La falta de claridad histórica y visión política en la oposición, mientras la dictadura remacha los clavos del ataúd con el que pretende enterrarla en noviembre, podría ser que aliente el abstencionismo en la población que no simpatiza con Daniel Ortega.
A la mayoría de los nicaragüenses no les agrada la dictadura, dicen las encuestas creíbles. Pero a esos ciudadanos tampoco los ilusionan los partidos y alianzas opositoras, aunque sus dirigentes crean lo contrario.
Para no ir muy lejos, a principios de febrero de este año, a diez meses de las elecciones de noviembre, más del 62 por ciento de los entrevistados dijo a la encuestadora CID Gallup no simpatizar con ningún partido político. Apenas un 4 por ciento se declaró a favor de la Unidad Azul y Blanco (UNAB), 3 por ciento por Ciudadanos por la Libertad (CxL) y 2 por ciento fue favorable al Partido Liberal Constitucionalista (PLC). Los demás ni siquiera puntearon en la encuesta.
En cambio, el partido FSLN mostró un sólido y ominoso 25 por ciento de respaldo popular, que en las elecciones sube a poco más del 38 por ciento, con el que Daniel Ortega recuperó el poder en 2006 en las últimas elecciones confiables que se hicieron en Nicaragua.
Pero a pesar de esas cifras algunos líderes de partidos opositores parecen creer el cuento de la lechera —de la fábula de Esopo—, que hacía cuentas fantasiosas con el producto del cántaro de leche que llevaba al mercado. Dicho con otras palabras, algunos líderes opositores creen que el más de 62 por ciento de ciudadanos que dicen no simpatizar con ningún partido político, les pertenece a ellos. Sostienen que esa masa de gente votó mayoritariamente liberal en 1996 y en 2001; y que lo volvió a hacer en 2006, pero esta vez Ortega ganó la elección porque los liberales se dividieron en dos partidos y dos casillas. Lo que se puede repetir ahora, en noviembre, porque la falta de unión opositora facilitaría a la dictadura seguir detentando el poder después de 2022.
En realidad, es muy probable que al 62 por ciento que no simpatiza con el régimen ni con los partidos y alianzas de la oposición —y que además dicen que irían a votar en noviembre— la unidad de las dos plataformas opositoras les podría levantar el ánimo y darles confianza en el poder transformador de sus votos depositados en las urnas.
A pesar de que la dictadura ha reforzado el sistema electoral fraudulento, la abstención no parece ser la mejor opción. Abstenerse de ir a votar significa no hacer nada, dejar que la dictadura haga lo que quiera y facilitarle que gane incluso sin necesidad de hacer un fraude técnico.
Por supuesto que es difícil, para muchos opositores, aceptar que es necesario ir a votar cuando no hay libertad de organización, reunión y movilización pública; con más de cien presos políticos en las cárceles y decenas de miles de exiliados que no pueden regresar; cuando será la Policía Orteguista la que autorice según su capricho restrictivo y represivo, la realización de los actos electorales de la oposición. Y además sin observación electoral internacional que pueda atestiguar y denunciar el fraude orteguista.
Pero todavía hay tiempo para cavilar sobre si lo que más convendría sería llamar a votar masivamente, o a la abstención. Esto no es como el plazo fatal para inscribir alianzas electorales, que vence mañana miércoles 12 de mayo.