunque algunos crean que es mejor participar separados en las elecciones, y que la fuerza mayor puede ganar atrayendo el voto utilitario, la terca verdad es que el potencial electoral de la oposición no radica en la fuerza separada de ninguna plataforma opositora.
Las cifras electorales de los últimos años, pero sobre todo las de las encuestas más confiables, son contundentes. Como ya señalamos en otra ocasión, la encuesta de CID-Gallup más reciente mostró que solo el 4 por ciento simpatiza con la Unidad Azul y Blanco que es la parte central de la Coalición Nacional; y 3 por ciento por el partido CxL, cabeza de la Alianza Ciudadana. Juntos son inofensivos ante el FSLN, con su sólido 25 por ciento de piso electoral. Al mismo tiempo, el 62 por ciento no simpatiza con el régimen ni con ningún partido o alianza, pero tiene interés en votar.
Tampoco la mayor organización y tendido territorial le da superioridad a nadie, más que para fiscalizar, porque el número de los activistas no se multiplica en muchos votos electorales. La gran mayoría de los ciudadanos que votan son individuos conscientes.
Aparte de los simpatizantes del régimen que siguen ciegamente al caudillo, incluso al matadero, los ciudadanos comunes son sujetos independientes que tiene cada uno su propia personalidad. Y antes de votar se hacen mentalmente varias consideraciones que según los psicólogos políticos se pueden manifestar en siete o más variables, socioeconómicas, políticas, partidistas, etc. Entre ellas la variable determinante es la decisión subjetiva final del votante, que puede ser y de hecho es inducida por estímulos diferentes.
Esa variable subjetiva para cautivar el voto del 62 por ciento de los ciudadanos, que ahora no simpatizan con el régimen ni con la oposición, podría ser que haya una sola candidatura presidencial de la oposición, seria, creíble y seductora, aunque las plataformas opositoras vayan separadas a las elecciones con sus propias listas de candidatos a diputados. Y para escoger la candidatura presidencial única hay tiempo hasta el 22 de agosto.